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viernes, 7 de agosto de 2015

Re-Concilia-acción

Voy a hablar de conciliación, aún sin contar nada nuevo, tengo la necesidad de expresar lo que siento. Estos últimos días he vuelto a debatir acerca del tema, conversaciones a golpe de móvil, intercambio de visiones, afianzar lazos e ideas. Me he vuelto a sentir comprendida y fuerte, he vuelto a sentir latir al león y a agradecer su rugido.

La conciliación, o mejor expresado la falta de ésta, es una de mis batallas abiertas, ya se sabe, no se puede estar en todo para no perder fuerza.  Y mí visión se ha ampliado con la llegada de mi segunda hija. Nuevas limitaciones ante viejas circunstancias. Vivir con los días acoplados al minuto.

No es una queja a modo personal, dispongo de un buen horario y comprensión en la empresa, sino el deseo de expresar que hay medidas que, a nivel general, deberían ser valoradas. La racionalización de horarios es algo que debería haberse implantado hace tiempo y ni siquiera existen propuestas políticas en nuestro país, donde la jornada partida continúa siendo la más extendida y la que ofrece peores resultados. Arhoe, lleva años luchando por ello de manera seria, si alguien está interesado les recomiendo consulta su web o contactar con ellos. Una jornada de ocho horas diarias dividida en dos tandas no puede ser compatible con el cuidado de los hijos, o de cualquier otra persona que requiera de atención. Si al menos uno de los progenitores goza de jornada intensiva, gran parte del problema estaría resuelto. Pero no todas las familias son iguales y las circunstancias pueden ponerse muy en contra según sea. Y aquí hablo sólo del cuidado básico, no vayamos a tener en cuenta la necesidad de estar junto a nuestros hijos y acompañarles mientras crecen.

Hablemos ahora de la falta de protección a la infancia. En este punto, a mi parecer, es donde se aprecia la mayor carencia de nuestra legislación y conciencia social. Se mantienen leyes y proponen iniciativas siempre en el mismo sentido: cuidar a los niños mientras sus padres cumplen la jornada. Guarderías, centros de estudio, escuelas de verano, públicas o privadas, ampliando horarios y ratios con el fin de asegurar a los padres un espacio “adecuado” donde se ocupen de sus hijos durante su ausencia.  “Adecuado” porque habilitado para menores no tiene necesariamente que ser sinónimo de adecuado. Para mí no hay nada más adecuado que un niño acompañado de sus padres, los dos o uno sólo, al menos. Ese es su lugar natural, ese es el lugar que deben ocupar unos y otros, estableciendo contacto, educando, aprendiendo, enseñando. Ese exactamente. Lo demás son apaños.

Que no se contemple esta necesidad me entristece y esa tristeza acaba transformada en frustración, porque desde hace años voy profundizando en el tema de la conciliación y he conocido historias realmente trágicas y he podido presenciar cómo se aparta la mirada ante este hecho. No existe una conciencia social de cuidado al menor, existe una conciencia de cuidado a los adultos. Eso sí. Y de paso si se cuida al menor, pues tanto mejor, pero no se plantea este hecho como la finalidad de la mayoría de las acciones que se llevan a cabo en nombre de la conciliación.

Se habla de conciliación y todo el mundo desea arrancar un pedacito de este derecho que siente que le están robando. Todos deseamos más tiempo para nosotros, el día nos parece corto y los minutos demasiado preciados. Pero tener hijos, o personas a tu cargo, es un plus. Un plus que se vive como una renuncia, no porque lo sea, que no lo es sino más bien una adaptación, pero socialmente se nos empuja a sentirlo así y lo tenemos asumido. La maternidad implica renuncia. Si tienes hijos pierdes libertad e identidad. Tu tiempo es para ellos. Podría sonar bonito, pero no lo es. Dispones del tiempo que tus obligaciones te dejan libre. Es decir, arréglatelas para hacerlo lo mejor que puedas.  Las madres (aunque emplee este término también me refiero al padre o tutor) no tenemos reconocido ningún derecho que acoja toda una serie de situaciones reales que se presentan en relación a nuestros hijos y esto, finalmente, repercute en nuestra vida profesional porque se deja en mano de la relación que cada trabajadora mantenga con la empresa. Es decir, favores. Y me refiero a imprevistos: niños enfermos, locura para “colocarlos” mientras trabajamos cuando claramente necesitan nuestros cuidados y presencia, salidas al pediatra, adaptación en escoletas y centros, etc. Por favor, que esta situación se normalice ya, ¿no creéis? Como primeros responsables del bienestar de nuestros hijos ¿no pensáis que debemos ser quiénes se hagan cargo de ellos cuando enferman?... pues no, siempre existirá una opción B y como nos acostumbramos a todo, se pasa página.

