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sábado, 28 de abril de 2012

Fragilidad


Conversando ayer con una amiga, Carol preciosa, acabamos perfilando una realidad que de un modo u otro nos aborda con la maternidad. Es un aspecto que nos ronda y que, en determinados momentos, dejamos traslucir, con sinceridad y sin reservas, cuando nos sentimos arropadas y verdaderamente escuchadas para ello, en el mejor de los casos. Se trata de las propias quejas ante momentos puntuales que se viven con nuestros hijos.

En principio, que una madre pueda dejar entrever o insinuar que en ocasiones se encuentra cargada, sobrepasada e incluso incómoda por algún aspecto relacionado con sus hijos, suele ser automáticamente catalogado como un rechazo a los propios niños. Un ataque al corazón, tal vez sin pretenderlo. Con frecuencia la primera respuesta que podemos recibir suele encontrarse más cerca de un reproche o una pequeña lección que de una verdadera escucha. Respuestas que, a veces, entran demasiado en materia “Eso pasa por… si hicieras …. verías como no pasaba” “Dale un biberón” “Déjala que llore” "Ya aprenderá" etc.

Cuando una madre expresa en voz alta una queja en referencia a alguno de estos aspectos no está saturada por lo que hace, no está maldiciendo esa elección ni rehuyendo de ese cuidado hacia sus hijos. Está, sencillamente, sobrepasada por la situación que se da. No necesita consejos milagrosos para que las cosas cambien, porque ella ya sabe que no siempre son así o no siempre la cogen con poca energía, física o mental. No. Lo que esa mujer precisa es sentirse escuchada, valorada por lo que hace, sostenida. Y estos comentarios fuera de lugar no hacen más que ahondar el pozo de incomprensión que ella puede encontrar alrededor, aunque no tambaleen sus decisiones, sí harán que ella se repliegue hacia adentro, deje de expresarse, deje de buscar cobijo en quién consideraba podía encontrarlo. En definitiva, ahonden su soledad.

Porque la maternidad también trae momentos difíciles, y una es madre, pero también es mujer, persona, con sus propias emociones, altibajos y energía cíclica, que a veces va hacia dentro y otras hacia fuera y esto debe ajustarse, engranarse, con otras energías y actividades, resultando a veces una melodía armonizada y, otras, una explosión. Creo que no digo nada extraño si afirmo que todas nos hemos podido sentir así en algún momento, con motivos de más o menos peso, a veces simplemente por cosas cotidianas. A mí me ocurre a veces, por poner un ejemplo de los más sencillos, cuando no consigo sacar unos minutos para dedicarme, o cuando atravesamos una etapa de gran demanda al pecho y los pezones se vuelven especialmente sensibles para esos deditos que sintonizan sin cesar,  cuando el suelo entero es un campo de batalla y apenas se mantiene algo despejado medio segundo o cuando no sé bien cómo gestionar sus reacciones. Son muchas las situaciones que se pueden dar con cierta frecuencia, y habrá días que no nos sobrepasen ni carguen, que podamos prescindir de esos instantes de silencio, que no nos importe esquivar o recoger continuamente cosas del suelo ni oírlas caer, o que los pechos o la demanda continua resulte agradable, etc. Pero habrá, y hay, otros momentos en que al final del día, o en mitad de la noche, necesito expresar cómo me siento, dejar salir ese aspecto concreto en ese momento concreto. Ni siquiera deseo ayuda, ni que deje de suceder o cambie, sólo deseo que alguien me acompañe en ello, que me abrace, sentirme valiosa en ese bache emocional que en realidad estoy atravesando. Un simple gesto cercano para sobrellevarlo en la calma.

Recuerdo cómo Laura Gutman hablaba de las peticiones desplazadas, cuando en lugar de expresar lo que realmente necesitas o deseas demandas otras cosas y lo importante que es tomar la responsabilidad de pedir sencillamente lo que queremos, partiendo del yo, y relegando el tú o, concretamente, el “tú no” en forma de reproche.

Es cierto que es muy válido y, si se pone en práctica o se tiene en mente, ayuda a manejar muchas emociones que finalmente nos conducen nuestros actos. Pero también pienso que estas situaciones de las que hablo, están revestidas de gran fuerza femenina, en la que dejamos salir nuestras emociones al darles forma con las palabras y, no siempre es fácil, porque surgen como suspiros, en momentos que nuestro cansancio, nervios, malestar o desconcierto es grande y no siempre me siento capacitada para dialogar desde el yo en esos instantes. Porque sin duda deseo un tú, encontrarme con otra intuición, el gesto ajeno que sostiene sin pedirlo, que lee entre líneas mis necesidades y me acompaña, sin bromas, sin ironías ni palabras precipitadas. El acercamiento oportuno para sentirme querida mientras afronto la situación a mi manera, con otro calor por dentro. A veces puede venir de nuestro compañero, de una amiga, de nuestras madres o incluso, de nosotras mismas, si somos capaces de escucharnos un breve instante.

