lunes, 30 de enero de 2012

"Malo, malo, tonto, feo"


Últimamente me encuentro reflexionando, e incluso reaccionando a veces, ante frases o acciones que se suceden de manera mecánica cuando mi hija dice o hace determinadas cosas totalmente normales y comunes para su edad. Será por el cambio de etapa y el hecho de que se dirijan directamente a ella y no hacia mí, es una consecuencia de su, cada vez mayor, autonomía. Sé que son muchas las expresiones que se van arrastrando generación tras generación y que suelen ir asociadas a momentos o acciones puntuales, pero puede ocurrir que no nos paremos a pensar acerca de ello hasta que algo nos hace clic en la cabeza.

Desde las preguntas clásicas "¿Es buena?, ¿Come bien?, ¿Duerme bien?", o su nueva versión "¿Eres buena?, ¿Comes bien?, ¿Dejas dormir a mamá?" a otras acciones como el retirar cosas de sus manos diciendo que "eso es caca" o predecir en alto sus caídas antes de que tengan lugar (u opción siquiera a ello). Sin embargo, hay una en concreto que me choca especialmente, tal vez porque la vivo de cerca y porque he crecido con ella. Es la reacción de consolar al niño/a que choca, tropieza o se golpea accidentalmente con algo, acudiendo hacia ellos y golpeando al objeto en cuestión, o al mismo suelo, mientras se acompaña este hecho con insultos, suaves, eso sí. La exclamación vendría ser de este tipo: "malo, malo, tonto, feo, toma, toma... que le has hecho daño a mi niño/a".

Entiendo que no se hace con mayor intención que atender al pequeño/a que llora o se queja y que del mismo modo se olvida, pero a mí, al llegar a ser madre, me chirría del tal manera que, al reiterarse, pido por favor que no reaccionasen más así con la Cereza. Pasado el momento, pregunto el por qué de esa reacción. La respuesta es evidente: porque se lo hacían de pequeños.

Para mí es una reacción equivocada. De entrada partimos de que ha sido un "accidente" fortuito, la niña se tropieza, se golpea con una mesa, silla o algún otro objeto o simplemente se le cae un juguete en el pie. Tal vez no se haya hecho gran daño pero su reacción es llorar y llevarse las manos a la zona para hacernos saber qué es lo que ha sucedido y cómo se siente. Reaccionar en estos momentos golpeando al objeto e insultándole ante sus ojos para ofrecerle seguridad, nos lleva a transmitir una serie de valores también: 1. Que se debe reaccionar de este modo cuando algo (probablemente en algún momento sea alguien) nos golpee, incluso accidentalmente y 2. Que nosotros estaremos ahí para protegerla de este modo.

Mientras son pequeños y los conflictos se van resolviendo con mayor o menor soltura tal vez parezca que no puede tener mayor importancia... ¿O sí? A mí, desde luego, me crea tensión.

¿Qué ocurre cuando van creciendo? 

Entonces, los mismos adultos que atendieron de este modo se escandalizan cuando los niños reaccionan igual al recibir un golpe, tal vez sin querer o tal vez no, por parte de otro niño. En esta ocasión probablemente se acerquen a ellos y les regañen, ante los otros padres y demás niños, porque "no se pega" y "no se insulta" y hasta concluyan coaccionando para que le pida perdón y se den un besito para hacer las paces... Tal vez a algunos podáis pensar que no es para tanto pero ¿no os parece completamente contradictorio?... Probablemente ellos esperen que, en realidad, seamos nosotros mismos quiénes nos acerquemos a lanzar la reprimenda y, en cambio, reciben esta reacción por parte de los adultos... Yo desde luego, me volvería a casa hecha un lío. 

