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domingo, 17 de julio de 2016

Habitarme

Tu luz.

Mirada alegre, sonrisa dulce, plena de vida y confianza.

De ideas claras, gran iniciativa y seguridad en ti misma. ¿cómo desarrollar una consciencia atenta para no frenarte sin desearlo? No imposibilitarte, limitarte, no decir NO sin ser cierto. No entorpecer tu propio ritmo ni contrariar tu autonomía con mi ayuda. Siento no tener siempre la paciencia, o el tiempo, para dejar que pruebes una y otra vez. Que metas la cabeza por la manga las veces que precises o camines con los zapatos al revés. 

Me sorprende tu coraje y reconozco que no siempre logro apearme del ritmo del adulto para sumergirme en tu suavidad, en el ahora, ahí donde vivís vosotras. Sensacional y desconcertante para nosotros, ya condicionados, ya domesticados.

Mi dulce carita de limón, amo cuando cantas, cuando bailas, cuando nos tomas de la mano y nos besas. Esa gran empatía para acompañarnos. Ese genio para reprendernos. ¡Qué gran ser eres!

A veces me pesa la sensación de estar perdiéndome tantas cosas a tu lado, me cuesta asumir que nuestra realidad es ésta. Que nos van a faltar siempre instantes a solas, que nuestra complicidad se está forjando en compañía y que no debo vivir esto como una carencia. Cuando me sumerjo en tu mirada y nos amamos desde ahí, entiendo que nuestra conexión se nutre de esos instantes, que nuestro vínculo sobrepasa lo íntimo, que soy yo la que debo despojarme de experiencias pasadas y expectativas, que la vida se nos ofrece desnuda y nuestra realidad familiar está repleta de pequeños instantes en los que reconocernos. Sin la exclusión de ninguno. Y esto, lo he aprendido gracias a ti. No aprenderlo de palabra, que eñresulta fácil enunciar que cada cual tiene un espacio en la familia y cumple un rol, sino aprender a integrarlo, a sentirlo, a reconocerme en ese entramado de emociones, alegrías y frustraciones que fluyen de manera constante para encontrarnos desde ahí.

Y sentirme bien mi piel, dejando que vueles libre, asumiendo que esta circunstancia te ha ofrecido más manos que cobijarte y más miradas que velarte. Aprender a abrirme a delegar tus cuidados, empujada por la necesidad de la incorporación laboral y otras exigencias ajenas a vuestra comprensión, y aceptar por tanto que refuerzas otras relaciones de afecto por ello. Debo reconocer que no siempre me ha resultado agradable, porque fácil, la verdad, es que nos lo has hecho. Y ese vacío de no poder atenderte, no poder conectar contigo del modo en que hasta ahora había concebido el vínculo materno-filial, me dolía, me escocía y me hacía sentir culpable.

Debo decirte que he logrado suplir ese hueco. Que ya no lo vivo como una carencia, que sé que al abrirte a otros cuidados has creado lazos muy fuertes y hermosos, especialmente con tu padre, y que soy consciente de esa riqueza. He aprendido a vivir todo esto con naturalidad, dejando de verlo como una renuncia, dejando de culpar. He descubierto que hay mil formas de habitarme.

Gracias por tu presencia, por tu capacidad para llevarme de la mano al instante presente, a tu mirada de luna. Gracias por ser como eres. Adoro tu libertad, tu determinación, tu vitalidad y ternura.




domingo, 13 de diciembre de 2015

Cachete y violencia

La violencia hacia los niños está ampliamente justificada. Desde los gritos, insultos e intimidaciones hasta el abuso corporal, no el sexual; que afortunadamente es un aspecto condenado por la sociedad al completo.

El castigo físico no sólo se camufla y acepta en el ámbito familiar sino que durante muchos años fue una práctica extendida en el mundo adulto, pudiendo actuar de manera agresiva incluso profesores y personas a cargo de hijos ajenos. Esto también ha cambiado. Lo que me sorprende es que no sea hasta hace relativamente poco cuando se recogiera el derecho a la protección de menores y se penalizaran este tipo de actos.

Pero una cosa es lo que dicte la ley y otra lo que se cueza en cada hogar y familia.

Deseo pensar que aquellos adultos que emplean la violencia física con sus hijos son, a su vez, víctimas de sus circunstancias y que, probablemente, arrastren su propia historia de violencia infantil de la cual no han sabido desprenderse. No lo comento a modo de pretexto, golpear a un hijo/a no es un hecho justificable. Agredir a un hijo/a es, principalmente, una derrota.