Con esto quiero plasmar la impotencia de ver cómo el tener menores a tu cargo supone asumir una postura de favoritismo en el ámbito laboral, de manera que a menudo se crean conflictos entre compañeros por el hecho de entenderse este punto como un privilegio por disponer de cierta flexibilidad (si es que la hubiera). El principal argumento empleado por quiénes no tienen hijos ni personas a su cargo es que también tienen asuntos que atender. Es comprensible. Pero este argumento no excluye a las personas con hijos. Al margen de los hijos también se tiene otros asuntos que atender, y otras inquietudes y otras necesidades. Y tampoco se dispone de tiempo para ello. Porque el tiempo que esa madre (o padre, repito) se ausenta de su puesto de trabajo no es para su propio cuidado o beneficio. Atender a un hijo en la enfermedad o llevarlo al pediatra es un derecho que todo menor debería tener reconocido. Si continuamos alimentando estos argumentos jamás se romperá esta cadena de favor y deuda hacia compañeros y superiores. Pero parece ser que tragar con ello también viene en el pack de madre trabajadora.

Las pocas medidas de las que podemos disfrutar para el cuidado de nuestros hijos se reducen a los permisos por maternidad y paternidad, escasos ambos. Cualquiera que haya estado en contacto estrecho con un bebé sabrá que con 16 semanas no está preparado para estar separado de sus padres. Ni la madre tampoco lo está (pero este tema da para otro texto propio).  Cualquier argumento que deseen vendernos y queramos aceptar se desploma ante el instinto y el sentido común.  El permiso de lactancia me parece poco más que una excusa para poder alargar un poco más maternidad y así aproximarse, al menos, al mínimo que sugiere la OMS en cuanto a lactancia materna exclusiva (6 meses) que además debería ser a demanda. Poder compaginar lactancia materna y trabajo es posible pero puede resultar una odisea si decide tomar la hora diaria que nos corresponde hasta que el bebé cumpla 9 meses. Muchas mujeres abandonan la lactancia en este punto por falta de medios y apoyo. La reducción de jornada por cuidado de hijos, sería una buena opción sino supusiera en la realidad un motivo de discriminación laboral. Al igual que las excedencias. Vamos, que si no trabajas para el Estado es bastante probable que tu situación laboral varíe, y mucho.

Hay muchísimo por hacer, cierto. Pero hay aún mucho más por entender. Y ahí es donde me vuelco. Deseo colaborar en construir una sociedad más sensible a estas necesidades, ciudadanos que empaticen con los menores (y sus padres), que crean en fortalecer las relaciones desde los cimientos. Nos pasamos media vida tratando de solucionar lo que estropeamos en la otra media. Me conformaría con que comenzásemos a verlo. La maternidad no debería llevar implícita una renuncia, porque es una oportunidad para el presente y para el futuro. Y la tenemos ahí, día a día, a nuestro alcance.





domingo, 18 de enero de 2015

Criar en manada

Sé que no desvelaré un secreto al afirmar que vivimos a un ritmo desfasado con las necesidades infantiles. Que nos regimos por unos horarios e imposiciones difíciles para la conciliación familiar, no hablemos ya de la personal. Y que se nos va minando con una serie de prioridades que poco o nada se aproximan a las de los niños y la maternidad.