Pero mi mente es ya una mente adulta y no puedo saber lo que mi cabeza de niña pensó en su momento o cómo encajó esa situación. Sólo sé que ahora me parece una reacción incoherente y que si pretendemos y esperamos que nuestros hijos resuelvan sus conflictos sin recurrir a la violencia, física o verbal, el primer ejemplo debemos darlo nosotros mismos en nuestra relación con el entorno, nuestros actos y palabras en momentos de enfado o frustración. Para después ofrecerles a ellos herramientas que dejen salir sus propias sensaciones de enfado, rabia o protesta sin necesidad de herir ni insultar a nadie. No es necesario colocarles frente al mundo con un ejemplo tan común y simple como el que comento aquí, prefiero sencillamente acercarme a ella y explicarle lo que ha sucedido, evitando el discurso de "tienes que ir con más cuidado, esto te pasa por...ya te dije que...", ofreciéndole protección con compañía y mimos para la pupita. A veces, eso sí, le canto "Sana curiana, culito de rana" y nos quedamos más felices que dos lechoncitas... para que veáis que no todas las cosas que mantenemos por costumbre o tradición hacia los niños me parecen inadecuadas ;)




lunes, 23 de enero de 2012

Un día cualquiera

Despertó al ritmo su corazón, era animal diurno y éste le latía más fuerte y más deprisa apenas despuntaban los primeros rayos de sol. Como cada mañana al despertar, acercó su rostro al de su hija dormida y apoyó su nariz con la de ella, con suma delicadeza, recogiendo ese cuerpo menudo con sus propias rodillas para abrazarla por completo. Permaneció unos minutos así y se volteó en la cama hacia el lado de su compañero, aún templado. Fue entonces cuando se percató de que la gata las acompañaba sobre el edredón. Dejó escapar una sonrisa gesticulando con la cabeza de un lado a otro y decidió disimular para dejarla disfrutar de ese instante. Realmente hacía frío fuera de la estancia.

Se puso en pie sin más demora, nunca le costó levantarse, y saludó al nuevo día. Un café, dos tostadas, una canción diferente para cada mañana. Agua fría en la cara, sabor a menta en la boca, la línea negra en los ojos ligeramente perfilada, la cola de caballo acariciándole la espalda. Camiseta de cuello alto color plata, jersey gris con rayas granas, los vaqueros azules de tantos años y deportivas negras. Antes de despertar a su hija aún le sobraban 2 minutos para mirarse a los ojos en el espejo y sonreír.

Comienza el remolino en casa, rutina de entrar y salir. Adiós tesoro.

Silencio mudo en plena calle, de nuevo a solas consigo misma. Era el momento más delicado del día. Respira hondo varias veces antes de arrancar, traga saliva de emociones, enciende la radio y levanta el rostro decidida como cada mañana. Sin embargo, hoy necesita abrir un poco la ventana para dejar escapar las inseguridades. Reanuda la marcha.

Dos horas, muchos intentos. Le pesan las piernas, la carpeta, la autoestima. No se siente ya tan capaz. Se encuentra mayor para esto, demasiado preparada para ciertas cosas, demasiado poco para otras. Se mira de reojo en algún escaparate a traición, reconoce ese peso invisible en sus hombros. Se resigna. Otro día en balde.

Regresa al coche y se deja caer sobre el volante subiendo el volumen de la radio. Cierra los ojos, necesita digerir esa tristeza. Tras lamerse las heridas descubre que tal vez no esté tan rota y se agarra a ese ápice de luz verde en su cabeza. Atrapa esa sensación en el pañuelo del alma para ir a reencontrarse con su hija. Para besarse y abrazarse, para ver los peces juntas y cantar alguna canción que les haga reír. Para nutrirse unos instantes, siempre en el mismo banco bajo el árbol, cuando al pasar junto a él su hija exclama: “Mamá teta”.

