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domingo, 13 de diciembre de 2015

Cachete y violencia

La violencia hacia los niños está ampliamente justificada. Desde los gritos, insultos e intimidaciones hasta el abuso corporal, no el sexual; que afortunadamente es un aspecto condenado por la sociedad al completo.

El castigo físico no sólo se camufla y acepta en el ámbito familiar sino que durante muchos años fue una práctica extendida en el mundo adulto, pudiendo actuar de manera agresiva incluso profesores y personas a cargo de hijos ajenos. Esto también ha cambiado. Lo que me sorprende es que no sea hasta hace relativamente poco cuando se recogiera el derecho a la protección de menores y se penalizaran este tipo de actos.

Pero una cosa es lo que dicte la ley y otra lo que se cueza en cada hogar y familia.

Deseo pensar que aquellos adultos que emplean la violencia física con sus hijos son, a su vez, víctimas de sus circunstancias y que, probablemente, arrastren su propia historia de violencia infantil de la cual no han sabido desprenderse. No lo comento a modo de pretexto, golpear a un hijo/a no es un hecho justificable. Agredir a un hijo/a es, principalmente, una derrota.

Deseo pensar que aquellos adultos que emplean el castigo físico, no sólo a modo de reprimenda o escarmiento sino como una vía de escape ante su propia frustración, que puede o no estar vinculada a la conducta del niño, son o serán capaces de apreciar el abuso en sus actos, recapacitar y tratar de reconducirlos. Porque, dejadme que os cuente, no existe el cachete a tiempo. No. Es una excusa a la que agarrarse cuando se va la mano o cuando no se desea emplear otros recursos más respetuosos (y más efectivos en su esencia). No se corrige con golpes, palmaditas, cachetes en el culo, pellizcos, empujones o tirones. No. Lo que se enseña es que la violencia es una forma válida de imponer nuestra voluntad. Lo que se inculca es miedo, inseguridad, sumisión e, incluso, rencor; sentimientos bastante distantes al respeto. Lo que se trasmite es que tú haces o dejas de hacer lo que yo digo porque soy más fuerte, porque te hago daño y si vuelve a ocurrir ya sabes lo que hay.

Muchos adultos se escudan en el clásico "A mí me pegaban y no me ha pasado nada". Francamente, lo dudo. Dudo que una infancia con muestras de violencia sea igual a una sin ella. Aunque sean pocas. Dudo que la visión de nosotros mismos, como niños que fuimos, se cree por igual con o sin violencia. Dudo que el respeto hacia nuestro cuerpo, como dueños únicos de él, se forje del mismo modo con o sin violencia. Dudo que el amor hacia quién nos agrede, en nuestra más tierna vulnerabilidad, se afiance del mismo modo. Se podrá camuflar, disfrazar de protección, etiquetarse a uno mismo como un niño/a bastante "trasto" e incluso saberse en paz tras haber transitado el perdón. Pero no digáis que es igual.

Habrá muchas formas de normalizar y asimilar la violencia cuando se sufre en la infancia. Pero me cuesta creer que ésta no deje huella. Se crean relaciones marcadas por la subordinación, la falta de amor propio, inseguridad y resentimiento. En realidad, hay que ser muy hábil para resultar un adulto "normal" arrastrando tanto.

Me gustaría que se reflexionase seriamente sobre esto. Que aquellos adultos que agreden o hayan agredido físicamente a sus hijos sepan que tienen una deuda moral con ellos, que les deben un perdón: pronunciado, reconocido. Que se sientan capaces de volver la vista atrás por si vislumbran huellas de su propia historia y resituarse. Tirar del hilo o no. Lo importante es no perpetuar esta conducta. Todo podría tomar otro rumbo. Detenerse ante un pronto. Gestionar, a la vez, la propia frustración.

Hay que ser muy valiente para ello, lo sencillo es pensar que no afecta. Que se es tan "normal" y así, continuar justificando el abuso y la violencia. Aunque teniendo en cuenta que en nuestra sociedad dentro del concepto "normal" entra cualquier cosa que no desemboque en tragedia, no me sorprende que expresiones de este tipo sean aceptadas: "No se hace nada malo” “Así aprenderán” “Me duele a mí más que a ti” “Es por su bien". Nada tan incongruente. Por su bien, hazle saber que nadie tiene el derecho a agredirle, que nadie tiene derecho a abusar de él y que existen otras maneras de poner límites y gestionar la rabia.