Deseo pensar que aquellos adultos que emplean el castigo físico, no sólo a modo de reprimenda o escarmiento sino como una vía de escape ante su propia frustración, que puede o no estar vinculada a la conducta del niño, son o serán capaces de apreciar el abuso en sus actos, recapacitar y tratar de reconducirlos. Porque, dejadme que os cuente, no existe el cachete a tiempo. No. Es una excusa a la que agarrarse cuando se va la mano o cuando no se desea emplear otros recursos más respetuosos (y más efectivos en su esencia). No se corrige con golpes, palmaditas, cachetes en el culo, pellizcos, empujones o tirones. No. Lo que se enseña es que la violencia es una forma válida de imponer nuestra voluntad. Lo que se inculca es miedo, inseguridad, sumisión e, incluso, rencor; sentimientos bastante distantes al respeto. Lo que se trasmite es que tú haces o dejas de hacer lo que yo digo porque soy más fuerte, porque te hago daño y si vuelve a ocurrir ya sabes lo que hay.

Muchos adultos se escudan en el clásico "A mí me pegaban y no me ha pasado nada". Francamente, lo dudo. Dudo que una infancia con muestras de violencia sea igual a una sin ella. Aunque sean pocas. Dudo que la visión de nosotros mismos, como niños que fuimos, se cree por igual con o sin violencia. Dudo que el respeto hacia nuestro cuerpo, como dueños únicos de él, se forje del mismo modo con o sin violencia. Dudo que el amor hacia quién nos agrede, en nuestra más tierna vulnerabilidad, se afiance del mismo modo. Se podrá camuflar, disfrazar de protección, etiquetarse a uno mismo como un niño/a bastante "trasto" e incluso saberse en paz tras haber transitado el perdón. Pero no digáis que es igual.

Habrá muchas formas de normalizar y asimilar la violencia cuando se sufre en la infancia. Pero me cuesta creer que ésta no deje huella. Se crean relaciones marcadas por la subordinación, la falta de amor propio, inseguridad y resentimiento. En realidad, hay que ser muy hábil para resultar un adulto "normal" arrastrando tanto.

Me gustaría que se reflexionase seriamente sobre esto. Que aquellos adultos que agreden o hayan agredido físicamente a sus hijos sepan que tienen una deuda moral con ellos, que les deben un perdón: pronunciado, reconocido. Que se sientan capaces de volver la vista atrás por si vislumbran huellas de su propia historia y resituarse. Tirar del hilo o no. Lo importante es no perpetuar esta conducta. Todo podría tomar otro rumbo. Detenerse ante un pronto. Gestionar, a la vez, la propia frustración.

Hay que ser muy valiente para ello, lo sencillo es pensar que no afecta. Que se es tan "normal" y así, continuar justificando el abuso y la violencia. Aunque teniendo en cuenta que en nuestra sociedad dentro del concepto "normal" entra cualquier cosa que no desemboque en tragedia, no me sorprende que expresiones de este tipo sean aceptadas: "No se hace nada malo” “Así aprenderán” “Me duele a mí más que a ti” “Es por su bien". Nada tan incongruente. Por su bien, hazle saber que nadie tiene el derecho a agredirle, que nadie tiene derecho a abusar de él y que existen otras maneras de poner límites y gestionar la rabia.

No hablo de una falta de cuidado y amor a los hijos. Sería ya llegar al abandono y el trato más vil. No digo que no exista amor en estas relaciones, digo que no lo sustentan ni son actos que lo cultiven. No se puede inculcar respeto infringiéndolo. Es mero sentido común.


No deseo cerca a quién me lastima, no me siento segura junto a quién me daña intencionadamente. ¿Qué nos hace pensar que un niño/a siente de otro modo? Si ellos pudieran elegir, diría lo tendrían claro. Son seres dependientes, necesitan de nosotros para subsistir y nutrirse, también emocionalmente. Es una gran responsabilidad, pero también, un gran privilegio.




domingo, 13 de septiembre de 2015

A dos

Me contaron muchas veces que el amor se multiplica. Toda madre con más de un hijo afirmaba que así era. Una explosión de amor que inundaba cada rincón del hogar. Un corazón que daba para todos.

Me sentí decepcionada. Y después culpable. Al calmarse la euforia inicial, mi amor, aunque sí bien había crecido, no desbordaba. No sentía esa fuente que podía regar a cada miembro. Mi sensación era más bien la de no alcanzar. Me sentía continuamente dividida, no en atención, sino en cariño. Que es mucho más sutil y delicado.

Mi amor por ellas no se había multiplicado, así de golpe, no podía dar de mí a las dos en la medida que cada una demandaba. Mi amor, aunque era inmenso, aún lo eran más mis expectativas. Mi amor, miraba aturdido lo que estaba sucediendo, desorientado. Mi amor, se compartía.

Estuve rabiosa por este sentimiento que identifiqué como hostil. Y aunque me molestaba que ocurriera, lo cierto, es que en mi interior algo me indicaba que era una emoción válida.
Me costó asumirlo, porque no está bien que una madre no sea abundante en todas sus facetas, porque de algún modo, supe que me había quitado el disfraz impuesto de mujer para habitar el de madre. Y eso me hería. Admitir que elegía me partía el corazón hasta que asumí que ese dolor provenía de lo que se esperaba, o esperaba yo, que debía ser.