Aunque en el momento no encontremos quién nos arrope o a quién mirar, es importante saberte parte de algún círculo humano, que al igual que tú, sienten y actúan según sus propias circunstancias y poder llamarlas, aunque sea con el pensamiento. Es reconfortante y sanador. Tanto, como alejarnos de aquello que nos cuestiona en momentos frágiles. Me viene a la mente algo de lo que ya habló precisamente Carol hace un tiempo, de la gran ayuda que supone contar con un grupo de mujeres que nos haga hueco, encontrar una tribu. Y esto es importante porque lejos de poner distancia nos acerca a nuestras debilidades y a reconocernos en las situaciones ajenas. Creando vínculo y mimando a nuestra niña interior para poder continuar creyendo en nuestros propios recursos y esencia.

Estoy convencida de que esto nos beneficia en muchos aspectos, porque la tensión sostenida también la respiran nuestros hijos y tanto como podemos precisar nosotras comprensión y aceptación, ellos son igualmente dignos de ello, sepan hablarnos o no, y precisamente al percibirlos en un momento difícil quizá estén tratando de hacernos llegar estos mismos sentimientos, su fragilidad. 

El círculo se puede extender también a ellos.



Ilustración de Kelly Vivanco

miércoles, 7 de diciembre de 2011

100 seguidores: Mi TRIBUto

Alcanzando los 100 seguidores hago balance en mi mente. Parece que cada tanto una prefiere asentar las situaciones hasta asimilarlas y darles forma. Es extraño como este camino que emprendí con la única intención de dar salida a mis inquietudes y sensaciones se ha ido convirtiendo, poco a poco y día a día, en un intercambio de amor.

Quise buscar una ventana donde asomarme y encontré un jardín donde pasear. Quise volcarme desde el anonimato y ahora formo parte de más gente y esa gente vive en mí. Quise dejar de pensar sólo hacia adentro y ahora otros pensamientos me acompañan allá donde voy... y esto es maravilloso. Gracias por permitirme encontrar un pequeño hueco donde lanzar el pareo y tenderme con los pies descalzos. Donde poder pensar en voz alta sin molestar. Donde no se precisa sacar una entrada ni ir con prisas para disfrutar de una función porque, finalmente, todo queda en casa, sin horas, sin tiempo de nuevo. Reconozco que al principio sentía vértigo. Comencé visitando otros hogares, en los que entré tímidamente y fui tomando asiento hasta descubrirme con una mantita en las rodillas, compartiendo una taza caliente, trasladada a otro mundo interior que podía estar a la vuelta de la esquina o en el último rincón de este mundo. Esa es la magia que vibra aquí. Gracias por dejarme la puerta entreabierta.

Con la maternidad y su hermoso torbellino de nuevas emociones, también han llegado nuevas maneras de relacionarme con el entorno. Sin hacerlo de manera consciente, los lazos que me unían en el día a día con otras personas se han ido disipando, no hasta desaparecer ni debilitarse, pero sí se han hecho menos visibles y me cuesta encontrarlos. Mi mundo se ha ido poniendo del revés o del derecho, según se mire, y mi único timón ha sido mi instinto, mi intuición y mis deseos, transportándome algo más lejos de aquí y más cerca de allá. Así son estas cosas, los barcos que no siempre navegan con la corriente suelen llegar a islas desiertas,  paraísos donde el sol y la luna brillan a la vez.

En este camino me he cruzado con mucha gente de corazón, casi todo mujeres, por eso deseo dirigirme a ellas en estas últimas líneas. Mujeres bellas, mujeres intensas, mujeres que sienten, se escuchan, se desmontan y se arman de nuevo. Mujeres absorbentes, perceptivas, que se envuelven de lluvia, de risas, de flores. Que abren su corazón y su mente al mundo, que saben escoger, que muestran sus miedos, comparten sus pasiones, aprenden de sus errores y no reprimen su deseo de expresarse ni se avergüenzan de sus lágrimas. Mujeres como vosotras me ayudáis día a día a refirmarme como la mujer que yo también soy, la madre, la amiga y compañera que deseo ser y vive en mí. Gracias, porque así, sin darme cuenta, en el transcurso de estos meses vivo y duermo acompañada por vosotras. Dejando que cada una, desde ese pequeño paraíso al que su barco llevó en su momento, nos demos las manos sin sentirlas, nos miremos a unos ojos que ignoramos cómo miran y danzando, recojamos los frutos del cariño que nuestras semillas plantan, mientras el sol y la luna nos iluminan a la vez.

Gracias por hacerme sentir parte de esta tribu.