Entran en casa, la niña corre tras la gata. Se encuentra con la mirada atenta de su compañero, sobran las palabras. Se acerca a ella y la abraza, acierta a susurrarle palabras de ánimo. Miran a la niña y se sonríen.
Pasan las horas y la cabeza le bulle, incesante… ideas, proyectos, peces que aletean buscando caminos. Se siente extrañamente ilimitada dentro de tanta limitación. Se siente capaz en su mente.  Como una revelación, aprecia un día más que, en realidad, esto que les sucede es un regalo, que nunca antes había sido tan consciente de sí misma, que nunca antes había estado tan en contacto con la realidad de su ser y que, a pesar de su soledad, estos duros momentos supondrán tan sólo un pasaje en su vida y le están dejando tanto…

Y así, mecida por sí misma, se convence de que debe haber una valiosa oportunidad para ella y que el tiempo la ayudará a canalizar esa energía. Envuelta en una extraña serenidad se desviste el alma para acunar a la pequeña en su pecho con ternura, sabiendo que cada uno de estos instantes de más a su lado son dorados. Entorna sus ojos y, besándola en la frente, la acompaña en su plácido sueño hasta que les alcance la noche.





viernes, 20 de enero de 2012

¡Gracias por tu amistad!

Acabo de recoger este premio tan bonito de manos de mi amiga Carol del blog Con Ojos de Madre, (gracias por pensar en mí!), un blog para abrir la mente y una mujer para abrir el corazón. Carol, preciosa, creo que ya sabes lo valiosa que eres para mí, tu amistad es un verdadero regalo. Gracias!



El premio traía unas preguntas que Carol nos proponía. Por cierto Carol, me ha parecido precioso preguntarle a una amiga, sencillamente, que cómo se encuentra hoy. Gracias :)
Ahí van mis respuestas:


1. ¿Cómo te sientes hoy?
En remolino. Últimamente vivo sumergida en un cúmulo de ideas que igual que me dan alas y valor para afrontar determinadas situaciones, a la vez, me paralizan. Creo que necesito situarme dos pasos por detrás de muchas cosas para recobrar serenidad y firmeza de decisión.

2. ¿Qué ves cuando te miras al espejo?
A una mujer. Es curioso porque nunca antes me había sucedido esto. Hasta ser madre no tomé una clara consciencia del hecho de ser mujer y esta experiencia, reveladora en muchos aspectos, también lo ha sido en éste. Me siento más madura, más centrada, más capaz… es cómo si hubiera crecido mucho por dentro, se me aclaran muchos pensamientos. He aprendido a escucharme con más respeto aunque también a  detectar como propios algunos aspectos negativos. Todo esto me lo muestra, a veces, el espejo de frente. Sigo en el camino de reconocerme en lo positivo y en lo no tanto.

3. ¿Qué 3 cosas meterías en una caja para que tu hijo/a descubriera, pongamos, a los 20 años?
Ay, los 20 años… qué difícil! Mis 20 fueron precisamente la explosión de todo un caos arrastrado. Sé que esto no quiere decir que lo vayan a ser para la Cereza pero no es fácil desligarse de las propias experiencias y percepciones.
Precisamente por esto creo que, si estuviera en mi mano y puestos a soñar, le dejaría dos llaves: para que, sólo si lo desea, pudiese abrir una puerta que le desvele que es valiosa tal y como es. Y desde ahí, una nueva puerta para la otra llave que le transmita que precisamente por eso no debe actuar para satisfacer los deseos de nadie, que existen diferentes maneras de entender lo mismo y que es bueno valorar los consejos pero desde una misma, por muy joven que sea y algún que otro error que cometa. Eso me incluye a mí, por supuesto, que por abuso o carencia, es probable que interfiera aún sin desearlo. Por último, visto lo visto, le dejaría internet tal y como lo conocemos hoy día, sea como sea dentro de 20 años seguro que alucina o se echa unas risas a nuestra costa.
4.
4. ¿Qué recuerdo guardas de tu niñez?
La verdad es que ahora mismo guardo un recuerdo agridulce. Sé que en otras etapas este recuerdo fue mucho más amargo y luego se sucedió totalmente liviano. Tengo recuerdos muy agradables en familia pero otros no lo son tanto.