No hablo de una falta de cuidado y amor a los hijos. Sería ya llegar al abandono y el trato más vil. No digo que no exista amor en estas relaciones, digo que no lo sustentan ni son actos que lo cultiven. No se puede inculcar respeto infringiéndolo. Es mero sentido común.


No deseo cerca a quién me lastima, no me siento segura junto a quién me daña intencionadamente. ¿Qué nos hace pensar que un niño/a siente de otro modo? Si ellos pudieran elegir, diría lo tendrían claro. Son seres dependientes, necesitan de nosotros para subsistir y nutrirse, también emocionalmente. Es una gran responsabilidad, pero también, un gran privilegio.




domingo, 8 de noviembre de 2015

Creo en ti

Voy a agarrarte fuerte. Te arrastraré hasta afuera y podrás apreciar cada detalle. Sé que comprenderás muchas cosas. Sé que sentirás el impulso de abrazarme. Sé que así, en crudo, me odiarás por ello. Pero no voy a darte opción.

Si te duele, si te escuece, si deseas dejar de mirar pero no te atreves, déjate caer. No me moveré un milímetro. Te sostendré. Te meceré. Te abrazaré como pocas veces he hecho. Si te avergüenzas, lameré tus heridas pero no restaré importancia a ninguno de los gestos, a ninguna de las palabras. Podrás disculparte aunque no haya más oídos que éstos míos. Ya sé lo que dirás, me anticipo, te llevo observando toda una vida. También sé que puedes llegar muy lejos. Confía en ti. Yo lo hago continuamente. Siento no demostrarlo más a menudo.

Admiro tu honestidad. La lealtad que te acaba derrotando en este mundo hipócrita. Me gusta que creas en la bondad de los demás a pesar de todo. Gracias a todo, al fin y al cabo. Sabes que puedes confiar en mí.

Ven, acompáñame. Reconocerás la mirada amorosa tras el agotamiento, la ira más o menos contenida, la falta de recursos: la decadencia. Ven. Grita si quieres, pero guarda esa llave para cuando te sientas capaz de entrar. Deja que acaricie tu cabello, que bese tu frente. Conozco tus cadenas. Sé que las romperás pronto, algún día, nadie te pide que sea hoy. Ya tomarás esa decisión. Habrá más soles.

Vamos. Salta. Recupera la belleza de lo invisible. Cuando aprecias más el vibrar del sonido que las propias palabras. Dicen que las lleva el viento. ¿Y qué hará con tanta poesía? Shhhh aguarda, deja el día en el perchero. Ya se oye a las niñas correr, alguna carcajada, te llaman, lloran. Vas a agacharte con el alma una vez más. Aprovecho para secuestrarte. No sientas miedo, te adelanté que iba a suceder.

Y ahora, observa atentamente. El verdadero espectáculo es existir. Con tus carencias, tus errores y tu amor infinito. No te voy a dejar. Soy tú. Con ese traje que te viste de verdad. No falta nada. Nada sobra. Ven al columpio. Ven. Sólo necesitas sentarte aquí de vez en cuando y dejar que alguien te sople suavemente en la nuca. Desde este lado del cristal, siempre, se cree en ti.





domingo, 12 de mayo de 2013

Aceptando la pérdida


Una no se prepara para la pérdida.

Conoce las sensaciones del embarazo, los diferentes estadios, qué puede esperar, cómo desearía que acontecieran los hechos.

Conoce el trabajo de parto, el parto, el postparto. Sabe lo que desearía que sucediera y a lo que no desea exponerse. Conoce lo que se desencadena con la llegada.

Y sé que desear, conocer, asomarse, no quiere decir tener el control: nuestros hijos tienen sus propios planes desde los primeros instantes.