Ahora, trascurrido un tiempo, me encuentro bien con mi entrega. Es un amor que se extiende a cada una en función de cómo me vinculo con ella. Es un amor adaptado a cada cual y, por tanto, un amor distinto, como ellas. Es un amor que sabe agitarse y hacer ruido o guardar silencio y acariciar mirando. Un amor que se mantiene latente para resarcirse más tarde. Un amor que aprendió a mirarse a sí mismo y permitirse espacio. Sin culpa ya.

Ese amor, incondicional y diligente, que siento inherente al hecho de ser su madre, también es sacudido por el vaivén de la relación. Y una no se prepara para el momento en el que un aspecto de su hija le desagrade, para que se prolongue en el tiempo, creando una situación que no sepa manejar porque acaba desequilibrándome. Ahora que comprendo la fuerza de ese amor avanzando en la adversidad. Ahora puedo aceptar ese amor que fluye lento o a raudales y puedo honrarlo. Ahora ya me siento bien en mi piel.

Dejo caer un mito más para mí. Porque también debo despojarme de los mitos hermosos, de los aceptados, de los que gusta alimentar.

Mi amor no es finito, no, pero tampoco se construyó fuerte así de repente. Hay que mimarlo, como cualquier amor. Manteniendo los ojos bien abiertos y las palmas hacia arriba para apreciar los detalles que me inundan. Ellas me hacen más real. Me enseñan a decir "ven" y a decir "basta". Y las amo. Así, con lo que doy de mí, compartiéndome.

Si me preguntas, no te diré que se multiplicó. Sería demasiado sencillo resumirlo así. Te cuento que es muy grande, muy profunda, nuestra capacidad de amar. Y esa misma capacidad es la que nos engrandece.





miércoles, 27 de mayo de 2015

Ojos de luna

Comenzó temprano a llamar al cuerpo, que sabio y constante, emprendió poco a poco el camino. Tras un embarazo en el que me paralicé por el miedo, ansiaba recobrar la calma y conexión para poder recibirla.

Habían sido unos meses intensos marcados por la enfermedad, la incertidumbre y la indecisión. Francamente, tenía ganas de llegar ya al final. Por eso no me sorprendían las contracciones semanas antes. Avanzábamos, nos frenábamos. Estuvimos jugando con el momento de abrazarnos.

Me recuerdo inquieta. Agitada por mi salud, acariciando mi vientre en un gesto de protegerte. Me recuerdo en lágrimas, cansada. Cargando con la preocupación de tu bienestar a pesar de lo acontecido. Me recuerdo encerrada, impaciente al final. Deseando verte y poder cerrar esa etapa tan delicada.

Me recuerdo buscando mi centro. Aquel punto de equilibrio que te amansa. Me recuerdo en largos paseos, música andante, mirar el mar, los acantilados y meter mis pies en el agua, aún fría, de mayo. Nunca olvidaré aquel día en que ya sangrante paseé hasta la orilla del mar y allí, sin haberlo planeado, bajé entre las rocas hasta sentarme en una de ellas. Me descalcé y sumergí mis pies en el mar. Aquella mañana me serené, al fin, sabiendo que si de verdad así lo sentía se abriría ante mí la posibilidad de tener el parto que deseaba y que una vez aceptara las circunstancias podría dejarme ir en paz conmigo misma a su encuentro

Me recuerdo desnuda. Bailando. Soltando las caderas. Recuperando una canción que de pronto regreso a mí, a nosotras y que acogí como se recibe lo que una espera. Era evidente que necesitaba soltar, soltar, soltar. Soltar los miedos, soltar la culpabilidad, soltar el timón. En definitiva.

Y así fue como abracé la certeza de su llegada. Las contracciones iban y venían. Suaves. Fuertes. Me fui a dormir y descansé.

Pasó o no pasó el día señalado, no podremos saberlo y tampoco nos preocupó entonces. Me levanté temprano para llevar a B. al colegio. Y al despertarla le susurré que su hermana iba a llegar hoy. Iba preparándola y se me escapaba una sonrisa entre contracciones. “Cariño, no estoy para conducir. Ven a por la niña y avisa que no vuelves al trabajo”.

Me recuerdo tumbada, en mi deseo de soledad, acogiendo las oleadas con intimidad. De un lado, de otro. Serena. Contando. Una, dos, tres. Aún espaciadas. Acariciando mi vientre en una despedida. Jose, sube, quédate a mi lado”. Una ducha, un zumo, un puñadito de almendras. Un masaje entre giro y giro. Dejo vibrar mi voz con las oleadas, eso me relaja y suaviza la intensidad. En una gran ola siento calor entre mis piernas. Creí haber roto aguas pero no. Era cálida sangre lo que corría. A pesar de ser irregulares partimos hacia el hospital. "Un momento, debo llevar un trozo de confianza conmigo" y agarro una pulsera confeccionada con mimo y amor gracias a mis comadres. Nuestro amuleto.