5. ¿Qué es para ti la amistad?
Qué difícil también! La amistad, aunque no sea profunda, siempre es positiva.  En mi caso creo que ha ido evolucionando según etapas de mi vida, desde la entrega total a la distensión y, la verdad, es que con el tiempo me he ido convirtiendo en una amiga extraña creo yo. Por diversas circunstancias y elección, he ido tendiendo a la soledad y esto también me ha llevado a sentir de corazón la amistad en su valor más puro. Hay quién sabes que siempre estará ahí y quién no, eso no quiere decir que descartes, bienvenidas las risas, sino que tienes claro hasta dónde puedes llegar según la situación. Hay amistad sin reservas, sin resentirse con los años, sin tiznarse de matices sociales, sin fronteras. Esa amistad es néctar valioso, así la amistad es verdadero amor también.

Este premio sé que ha llegado ya a manos de grandes amigas y como sólo se puede pasar a 5 personas lo agradezco porque así podemos seguir ampliando el círculos con otras grandes amigas a la vez. La caja de la amistad la comparto en esta ocasión con las siguientes mujeres amigas:

Mousikh de Una mirada al otro lado, por amiga y compañera.
Catalina de Mamá también sabe, porque cuanto más nos conocemos más congeniamos.
Marta de Niños sin parabenes, porque conectamos mágicamente desde el principio en la Red.
Ángela de Les Deux Moulins, por su dulzura y detalles
Para todas las Mamás que miman de Mamás que miman, porque aunque no me sentía cómoda al entregar premios a este blog por haber escrito un par de entradas en él, tengo que ser franca y reconocer que finalmente no es mi espacio como tal. Siento no haberle dedicado más tiempo y gracias por dejarme formar parte de vuestra vida, por vuestro apoyo y cariño sincero. Sabéis que es mutuo!

Ahora debo proponer mis 5 preguntas para todas ellas. Allá van:
1. ¿Sigues manteniendo relación con tu primer/a mejor amiga/o?
2. ¿Crees que la amistad entre hombres y mujeres es posible?
3. ¿Qué aprecias en la amistad y qué crees que no podrías perdonar?
4. ¿Confías en la amistad 2.0?
5. ¿Compartirías una anécdota entrañable o divertida vivida gracias a la amistad?


Me dejo a muchísima gente por lo que espero que el premio corra que te corra de mano en mano!!
Feliz Amistad a tod@s!

domingo, 15 de enero de 2012

Un chupete para una teta


Uno de los primeros regalos que se suele recibir al tener un hijo, incluso durante el embarazo, es el chupete. Muchas veces se hace por simpatía, un guiño cariñoso a los futuros papás como gesto de bienvenida. Éste y otros muchos detalles hacen que resulte innegable que parece haberse convertido en la representación universal del bebé, más o menos acertada según cada cual.

En nuestro caso nos hicimos con tres, uno de ellos procedente de las cestas regalo que los centros de salud ofrecen a las embarazadas durante las clases de preparación al parto. Tres hermosos chupetes, con tres tamaños y colores distintos. Chupetes que permanecen intactos en sus envoltorios de ositos sonrientes. No les hemos dado uso, al igual que los biberones, el esterilizador, la cuna y un largo etc. Pero en el caso concreto del chupete desearía compartir mi impresión y experiencia, en ningún caso mi intención es criticar su uso, entiendo que puede resultar práctico y que es una opción como otras tantas en la crianza de los hijos.

La idea de que los bebés adoran el chupete va directamente relacionada con el hecho de succionar. Hacerlo les relaja, serena e incluso adormece. Pero este reflejo se puede entender y satisfacer de diferentes maneras. Bajo mi punto de vista el bebé lo que precisa es succionar el pecho de su madre, aunque no lo haga con la intención de extraer alimento de él. Es un mamar suave, rítmico, de contacto, de placer, de calor, de ligero saborcito a leche de mamá. Estoy convencida de que esto es beneficioso para ambos, que favorece al vínculo y que fortalece sentimientos de protección, seguridad y amor. Al menos yo lo percibo y siento así.