Pero la pérdida, por temprana que sea, no es algo a lo que nos preparemos, aunque sepas que puede suceder. No te preguntas qué procedimientos serían los más adecuados o qué situaciones desearías evitar. No habías previsto que con la pérdida una misma se pierde también. No sabías, por muchas experiencias que hayas compartido con otras mujeres, que la pérdida está marcada por la soledad. No sabías del viaje interior que supone bajar hasta las profundidades de tu útero para acompañar a tu sangre, tus tejidos y tus esperanzas. No sabías hasta qué punto la pérdida es muda, y casi sorda también, en nuestra sociedad.

He atravesado esta experiencia adentrándome en diferentes espirales, a veces a tientas, a veces con una firmeza que arrancaba de mis adentros… instinto tal vez sea su nombre. Y en el momento que asumí lo que estaba sucediendo, me centré en vivenciar con consciencia y confianza la despedida. Pero hasta llegar a ese punto, viví con gran angustia la situación.

Primero la incredulidad, te reafirmas minuto a minuto en que todo va bien. Después la incertidumbre, las horas de espera en el hospital, los exámenes que te cuestionas si son o no realmente necesarios, las ganas de salir por la puerta y tumbarte a oscuras, en calma, a dejar que tu cuerpo fluya. Negada a vivir esta experiencia rodeada de extraños en una sala de espera.

Cuando se interrumpe el embarazo una no atiende a semanas de gestación, a causas posibles, a tópicos o palabras condescendientes. Celebras que sus corazones no hubieran comenzado a latir, por ellos, porque para mí, la pérdida está ahí. No puedes aceptar, por poco margen que haya habido, que se diga que no pasa nada, que te empujen a vivirlo como algo transitorio, como una menstruación más, invitándome mirar hacia otro lado, fijando la meta en el próximo embarazo desde ya. Porque no es así, no puedo sentirlo así: se han unido dos esencias volcadas en mí y, en respuesta, mi cuerpo ha segregado hormonas y agudizado mi instinto, activando toda su maquinaria de protección para rendir al servicio de la vida millones de células y recursos. Y eso es mucho más que nada. Merece su espacio y su reconocimiento.

Cuando alcancé a desenredarme los temores y miré frente a frente los hechos, me acerqué a mi cuerpo desde la honestidad y aceptación, entregándome con confianza al legado femenino que en él habita. Repitiéndome a mí misma que no había cabida para el miedo, que mi cuerpo, por doloroso que pueda resultar, también sabe cómo actuar en estos casos. Recordando que está preparado para esto, que forma parte de mi sexualidad. Y así dejaba vibrar, cual mantra, que mi cuerpo… también sabe abortar.

Sin cesar mi ritmo, porque en nuestra sociedad no es visible la recuperación física y emocional que supone una pérdida tan temprana, me propuse honrar a mi cuerpo en lucha y a la vida, en cualquiera de sus formas, que lo había estado habitando hasta el momento y ahora se desprendía. 

Así, fui recogiendo aquellos tejidos que brotaban de mí y fui posándolos con cariño en un hermoso geranio a punto de florecer. Ayudándome este sencillo gesto en el primer duelo, construyendo mi puente, acercándome al equilibrio emocional que se tambaleaba al entrar en contacto con cualquiera que no fuese yo misma y esa magia que me abandonaba. Tratando de hacer volar los pájaros de la culpabilidad. Buscando mi centro. Aprendiendo que en realidad, todo está bien, aunque duela.

Respirando hondo. Visualizando el cariño. El camino que recorremos.

A solas, en nuestra lenta despedida, estas vidas que surcaron velozmente mi interior y yo misma.



domingo, 27 de enero de 2013

Perder la calma


A veces, siento que mi hija logra situarme ante mí misma. Que me obliga, sin ella saberlo, a recuperar su misma estatura y viajar en el tiempo.  Me hace afrontar que hay cosas que sin escapar a nuestro control, dejamos que lo hagan.

Ocurre que a veces me cuesta mantener la calma. Ocurre que pierdo la paciencia. Ocurre que me siento mal en mi piel. Porque la conducta atenta que he construido con ella se va resquebrajando, porque ambas nos convertimos en extrañas, porque me quedo rota.

Y en el sosiego de mis pensamientos, busco y atrapo mil motivos para justificar esas reacciones. Mías, suyas.  Haciendo un ramo de excusas que de antemano sé que no son válidas.