Siempre afirmaré que el traslado al hospital supone un gran trastorno para la mujer que va a parir. Si vas demasiado pronto te mandan de vuelta a casa, si vas a la mitad tienes más probabilidades de que se interfiera y si vas bastante avanzada, francamente, no estás para ese trámite.

Me recuerdo bajando del coche y caminando sin esperar a Jose. Mayo. Ibiza. Centro de la ciudad a plena luz del día. Llego. Hay que esperar a que venga la matrona. Me mantengo en pie y me dejo colgar en el hombro de Jose con cada contracción.

Por fin pasamos. En espera otro rato. Comienzo a impacientarme. La intensidad es fuerte pero siento que J. se mueve y eso me calma. Llega la matrona, nos presentamos. Me dice: "tranquila, ya sé quién eres y lo que deseas. No hay ningún problema". Sonrío y caminamos juntas hasta paritorio.

Me cambio. Me reconforta encontrarme de nuevo en un lugar oscuro y protegido. Sin ruidos, sin gente. Sólo ella y yo, mientras Jose se preparaba. Balo con las contrataciones, ella me anima. Los monitores confirman que J. está bien y me relajo completamente.

Me pregunta si no me importa que haga un tacto suave de reconocimiento, que si yo lo deseo será el último. Sonrío y acepto. Antes de proceder me pregunta por la bolsa. “Creo que está íntegra, diría que sólo arrojo sangre”. Ella tiene sus dudas. Me pregunta qué deseo hacer y le digo que no quiero que lo compruebe, no deseo que se rompa la bolsa. El tacto confirma que la cabeza ya está ahí, lo cual no me sorprende en absoluto.

Me anuncia que cuando sienta ganas de empujar lo comunique. Continúo serena. mi hombre ya a mi lado. Entra la enfermera que también nos va asistir, reconozco su cara. Nos sonreímos en silencio. Siento gran presión en la vejiga, aviso de que vamos al final.

Me incorporo ligeramente. Él me sujeta. Se adapta la camilla haciendo descender ligeramente la parte de los pies y aprovecho para colocar el pubis en el filo y apoyar la planta de los pies con firmeza, adoptando una posición de cuclillas. Un pujo. Me pide que contenga para proteger mi periné. Siento la fuerza arrolladora abriéndose paso y con la cabeza indico que no puedo contenerla. A pesar de la postura no tengo visibilidad. La matrona me confirma que tenía razón, venía en su bolsa.

Al abrirla las aguas estaban ligeramente teñidas, un instante delicado de transición y en seguida su llanto y su cuerpo sobre mí. Desnudas una junto a la otra. Sus ojos grises. Su tacto delicado. Permanecimos largo rato así, acurrucadas piel con piel. Ella mamando, ¡qué sabia J. desde el primer minuto, qué instinto de supervivencia! Su padre a nuestro lado. Asombrado, feliz, dando aliento y protección.

Su reconocimiento no fue inmediato. Expulsé la placenta con ella sobre mi cuerpo. Placenta que guardamos  y trajimos a casa con nosotras. Placenta que sustentó su vida en mi interior. Órgano canalizador al que tanto agradecemos.

Me recuerdo enamorada. Relajada tras la tensión. Feliz de que estuviese bien. Feliz de que hubiera fluido sin intervenciones. Feliz de un segundo parto natural, intenso, puro. Orgullosa de ella, por su fuerza, su aguante, la estancia en mi vientre tan distinta a lo que yo hubiera deseado. Le debía una llegada al mundo en paz conmigo, en paz con el personal sanitario, en paz con la vida. Le debía unas horas serenas para reconocernos, para susurrarle cara a cara mis miedos pasados y disculparme sosteniendo su mirada. Le debía un manto de besos y arrullos. Y todo eso y mucho más, se lo entregué en tranquilidad y soledad. Tan sólo acompañadas por su padre a escasos metros de distancia. Fue un inicio hermoso y sanador. Pero ante todo fue un inicio justo.

Mi dulce J. que llegó con su serenidad y gran presencia. Poderosa toda ella. Expresiva y cercana. Mi preciosa J., enmantillada, luz de vida. Te sabía así, con tu inmensa capacidad de acogida. Gracias por aceptarme. Te cuidaré, ojos de luna, toda mi vida.





PD: Gracias a todxs lxs que nos acompañasteis en este viaje. Quiero agradecer especialmente el gesto de Maribel, gracias por hacerlo más fácil allanando el camino. A Bea, la matrona que nos atendió. Y a mis comadres, por la energía volcada.

domingo, 18 de enero de 2015

Criar en manada

Sé que no desvelaré un secreto al afirmar que vivimos a un ritmo desfasado con las necesidades infantiles. Que nos regimos por unos horarios e imposiciones difíciles para la conciliación familiar, no hablemos ya de la personal. Y que se nos va minando con una serie de prioridades que poco o nada se aproximan a las de los niños y la maternidad.