Desde el principio me gustó pensar que obtiene este contacto casi continúo y esto supone permanecer cerca, unidas en realidad, la mayor parte del día (y de la noche), durante mucho tiempo. El uso del fular y el colecho lo facilitan muchísimo pero también es cierto que, en otras muchas ocasiones, no hay más secreto que abandonarme a ese instante, dedicarme a él. Tras 22 meses hemos pasado de parecer un solo ser a que busque mis pechos, más allá del alimento, con menos frecuencia. Aunque aún se cobija a menudo para olerme, acariciarme y mamar mientras sostiene mi mirada y observa de reojo lo que está aconteciendo, o bien para abandonarse así al sueño. La verdad es que, de pura naturalidad, no recuerdo el momento en estos contactos fueron evolucionando hasta espaciarse.

En cualquier caso, usar o no el chupete no es más que otra cuestión de elecciones, de circunstancias e ideas. Otro de esos aspectos que van ligados a la crianza y, por supuesto, cada cual es libre de interpretar o entender este hecho como desee, sin necesidad de ponernos etiquetas unos a otros con las que cargar. No pienso que una madre no aporte contacto a su hijo/a por hacer uso de él o por no optar por la lactancia materna, no pretendo juzgar al respecto como a veces se acusa frente a esta postura. Pero tampoco me siento cómoda cuando se nos señala, especialmente cuando ya no es tan bebé, al ofrecer nuestros pechos cuando lo que desean no es comer. Porque no entiendo que lo haga por capricho, por vicio o por tenerme de chupete (paradójico sin duda esto último, ¿no debería ser al revés?) sino por placer, porque es dulce y agradable sentirse abrazada y abrigada por tu madre, porque a ambas nos gusta esa toma de contacto, nos conecta y nos sabe a una pendiente del otra. Imagino que habrá estudios al respecto aunque no los he leído y desconozco sus conclusiones a favor o en contra. Hablo desde mi impresión y sé que no soy la única, puesto que he podido intercambiar experiencias y disfrutar con otras reflexiones en la misma sintonía.

Sencillamente, no hemos usado el chupete porque permaneciendo todo el día unidas lo encontraba innecesario cuando podía ofrecerle mi pecho, depositando confianza en nuestra Naturaleza mamífera cuya evolución no ha dejado atrás este reflejo tan fuerte de succión. Reflejo que supongo no sólo necesario para su desarrollo físico o para favorecer la lactancia, sino que entiendo relacionado con una gran función emocional de contacto, de sostén y de presencia que considero hermoso y placentero satisfacer con mis pechos. Pero ésta es mi experiencia, mi visión y la vivencia que compartimos la linda Cereza y yo, no quiere decir que sea una verdad absoluta ni que, repito, el uso del chupete no lleve consigo contacto o afecto, tan sólo trato de expresar que cuando se ofrece el pecho el contacto ya va implícito. Me siento en armonía al hacerlo de este modo, aunque suponga renunciar a menudo al ritmo impuesto por las prisas, las tareas pendientes, el tiempo libre, los relojes y las fechas.

Sin embargo, sea cual sea nuestra opción, ofrezcamos lo que ofrezcamos, hay un aspecto común que me incomoda especialmente. Es el hecho de opinar gratuitamente acerca de este asunto, sobre todo cuando los bebés no son tan pequeños ya y se hace en su presencia. Bien sea porque se encuentre asido al pecho de su madre, bien porque disfrute del chupete. Me molesta que se manipulen esas situaciones para ridiculizar a los niños, a veces incluso dirigiéndose directamente a ellos, para hacerles sentir culpables e inmaduros o para mostrar a una madre esclava de la situación cuando se trata del pecho. Por favor, dejemos que las cosas fluyan con tranquilidad, con naturalidad, opinemos con tacto y preguntemos con respeto si algo nos choca, pero no tratemos a los niños como seres sin capacidad de comprensión ni asimilación, ni dejemos de perder de vista que, aunque a veces suceda en público, es un momento íntimo sujeto a una decisión personal. Seamos comprensivos aunque seamos diferentes, tan sólo será una cuestión de tiempo… dejemos que transcurra, dejemos que crezcan.