Entiendo que el ritmo marcado para vivir es incompatible con una crianza presente, con el tipo de atención que hasta hace muy poco nos hemos promulgado una a otra. Ahora, la incertidumbre económica ha ganado estabilidad y en contraposición batallamos con las horas de trabajo, la falta de sueño, las preocupaciones varias, las propias inseguridades y conflictos, las tareas pendientes, la voluntad porque esté bien, porque descanse, los aprendizajes que no van de nuestra mano y la tensión, esas tensiones que ambas vamos absorbiendo quién sabe cómo o de quién y de pronto se repelen con sólo mirarnos. Entonces todo es fácil: ella tensa la cuerda y yo sola tropiezo.

Porque no deseo asumir que sus conductas me puedan hacer alzar la voz, porque no deseo asumir que sus reacciones sean violentas. Porque, aun sabiendo que la violencia está en todos nosotros, no la deseo en nuestro hogar, no como un modo de comunicarnos.  Y no hablo de agresiones ni mucho menos. Pero me niego a que se me encoja el alma por pequeños conflictos.

Sé que lo normal para mucha gente es esto, que desbordarse en un momento determinado no supone mayor dilema, al fin y al cabo “son cosas de niños”, deben aprender, deben saber, deben, deben… mientras yo remo pensando en que somos nosotros, los padres, los adultos, los que debemos aprender, debemos saber, debemos observar  y debemos, al menos, tratar de ser conscientes de todo ello y desarrollar nuevos recursos, dado que no somos capaces de replantearnos el problema desde las mismísimas raíces.

Admitir que esta sociedad está enferma, que alimentamos un modelo de vida que premia exclusivamente el éxito, la juventud, la belleza casi irreal, el poder, el dinero, lo material y las emociones sujetas a la posesión. ¿Dónde está el lugar para maternar desde las entrañas si estamos dentro de la esta rueda?

Me he propuesto dejar en el umbral de mi casa éstas y otras muchas cosas, me he propuesto aceptar que el barco que escogí no cruza aguas calmas precisamente. Me he propuesto tener una respuesta amorosa para que cuando vuelva a encontrarme con la niña que fui en mi propia hija no sintamos la necesidad de pedirnos perdón.

Poder desnudarme y abandonar las cargas para ayudar a mi pequeña a hacerlo. Detenerme unos instantes en sus oscuros ojos antes de reaccionar.






viernes, 12 de octubre de 2012

Tinieblas


Durante más de siete días he estado abrazada a la niña que fui. Más de siete días con sus más de siete noches. Más de siete noches sin luna.

Durante todas estas horas he sentido de nuevo el desamparo al que ahora sé ponerle nombre, desamparo que entonces admirablemente aquella niña transformó en aire, en vapor, que voló y, al volar, dejó de existir la razón de ese dolor en su mente. Aunque no logró arrancarlo por completo sí quedó pululando en algún lugar sin gravedad, porque aún sin poder reconstruir los hechos (siquiera que sirviera de algo), la verdad es que un rescoldo en sus entrañas le escuece.

Crezco, avanza la vida y algunas relaciones evolucionan, algunos caminos se entrelazan para ensancharse con flores cultivadas con muchas manos. Y otros, otros perecen, se pierden, se embrutecen y finalmente sólo puedes recorrerlos en sentido inverso, saltando ramas y esquivando espinas, tal vez no tanto porque existan o existieran sino porque es así como lo recuerdas. Entiendo por ello que se diga que hay que dejar el pasado en su lugar, allá a lo lejos, porque emprender el camino desde el lodo, ya de entrada me resulta duro y siento pereza desde mi sillón de adulta, donde el pasado no se recupera y el futuro tan sólo es un escaparate que me aguarda.

Pero esa niña que llevo dentro, se asoma de pronto por detrás del sillón y me pide en silencio que la acompañe mientras me tiende la mano. Sé que puedo esquivar su mirada, que puedo incluso atravesarla y nadie lo notará ni me lo tendrá en cuenta, ni tan sólo ella. Pero algo ha cambiado en mí y he decidido asomarme a sus ojos pequeños, sabiendo que me conducían a la laguna de mi soledad.