El puerperio, sin más, es una etapa desértica carente del espacio que precisa para convertirse en abundancia. Que para mí no es otra cosa, sino la total abundancia, la entrega absoluta: alimento, calor, emociones, aromas, fluidos, caricias, arrullos, canciones y carnes. Un continuo brotar de la mujer a la que se la obliga a hacerlo hacia adentro... y eso es imposible, no se puede brotar hacia adentro. Hacia adentro se rellena y una mujer puérpera, de las que se despellejan sin reservas, rebosa enseguida. Pero ya no puede hacerlo con la alegría del brotar sino con la angustia de la incomprensión, del no reconocimiento, del no espacio para ser abundante.

Y esto sí es invisible. Y si no lo es para algunas personas, es fácil continuar ignorándolo. O peor aún, banalizándolo.

Y todo repercute.

Embarazos desconectados del propio cuerpo y del cuerpo del hijo. Partos con violencia enmascarada. Puerperios secos. Y una crianza no presencial. Y al decir no presencial no sólo me refiero a la falta de medidas que faciliten la conciliación sino también a la presencia contenedora. ¿Qué esperamos obtener? Demasiado bien nos va todavía, francamente.

Cuando vas tomando determinadas decisiones en cuanto a la crianza de tus hijas y palpas que con algunas, muchas, la mayor parte, te estás saliendo de lo habitual, al principio no sientes vértigo. Y no lo siento, porque algo más fuerte hace de motor para que no me frene en seco y regrese de una vez al camino. Pero salirte tiene un coste y es transitar ese sendero que has abierto una y otra vez.

Pronto asumes que una hija trae consigo el estrechar muchos lazos. Y que ya no es tan sencillo como afirmar que no esperas comprensión sino respeto. Porque cada gesto es una nueva oportunidad para tensar o destensar dichos lazos.

Es necesaria la ayuda de una manada. Claro está. Pero las manadas, en sentido figurado, no se eligen. Y esta falta de capacidad para aceptar e integrar formas menos habituales de maternar, trae consigo el desconcierto, la sensación de soledad, intranquilidad y falta de confianza por todas partes. Esta inestabilidad se traduce en ataques y defensas que podrían acabar desembocando en aceptación y colaboración mutua, si finalmente se rigen con entendimiento y constancia. Pero no siempre sucede así.

La manada está ahí. Y es la que es. Y tú eres la que eres, con todo lo tuyo que, desde luego, no es poco. Otra cosa es que la vida te permita reconocerte en otras mujeres, hombres y vivencias estableciendo una valiosa relación de comadreo. Pero esto no cambiará que seamos quiénes somos y de dónde procedemos. Con lo dado y con lo cargado a hombros.

Me siento afortunada en muchos aspectos y esto no deja de ser una reflexión a partir del desconcierto que a veces siento al sucederse las cosas demasiado deprisa como para reubicarme. Y debo dedicar largas horas a lamerme las heridas.

Cuando sólo era yo tenía mi lugar bien construido y mis distancias. Pudo haber resultado más sencillo, pero ya había llegado. Punto.

Cuando fuimos él y yo, se creó un círculo sólo nuestro, porque ya se sabe que en temas de pareja mejor no meterse... y así flotamos juntos muchos años. Solos con nuestras mareas y calmas.

Pero llegan las niñas, y esa burbuja íntima se rompe al mundo, irrumpiendo bruscamente en ella una multitud. Y se olvida que ahí dentro estamos desnudos, que es un momento de crecimiento personal y que somos seres entregados a asentar las bases de nuestra nueva estructura familiar. Que no deja de ser un espacio ajeno y privado y, por tanto, dentro de él, me defenderé si me siento atacada o invadida. Y aseguro que no es difícil sentirse de este modo al despertar a la maternidad, tantas veces como te ofrezcas a ella.

Criar en manada es esencial y maravilloso. Pero para ello primero hay que integrar el grupo porque no se puede construir una vida hacia afuera y pretender de golpe regresar al centro, para permanecer en él. Primero habrá que resituarse y valorar la nueva piel, y con ella, la capacidad que tenemos para ser como somos y aceptar al resto tal como son en el nuevo rol que cada uno desempeña.

Y en el fondo, sé que tejo mi único modo, tan independiente, porque no me siento con ánimo aún para remover mis propios cimientos y restablecer una relación verdaderamente sana. Y a la vez, me turbo, porque deseo que mis propios abismos no interfieran, haciéndome sentir en deuda con mis hijas por ello.