lunes, 9 de enero de 2012

Alegría de vivir


Hoy vivo un momento de esos en los que las ideas y las sensaciones bullen a gran velocidad dentro de mí. A veces creo que, como un arco de luz, van a lograr escapar de mi cuerpo sin darme tiempo a moldearlas, a saborearlas, informes y salvajes. Magnífica energía que me salpica la vida.

Tratando de escuchar lo que, tal vez, este impulso vital quiere decirme, doy salida a la felicidad de nadar en mi agua clara compartiendo unas pinceladas:

Siento el deseo de agradecer. Me siento afortunada por sentir lo siento y permitirme vivir de la manera más acorde a ello posible. Me siento afortunada por vivir un momento delicado, porque tener poco, está resultando finalmente una lección muy valiosa acerca de la dependencia a los objetos, a nuestra imagen o a nuestras propias necesidades. Desearía que esta visión continuase acompañándome, sin nublarse, cuando el viento sople de nuevo a favor. Me siento afortunada por sentirme rodeada de algunos pocos buenos amigos, saber que el tiempo y la distancia no embrutece ese amor libre que enlaza la amistad. Agradecida también por los amigos que se distancian en algún punto del camino y por aquellos que se suman aportando agua fresca para el trayecto y descubriéndome flores nuevas.

Siento el deseo de expandirme. De expresarme, de comunicar con mis palabras, mis gestos, mis risas y silencios. Deseo dejar que bombeen mis proyectos, quitarme las alas plateadas que uso para soñar y confiar en hacer posible lo que parece irreal. Intentarlo, dar el paso, saltar sin red porque no sea necesaria. Abrirme, caminar.

Siento el deseo de hacerme transparente. Dar una tregua a mi cuerpo tras los excesos. Vivir el cambio de etapa, ingerir otros alimentos, despedir un ciclo dando la bienvenida al siguiente. Consciente de que todo lo que comemos influye en todo nuestro ser. Dejo atrás días de introspección, de calor, de castañas y amargo chocolate negro que ayuda a endulzar el alma. 

Siento el deseo de amar. De entregarme con el corazón y la piel. De tocar, sentir, oler y besar. De acurrucarme junto al cuerpo de mi compañero y girar bajo las sábanas a su lado.  Momentos de miradas cómplices, risas y jadeos. Mujer sensual, sonriente y plena que reconozco de nuevo en mí. Ardiente, deseosa y deseada. Se iluminan de nuevo los días para hacer el amor.

Así me despido, con el último deseo de transmitiros un poco de alegría, de energía positiva, de pensamientos alegres que se contagian para ayudarnos a sentir, cada cual a su modo, la dicha de estar vivos.



jueves, 5 de enero de 2012

Llorar cuando "no se debe"


Hubiera deseado transmitir alguna hermosa vivencia de Navidad, soy de esas personas que conserva la ilusión y me gusta sacarla a pasear en estas fechas. Disfruto contagiándome de sonrisas desconocidas y de despedidas en forma de buenos deseos, aunque sólo sea por tradición. Me gusta, me da alegría.

Sin embargo están resultando unas Navidades un tanto distintas, no he tenido mucha oportunidad de salir a pasear y esta mañana, aunque fuese para arreglar papeles de esos que no puedes dejar pasar ni un día más porque tienen su fecha marcada en rojo, me puse en marcha junto a la Cereza con la intención de acabar pronto y aprovechar este sol de invierno para jugar juntas en algún parque de la ciudad.