El desconcierto inicial me llevó a tratar de calmarla, hasta que comprendí que su rabia necesitaba estallar, que era preciso dar salida a ese desconcierto acunado en secreto durante tantos años, que aunque lo maquilló de indiferencia, había llegado el momento de clamar a los cuatro vientos que fue duro y que aun comprendiéndolo, no le pasó desapercibido. Caí entonces en que tan sólo necesitaba que alguien la escuchara por ello, sin juzgarla, sin pedirle explicaciones, sin sentir compasión ni hacerla sentir víctima o culpable. Supe que sólo a los ojos de la mujer en la se convirtió sería capaz de hablar alto. Para bien o para mal.

Tras el estallido inicial traté de abrazarla, abrazarme, para no sentirnos solas. La una cobijando, la otra recibiendo. Me acerqué para hablarle con franqueza sobre cómo afrontar la situación que la había empujado a abandonar la parte trasera del sillón. Traté de entregarle la calma de la experiencia adquirida con los años para acariciar su herida y, a su vez, ella permitió que llorase hacia adentro la ironía de los ramales que conducen a un mismo pozo, muchos años después. Sé que comprendió que mi determinación a día de hoy era protegerla, protegerme, y que nuestra integridad iba a estar por encima de muchos matices dañinos que parecen acariciarnos desde el hostil mundo de competencia actual. Sólo cuando di el paso de firme de comprometerme con ella (y conmigo) en el presente, comenzó a calmar su cantar, se sosegó nuestra alma y fue difuminándose dulcemente hasta cobijarse en su rincón.

Durante más de siete lunas, he sentido como mi cuerpo se rendía ante los nervios y la imposibilidad de salir a flote con todo. He sentido como cedió sus defensas para acunar, a su vez, a la niña de carne y hueso que es mi hija y vive pegada a mis pechos y mis brazos desde su cuerpo pequeño y su mente ágil. Finalmente la enfermedad me ha inundado, dudo aún si aprovechó que mi cuerpo y mi alma se encontraban abiertos en canal para inundarme o si me refugié en ella para acabar de entregarme a la oscuridad. Sea como sea, siento que ha sido un gran viaje, por lo intenso, en el que finalmente el rojo de mi cuerpo decidió también abrirse paso para sangrar a la vez desde las cenizas. Un periodo completo de conexión con la esencia, de recogimiento, en  el que mantener el ritmo de vida estipulado y cordial me resultaba ofensivo y burdo.

Ya han cesado los tambores. Sé que se ha cultivado en mí una nueva fuerza en forma de consciencia. Que tal vez lleve un nuevo paso, desintoxicado, firme, como de Ave Fénix.




lunes, 19 de septiembre de 2011

Nuevos caminos

Hoy me siento triste, como si me hubieran arrebatado un trocito de esencia, siento que yo lo he entregado para que otros lo devoren. Siento el alma débil. Siento el peso del que toma la responsabilidad y debe ser consecuente. Hoy, hemos comenzado la adaptación. Sé que para muchos otros padres no es un momento tan dramático pero para mí ha resultado violento, a pesar de que ha sido sólo un ratito y que la hermosa Cereza no ha estado especialmente mal. Según corrían los minutos me impregnaba de unos matices de los que no puedo desprenderme por mucho que lave mis manos, creo que en algún momento podré canalizarlo y darle salida, además de con estas palabras, con mis lágrimas. Liberar.

Este paso supone mudar de ciclo, de ritmo, de manera de sentir pero no de amar... Saco valor y determinación. Comprendo que esta etapa, es una etapa de transición, una etapa que va a suponer grandes cambios en la familia, el primer cambio realmente grande desde que la Cereza llegó a nuestras vidas para colocar cada cosa en su sitio. Me siento confusa, creo que necesito mantener un punto de guía para no perder el norte y errar.

Debo buscar empleo activamente y esto supone separarme de ella, separarnos ambas, la una de la otra. O lo que es lo mismo, romper este vínculo que mimamos desde hace algo más de 18 meses. Son muchas las dudas que me asaltan al respecto, las miles de vueltas que le hemos dado, la cantidad de posibilidades barajadas... ¿Cómo hacerlo todo más fácil? ¿Cómo hacerlo menos doloroso? ¿Cómo discernir lo que es necesario de lo que se puede dejar correr un poco más?