Sería cuánto más sencillo si no hubiéramos perdido tanto queriendo evolucionar a cualquier precio. Pudiendo disponer del tiempo y atención que nuestras cachorras requieren permitiéndonos crear relaciones sólidas alejadas de la presión, protegidas de las demandas que nos impone esta sociedad que elije vivir de espaldas.

Pero esa realidad no existe y el sentimiento de pertenecer a una manada es algo intrínseco y poderoso que debemos cuidar. De modo que confiemos en lo inamovible: el amor. Amor para preservarnos en conjunto, gratitud para honrarlo y voluntad para que así sea.






                                                             

jueves, 4 de septiembre de 2014

Los adultos

Querida hija:

A los mayores nos gusta mandar. Somos así, de alguna manera con el tiempo nos creemos tan válidos como para asumir que el único modo correcto de hacer las cosas es el nuestro y, más aún, que el momento adecuado es también el que nosotros consideremos.

Pero tú debes saber que eso no es así, que es una mentira. Que ni siquiera es cierto del todo cuando tratamos de enseñaros cosas o inculcar nuestros valores. Debes saber que siempre puedes reflexionar acerca de las directrices que recibas, preguntar por qué las veces que necesites para comprender qué se te pide y que, por supuesto, puedes negarte si lo deseas.

Esto último te lo digo bajito, porque a los adultos no nos gusta que vosotros, los niños, no obedezcáis. Entorpece nuestro ritmo antinatural, en el que vuestro espacio se reduce cada vez más y más. Por eso es importante que tomes conciencia rápido de que también debes tener cabida en él y que ese espacio tuyo debe ser respetado. Porque ¿sabes qué? a muchos adultos les reconforta decir que es importante fomentar la autonomía de los niños pero en la práctica se limitan a dar órdenes, marcando cómo, cuándo y qué hacer. Eso no es fomentar la autonomía, pero sois tan tiernos que permitís que se crean sus propias artimañas.

Hija mía, te cuento todo esto porque me doy cuenta de lo mucho que has crecido ya. Ahora no sólo se sigue ampliando tu círculo sino que compartes cada vez más momentos con quién tú eliges. Y me preocupa cómo se establecen dichas relaciones. Me preocupa que aceptes que es normal y válido que se dirijan a ti sólo con imperativos. Porque no lo es.

Tú puedes elegir. Puedes decidir dónde sentarte, por ejemplo. No tienes porqué acudir con tu mejor sonrisa cuando un adulto, por muy conocido que sea, te diga que vayas a sentarte dónde él o ella te indiquen. Puedes incluso decidir si deseas o no sentarte. No olvides preguntártelo antes de acceder. Y así con todo.

Cuando vayas practicando te será cada vez más sencillo, ya lo verás, irás tomando poco a poco más conciencia de estas situaciones y podrás reafirmarte. A muchos adultos no les gusta que les lleven la contraria y les va a sorprender tu actitud, pero no desistas hija, porque ahí radica tu fuerza y de tu reacción dependerá el tipo de relación que se establezca entre vosotros. Con suerte algo se renovará en ellos, aunque eso no es tu responsabilidad.

Tal vez crean, e incluso se atrevan a decirte, que eres una maleducada o una niña mala. Ni caso, mi amor, ya te he explicado que nos sienta fatal que cuestionéis nuestras órdenes. Eso no es así, como tampoco eres buena por el hecho de obedecer. Los mayores bendicen con su aprobación como si fuese un tesoro, no caigas en la trampa. Escucha, piensa y pregunta lo que no comprendas. Luego valora y actúa. A nadie le agrada, aun teniendo obligaciones, que le hablen con imperativos o que no le dejen decidir. Y tú no mereces menos consideración.

A veces, mi amor, te encontrarás rodeada de adultos y recibirás muchas órdenes a la vez y lo más absurdo es que varias de ellas serán contradictorias. Además notarás que la mayoría de los adultos se toman la libertad de opinar y dirigiros sin respeto hacia vosotras ni a los padres, de modo que si papá o yo estamos presentes, me gustaría que nos escucharas a nosotros. Somos tu guía y resguardo. A veces hemos tardado en reaccionar, perdónanos, también estamos aprendiendo a manejar estas situaciones. El mundo de los adultos es mucho más complejo, no hablamos con franqueza y por tanto no perdonamos de corazón y por eso casi nada es transparente entre nosotros aún pareciendo que lo sea. ¿Estamos locos, verdad? Sí, yo también lo creo.

Me gusta repetirte esto por las noches. Me gusta que te revuelvas de risa cuando te digo que no tienes porqué obedecer sin cuestionar la situación... y me entristece que ni siquiera hubieras contemplado esta opción. Lo siento. Desearía que tuvieras presentes mis palabras, porque aunque aún no lo comprendas, con ellas te regalo libertad.



B. y yo



domingo, 17 de agosto de 2014

Instinto gris

¿Qué es esto que siento? ¿Por qué al oír el llanto de mi hija tengo el impulso de tomarla en brazos, de susurrarle, de cubrirla de besos? Ah, ya sé, debe ser instinto.