El puerperio, sin más, es una etapa desértica carente del espacio que precisa para convertirse en abundancia. Que para mí no es otra cosa, sino la total abundancia, la entrega absoluta: alimento, calor, emociones, aromas, fluidos, caricias, arrullos, canciones y carnes. Un continuo brotar de la mujer a la que se la obliga a hacerlo hacia adentro... y eso es imposible, no se puede brotar hacia adentro. Hacia adentro se rellena y una mujer puérpera, de las que se despellejan sin reservas, rebosa enseguida. Pero ya no puede hacerlo con la alegría del brotar sino con la angustia de la incomprensión, del no reconocimiento, del no espacio para ser abundante.

Y esto sí es invisible. Y si no lo es para algunas personas, es fácil continuar ignorándolo. O peor aún, banalizándolo.

Y todo repercute.

Embarazos desconectados del propio cuerpo y del cuerpo del hijo. Partos con violencia enmascarada. Puerperios secos. Y una crianza no presencial. Y al decir no presencial no sólo me refiero a la falta de medidas que faciliten la conciliación sino también a la presencia contenedora. ¿Qué esperamos obtener? Demasiado bien nos va todavía, francamente.

Cuando vas tomando determinadas decisiones en cuanto a la crianza de tus hijas y palpas que con algunas, muchas, la mayor parte, te estás saliendo de lo habitual, al principio no sientes vértigo. Y no lo siento, porque algo más fuerte hace de motor para que no me frene en seco y regrese de una vez al camino. Pero salirte tiene un coste y es transitar ese sendero que has abierto una y otra vez.

Pronto asumes que una hija trae consigo el estrechar muchos lazos. Y que ya no es tan sencillo como afirmar que no esperas comprensión sino respeto. Porque cada gesto es una nueva oportunidad para tensar o destensar dichos lazos.

Es necesaria la ayuda de una manada. Claro está. Pero las manadas, en sentido figurado, no se eligen. Y esta falta de capacidad para aceptar e integrar formas menos habituales de maternar, trae consigo el desconcierto, la sensación de soledad, intranquilidad y falta de confianza por todas partes. Esta inestabilidad se traduce en ataques y defensas que podrían acabar desembocando en aceptación y colaboración mutua, si finalmente se rigen con entendimiento y constancia. Pero no siempre sucede así.

La manada está ahí. Y es la que es. Y tú eres la que eres, con todo lo tuyo que, desde luego, no es poco. Otra cosa es que la vida te permita reconocerte en otras mujeres, hombres y vivencias estableciendo una valiosa relación de comadreo. Pero esto no cambiará que seamos quiénes somos y de dónde procedemos. Con lo dado y con lo cargado a hombros.

Me siento afortunada en muchos aspectos y esto no deja de ser una reflexión a partir del desconcierto que a veces siento al sucederse las cosas demasiado deprisa como para reubicarme. Y debo dedicar largas horas a lamerme las heridas.

Cuando sólo era yo tenía mi lugar bien construido y mis distancias. Pudo haber resultado más sencillo, pero ya había llegado. Punto.

Cuando fuimos él y yo, se creó un círculo sólo nuestro, porque ya se sabe que en temas de pareja mejor no meterse... y así flotamos juntos muchos años. Solos con nuestras mareas y calmas.

Pero llegan las niñas, y esa burbuja íntima se rompe al mundo, irrumpiendo bruscamente en ella una multitud. Y se olvida que ahí dentro estamos desnudos, que es un momento de crecimiento personal y que somos seres entregados a asentar las bases de nuestra nueva estructura familiar. Que no deja de ser un espacio ajeno y privado y, por tanto, dentro de él, me defenderé si me siento atacada o invadida. Y aseguro que no es difícil sentirse de este modo al despertar a la maternidad, tantas veces como te ofrezcas a ella.

Criar en manada es esencial y maravilloso. Pero para ello primero hay que integrar el grupo porque no se puede construir una vida hacia afuera y pretender de golpe regresar al centro, para permanecer en él. Primero habrá que resituarse y valorar la nueva piel, y con ella, la capacidad que tenemos para ser como somos y aceptar al resto tal como son en el nuevo rol que cada uno desempeña.

Y en el fondo, sé que tejo mi único modo, tan independiente, porque no me siento con ánimo aún para remover mis propios cimientos y restablecer una relación verdaderamente sana. Y a la vez, me turbo, porque deseo que mis propios abismos no interfieran, haciéndome sentir en deuda con mis hijas por ello.