Cuando me atrapan estas dudas, cuando siento que me agarro a lo inasible y me corroe el deseo de tirarlo todo por la borda para continuar como hasta ahora, luchando por arañar más tiempo para permanecerlo unidas, entonces, cualquier opción que trate de tejer desemboca en un imposible y toco el suelo. Porque no podemos permitir que la situación llegue a ser insostenible, porque no es factible, hoy en día, ibuscar empleo con una niña de la mano o en brazos, porque no tenemos ninguna otra opción válida para el cuidado de la linda Cereza que se prolongue en el tiempo, porque no nos mantienen la plaza, porque cualquier parche la desestabilizaría continuamente y porque no deseo verme en un futuro teniendo que dejarla en cualquier lugar o ni siquiera encontrar dónde...

De este modo podemos prolongar la adaptación tanto cómo sea necesario, en principio sólo un ratito y alargando un par horas según veamos, sin presiones. Haciéndolo todo más suave para ambas. Mi cabeza lo comprende pero si miro en mi corazón, mi corazón no está preparado para esto y dudo mucho que el suyo lo esté.

En cuanto a mí, deseo afrontar esta etapa con ánimo y optimismo. Mi puesto de trabajo anterior era interesante porque me permitía estar en contacto con la creación y la expresión, campos que me fascinan, pero como trabajo (relación esfuerzo-recompensa) dejaba tanto que desear que puedo considerar un regalo de la vida encontrarme en ese punto al llegar mi hija, puesto que no supuso ningún conflicto personal ni familiar renunciar a él para dedicarme a lo verdaderamente importante para mí entonces. Ahora sé que hice bien porque era un barco que no hubiese llegado a buen puerto.

Me decido a mirar las cosas de frente para afrontar con energía la salida al mundo social, al mercado laboral y al panorama que nos espera más allá de la madriguera de amor en la permanecemos sumergidas y entregadas en cuerpo y alma. Afronto esta etapa como una oportunidad. Oportunidad para conocer gente y cosas nuevas, para aprender, para mejorar y para tratar de conciliar lo mejor que pueda. Pero, sobre todo, oportunidad para aprender de mí y de ella, para adaptarme y seguir presente, intuir nuevas carencias, suplir con amor y canalizar mis emociones para no desbordarla, para que no deje de sentirse respetada, amada y protegida.

Una oportunidad para seguir creciendo juntas.



Cuando comenzaba a definirse esto escribí esta otra entrada

martes, 2 de agosto de 2011

Traición

Tras varios días tomo conciencia de la cuenta pendiente.

Trepo las paredes de mis entrañas y me cuelgo de ellas boca abajo, suspendida en la marea que me invade mientras mi larga melena roza mi propio suelo. Sorprendida aún por este nudo de sentimientos rancios que se abre hueco a través del tiempo para saludarme. Se entremezclan los recuerdos, se tiñen con nuevas pinceladas que no esperaba. Traición.
No hay nada que hacer, sólo aceptar y dar un voto de confianza al tiempo que, según dicen, todo lo sitúa en su lugar y con suerte hasta lo cura. ¡Qué ceguera la mía, qué poco consciente de lo que bullía a mi alrededor! ¡Qué embriagada de inocencia, libertad, amor y amistad leal vivía entonces! ¡Qué joven e idealista!... No he cambiado mucho, lo sé, continúo creyendo que cuando las personas se ofrecen transparentes los lazos entre ellas se hacen inquebrantables y prefiero morir por traición a perderme sentimientos puros por temor. Hoy me esfuerzo en cubrir con suaves vendas situaciones que hablan por sí solas y me calma adornar las cenizas con miel.
Sé que esta actitud no me lleva a ninguna parte, que es más sensato tratar de pasar página al fin. Pero, a su vez, creo que es necesario sacar esta mezcla de furia, incredulidad e impotencia para poder encontrar mi quietud y, desde ahí ,despedir a aquello que me daña, tome la forma que tome. Por eso aúllo desde aquí. Sólo cuando abandone por mi boca este sentimiento que me envenena el alma podré mirar cara a cara a mi verdad, abrazarme a ella, asumir mi parte de culpa y colocar esa tirita a mi corazón del pasado para que su lento sangrar ya no me duela.