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jueves, 13 de octubre de 2011

En la ciudad sin nombre

Siempre me ha fascinado el mundo de los sueños, quiero creer que si permanezco latente, acabo formando parte de ellos como ellos forman parte de mí. Recibo la noche con ternura, no sólo por el descanso en sí, sino también por cruzar la puerta a esa otra dimensión, maravillosa e inherente al sueño.

Será, tal vez, porque desde pequeña he soñado cosas hermosas, cargadas de creatividad y de color y porque tengo facilidad para recordarlas. En ocasiones me sorprendo acariciando el sueño, ya reposado, a lo largo del día. Parece que las personas, los lugares y los aromas que me acompañaron durante la noche se encuentran conmigo, las siento cerca, las llamo con el pensamiento. Y será, tal vez, porque a pesar de despertar segura de no olvidar determinados sueños, por bellos, por reales, por originales, acabo olvidándolos por completo, o apenas soy capaz de retener ligeros detalles o la sensación de calidez vivida. Llevo años en deuda con un diario de sueños, y entre tanto, se me escapan las noches y el vuelo mágico con ellas.

Sin embargo, entre tanta maraña de sensaciones, hay algo especial, algo que se repite y que sólo forma parte de ese mundo irreal pero vivo. Desde hace mucho, cada tanto, sin responder a ningún patrón de tiempo o espacio, sueño que me desenvuelvo por una ciudad que nunca he visitado. Camino por sus calles, sé dónde me llevan mis pasos y lo que voy a encontrar al doblar la esquina, pero no sé dónde estoy. Es mi ciudad sin nombre.

Cuando me encuentro allí, suelo hacer un recorrido habitual ya y serpenteo las calles para situarme frente a una catedral, hermosa, de piedra, con vidrieras de colores. Y desde abajo, a sus pies, la admiro sonriendo, maravillada. Siento que me viste la calma. Continúo paseando entre calles desconocidas para mí durante el día y sé, que al doblar la esquina, me encontraré en una plaza inmensa, a la entrada del mercado. Un mercado antiguo y de piedra también, con blancas columnas alineadas, bullicioso como la plaza. Disfruto con este sueño intermitente porque me siento libre en él, sin saber porqué, me siento en casa.

Durante todos estos años, nunca, jamás, he encontrado una cara conocida entre tanta gente. Sólo reconozco los lugares, la ciudad desconocida en la que me manejo a mi antojo. Y, sin embargo, esta última noche, por primera vez, me encontré allí con mi hija. No ha sido un encuentro fortuito, no, la llevaba en mis brazos y le mostraba la ciudad. Le describía con detalle lo que íbamos a encontrar en cada esquina, la majestuosidad de la catedral y sus cristales brillantes, y la concurrida plaza, a las puertas del mercado, donde la piedra blanca refleja la claridad del día. La invitaba a vestirse de su calma junto a mí.

Ha sido delicado, lleno de amor, porque siento que he dejado que alguien más me acompañe a ese lugar tan mío, porque he deseado que lo disfrute como yo, que se bañe de su paz Anoche, siendo consciente de que soñaba, me inundó la ternura con la imagen de sostenerla en mis brazos en aquel lugar, aún la guardo en la retina. Y creo que si hasta el día de hoy no encontré a nadie más allí, será que no podía ser otra persona más que ella, la dulce Cereza, cómplices siempre al conectar más allá de lo visible.