¿Qué será esto que siento también? ¿Por qué me pongo alerta cuando alguien se aproxima demasiado, cuando invaden nuestro espacio, cuando toman la iniciativa de tocarla o la observan muy de cerca? Ah, ya sé, seguro que es instinto también.

¿Y qué ocurre cuando quién perturba esta aura de seguridad es también hija mía? ¿Qué sucede cuando das prioridad a una de las dos? ¿Qué puedo hacer si en ocasiones sus actos me incomodan hasta la agitación? ¿Qué puede ser?  Ah, ya sé, será cansancio... será falta de recursos… será…

Parece que duele aceptarlo, ¿verdad?, pero si miro en mi interior lo veo claro. Sí, también es instinto diría yo. Es algo visceral, puedo aplicarle razón pero eso no cambia lo que siento.  Y sentir esa especie de rechazo en momentos puntuales escuece. Mucho. Hasta la locura.

Se habla de instinto e imaginamos un tesoro, una guía sabia e impetuosa que nos empuja a ciegas al lugar oportuno mostrándonos las herramientas adecuadas para desenvolvernos ante cualquier situación.

¿Y qué hago con este sentimiento indeseado que me habita? ¿Cómo convencerme de que así debiera ser? ¿Qué lugar se supone que debo ofrecer a esta inquietud que no desea saltar por la ventana?

Me había preparado para el cansancio, para la falta de tiempo para una misma y para tratar adaptarme a las necesidades de las tres, cada una transitando momentos tan diferentes. Me había preparado incluso ante el recelo que pudiera presentar la mayor. Pero no contaba con esta batalla emocional que me desconcierta y fulmina, no había previsto la explosión a cada instante, la agresividad en ella ni el dolor. ¿Quién puede entrenarse para esto?

Me harían falta un par de manos más (al menos), un nuevo corazón (no dividido ni viciado) y la visión tranquila del que observa desde afuera, sin nada que perder ni ganar.

Pero toda adversidad tiene su luz y ahí nos aguarda el sol con una nueva oportunidad a la que llamamos día. Y comprendo que tengo por delante muchas horas para construir mi mundo, que poseo muchas miradas atentas y un pozo infinito de caricias y mimos por repartir. Asumo que soy un pilar importante en sus vidas. Y así se pinta la sonrisa en mi rostro y se me rizan de amor las pestañas. Y puedo recoger las disculpas que arrojamos anoche al suelo del dormitorio y dejarlas dobladas bajo la almohada (por si acaso).

Acepto estos sentimientos encontrados, este bullir en la sangre y este chirriar en el corazón. No nos desgarraremos, al fin y al cabo, cuentan que sólo es una etapa… A mí no me basta con eso, creo que en cada surco abierto caben mil sentimientos y, además, se cuelan los bichos. Yo deseo pintar mi realidad, por eso no me conformo, por eso tal vez sufro, me retuerzo, cojo impulso y me crezco.








sábado, 29 de marzo de 2014

La hermana mayor

En esta etapa de embarazo, la evidencia de una vida en mi interior es más que clara. El vientre pronunciado y en movimiento y la gran diferencia en el modo de comportarme, a menudo limitada por mis nuevas dimensiones y lo que ello conlleva, deja de manifiesto que se avecinan grandes cambios para todos.

Esta situación supone que toda la familia tome una mayor consciencia de que, muy pronto,  un nuevo ser estará entre nosotros piel con piel, pudiendo interactuar con ella de una manera más íntima y real. Asumir esta nueva realidad es cada vez más palpable para ellos, puesto que yo, como portadora y sustentadora de su vida, hace tiempo que voy desarrollando ese vínculo con ella.

De este modo comenzamos a sumergirnos en el mundo de los hermanos… ¡y me parece algo tan delicado!

Delicado porque tengo la sensación de que se deja poco margen para la naturalidad, para que sean ellos mismos quiénes identifiquen y creen sus propios roles, sino que ya desde el mundo adulto condicionamos una relación que ni siquiera ha tenido oportunidad aún de darse como tal, de tejerse de manera espontánea. Y este aspecto no sólo llama mi atención sino que me preocupa, me mosquea.

En el último mes es constante la lluvia de argumentos en torno a llegada de la nueva hermana que recibe mi hija mayor. Encuentro normal que esto ocurra porque es una realidad y un modo de entablar conversación con ella acerca del tema, que la ayuda a su vez a expresar sentimientos al respecto. Tengo que decir que ella se muestra comunicativa y entusiasta y que reacciona siempre con alegría y cierta timidez. Sin embargo, entre tantas aportaciones, también es común que se deje caer la coletilla de que ahora es la mayor y debe cuidar de su hermanita. Y este hecho es aún más pronunciado si, como es nuestro caso, la mayor es mujer.