Tras colas milenarias nos encontrábamos al fin en el umbral de la puerta cuando la linda Cereza comenzó a llorar, la cola era inmensa por delante y por detrás,  de modo que me las ingenié para rescatar el móvil del último bolsillo y así poder colorear flores durante la espera. Cuando nos tocó el turno, rompió a llorar con fuerza de nuevo, apenas podía oírme la señora que nos atendía. Quién, de mala gana, me arrebató el DNI de la mano y se cambió de mesa, mientras yo en pie hablaba con mi hija tratando de consolarla en mis brazos. Todo el mundo nos miraba. La señora se acercó de nuevo, me devolvió mi carnet sin mirarme y comentó que no podía hacer nada por mí, que regresase en 90 días, mirando al siguiente... Le dije que estaba al tanto de mi situación y que por favor revisase mi estado. Efectivamente. El transcurso en total fueron menos de 3 minutos, no le llevó más tiempo sellarme el documento, pero me temo que el atender a una madre en pie, paseando, hablando y cantando a su hija en brazos mientras lloraba no entraba dentro de lo que ella consideraba su trabajo. 

Deseando salir ya de ahí, principalmente por mi hija, solicité una tarjeta y me marché. Nada más girarme, esta señora alzó la voz deseándome un buen día, diciendo que falta me hacía y muy especialmente para los que me rodean. Yo apenas daba crédito a la situación, cuando continuó con su discurso diciendo que "vaya panorama con esa niña, guapa". Con calma me giré para decirle que ya estaba bien, que tampoco era para tanto y que tan sólo era una niña, que hiciera el favor. A continuación me di la vuelta y continué hacia la puerta dejándola con sus graznidos.

Fue salir a la calle y la Cerecita se calló de golpe. No me extraña hija, yo también hubiera llorado o gritado por la manera en que nos tratamos unos a otros. Las colas de locos, los pisotones, las miradas hacia las madres cuyos bebés no se comportan como "toca", las ganas de intimidar, de ridiculizar, de seguir tratando a los niños como ciudadanos de segunda. Los niños lloran a veces y ojalá hubiera podido salir por la puerta al primer aviso de mi hija, no por no molestarla a usted señora agradable sino porque para mí también es preferible poder dedicar el tiempo que paso con mi hija a hacer cosas más hermosas, pero desgraciadamente no podía ser y en situaciones así es cuando una se hace consciente de la gran falta de sensibilidad y empatía que tenemos en general, de lo extendida que está la idea de los niños "domesticados", de las madres y padres que deben echar reprimendas a niños y bebés, incluso cuando aún ni les comprenden, solamente para ganar cierta aprobación social... Qué tristeza... 

Nuestros hijos no son objetos ni animales de compañía para que nos señalen de algún modo, para que traten de hacernos saber que no nos encontramos en el lugar adecuado para que nos acompañen o para que nos culpen por no controlar sus emociones. Entiendo que pueda resultar molesto para alguien, pero no estamos hablando de un quirófano señora, y los niños son así. Usted no puede tomarse la libertad de opinar en alto acerca de otra persona, sí, aunque le parezca increíble es otra persona. Basta ya de discriminar a los niños por ser lo que son, niños. 

Mi sensación final fue de tristeza, tristeza porque el cambio de mentalidad necesario va mucho más allá. No se trata sólo de la oferta sin niños que se hace desde algunos sectores, no, acabar con la idea de que los niños molestan en la sociedad debe brotar desde cada uno de los rincones, porque esta falta de empatía y sensibilidad no sólo la mostró la señora que nos atendió sino gran parte de los presentes.  



Y ahora nos vamos a la cabalgata de Reyes, no pierdo la esperanza y estoy convencida de que el espíritu bueno de la Navidad nos alcanzará en el último momento para poder compartir con vosotr@s otra bonita anécdota sobre la bondad que hay en cada uno de nosotros. Felices Reyes amig@s