Esto es lo que inquieta. Sé que la mayoría responde a frases hechas sin mayor intención, como tantas otras, pero no por ello, a mi juicio, inoportunas. Creo que nosotros como adultos podemos discernir y obrar tal y como deseemos en la crianza, pero ella, mi pequeña, está construyendo su mundo, sus referencias y también su nuevo lugar como hermana, en el cuál debe sentirse cómoda. Y en alguna ocasión me ha sorprendido preguntándome que si ella también cuida de la hermana quién cuidará de ella… como mínimo inquietante que una niña de apenas cuatro años sienta este tipo de vacío e incertidumbre por algo que no va a suceder jamás, ¿no creéis?

Para mí, el cuidado de los hermanos menores por parte de los mayores, a modo imperativo dictado por sus propios padres o cualquier otro adulto al cargo, supone un grave error. Creo que la protección de los mayores hacia los pequeños de algún modo debería brotar de manera innata y siempre ajustada al grado de madurez de ambos. Lógicamente el hermano o hermana mayor se implicará más en la atención y la crianza cuanto mayor sea la diferencia de edad entre ambos, por sentirse más experimentados y capacitados para hacerlo. Creo que es difícil atender a alguien como corresponde cuando aún estás forjando tu propia identidad y poniendo a prueba tus aptitudes en el cuidado y defensa de ti misma. Al menos esta es mi opinión, que la expreso sin ningún tipo de conocimiento profundo del tema más allá de mis percepciones y la propia experiencia.

Creo que cuando la diferencia de edad entre hermanos es tal que la hermana mayor sigue siendo pequeña, esto debería suponer una razón suficiente para no sobrecargarla de responsabilidad. Puesto que como padres, la atención y cuidado de cada uno de nuestros hijos son responsabilidades exclusivamente nuestras y esto es algo que debemos asumir con todas sus letras, aun cuando decidamos delegar en otros adultos. No le corresponde al hermano o hermana mayor velar por el/la menor de manera sistemática cuando, probablemente ni ellos mismos estén capacitados para hacerlo con garantías sobre su persona. Es decir, cuando se encuentran inmersos en su propio aprendizaje frente al medio, en su relación con otras personas y en la construcción de la imagen que se están creando de ellos mismos. Creo que estas relaciones quedarían fortalecidas si se contase con el sostén de los padres para ambos, eximiendo de responsabilidad al/la mayor, más allá de lo que le brote de manera espontánea.

Y en este punto me encuentro,  tratando de explicar a mi hija que cuando su hermanita nazca todos cuidaremos de todos en la familia, porque cada uno aportamos algo valioso e irremplazable al otro. Tratar de explicarle de un modo sencillo y comprensible para ella que no debe preocuparse por cuidar a su hermana, porque tanto su padre como yo cuidaremos de ambas siempre, que ella podrá participar en las atenciones cuando así lo desee pero que no es su obligación.

Sé que con los años se convertirá en una figura de referencia importante para su hermana, que sus actos y reacciones influirán de un modo determinante en el desarrollo de la pequeña, por eso, desearía que la relación que se establezca entre ambas responda a la espontaneidad y no a la responsabilidad impuesta que podría llevarlas a reaccionar bajo cierta presión a ambas.

Será que soy hermana mayor, y desde mi experiencia, la relación que se establece y la capacidad de asimilar y reaccionar es completamente diferente en función del margen de edad entre hermanos. Cuando tan sólo les distancian unos añitos, como será el caso de mis hijas, considero un error marcar roles de cuidado y atención que no brotan de manera natural. Si para un adulto resulta difícil gestionar ciertas situaciones frente a un menor, tan sólo hay que imaginar de qué recursos dispondrá una niña de corta edad cuando se encuentre desbordada. La repetición de estas circunstancias estoy convencida de que acaba ocasionando carencias, también emocionales, para ambos. Repito que para mí supone un tema delicado, será porque me afecta.

Durante la infancia, todos somos niños y debemos vivir nuestras experiencias como tales. Ni el/la mayor debería acarrear con una serie de responsabilidades que en realidad no le corresponden ni el/la menor debería reconocer en él o ella una figura de autoridad cuando ésta no se basa en la cooperación y el respeto mutuo, sino que viene impuesta. Creo que esto llega a su debido tiempo, cuando las relaciones se han forjado sanamente y suponen un aprendizaje mutuo, a través de las vivencias compartidas.

Creo firmemente que ésta es una labor importante que como padres debemos desarrollar y velar por ella, para aligerar el peso de nuestros hijos e hijas, cualquiera que sea el orden de su llegada a este mundo, y permitir que se construyan relaciones basadas en el entendimiento, el cuidado y el respeto entre todos los miembros del clan, cada cual en la medida de su capacidad de entrega y recogida, cada cual reafirmado y cómodo en el lugar indispensable que ocupa.


Colo Villén