Sería cuánto más sencillo si no hubiéramos perdido tanto queriendo evolucionar a cualquier precio. Pudiendo disponer del tiempo y atención que nuestras cachorras requieren permitiéndonos crear relaciones sólidas alejadas de la presión, protegidas de las demandas que nos impone esta sociedad que elije vivir de espaldas.

Pero esa realidad no existe y el sentimiento de pertenecer a una manada es algo intrínseco y poderoso que debemos cuidar. De modo que confiemos en lo inamovible: el amor. Amor para preservarnos en conjunto, gratitud para honrarlo y voluntad para que así sea.






                                                             

lunes, 5 de enero de 2015

De Reyes, mentiras y niñas buenas

En esta época de buenos deseos y magia se me ha enquistado algo en alguna parte del cuerpo. No sabría precisar qué es ni dónde está. Pero me produce una angustia leve y continua. En especial cuándo trato con mi hija el tema de los regalos.

Se podría decir que ésta está siendo su primera Navidad vivida con absoluta consciencia de lo que sucede. Y por tanto, también la está disfrutando muchísimo. El brillo en sus ojos delata su impaciencia porque se suceda cada nuevo evento o reunión. Está siendo gozoso para nosotros también, que nos acabamos contagiando de su simpatía y felicidad. No es difícil agradecerle cosas a la vida junto a la risa de un niño. Y aún menos, si se trata de tus hijas.

Mi inquietud deviene en torno a los regalos. No tanto en cuanto a la amenaza/aprobación continua a la que se somete los niños en estas fecha con el rollo eterno de si han sido o no buenos, sino por la mentira que entraña la figura de Papá Noel o los Reyes Magos.

En relación al dilema que se le presenta con haber sido lo suficientemente buena como para recibir lo que desea. Trato de que entienda que ellos, los Reyes, no se olvidan de ningún niño/a y no tengo ningún reparo en explicarle que cuando un adulto le dice que si no se porta bien o no hace tal cosa los Reyes le traerán carbón, debe saber que eso es falso y que en realidad sólo desean que haga o deje de hacer lo que le están pidiendo. Todo esto adaptado a un lenguaje sencillo porque es algo que me interesa mucho que comprenda y ponga en práctica. Tengo claro que no se puede batallar contra esta corriente tan extendida, aunque no comprendo por qué se emplea en colegios, reuniones de amigos y familiares. Nunca falta el comentario y lo encuentro tan absurdo y fuera de lugar... ¡vamos a dejar ya a los niños tranquilos! ¡Dejemos que disfruten de este espectáculo que recreamos cada Navidad para ellos sin condiciones ni etiquetas!

Si os soy sincera, me entristece mentirle. Eso es lo que me ocurre. Encuentro tan inverosímil que un señor que viaja desde la otra punta del mundo en un trineo volador se cuele en casa para traer regalos, ni que decir de tres reyes cada uno con su camello, que me siento culpable por alimentar esta historia.

En nuestro día a día jugamos con la fantasía, cómo no hacerlo a los 4 años, inventamos aventuras increíbles, vemos vídeos que nos transporten y jugamos a ser diferentes personajes. Pero cuando me pregunta si existen las hadas, los vampiros o que si puede volar, por ejemplo, le explico que en la imaginación no hay límites y que con ella podemos hacer y llegar a donde deseemos. Pero que son ideas e ilusiones de nuestra mente. Fantasía.

¿Cómo puedo afirmarle que existe Papá Noel cuándo me lo pregunta directamente? Este año he cedido a la tradición. Hemos endulzado la idea de que unos seres extraordinarios irrumpen en nuestro hogar para traer regalos. Este año no he sido capaz de construir una verdad que sostenga tanta ilusión y magia como la gran mentira de los Reyes y Papá Noel. Pero me he sentido mal por ello. Siento que la traiciono cuando busca mi confirmación al contarle a quién le pregunte que ha podido ver a Papá Noel (por una representación en casa de unos familiares). Aunque sus ojos brillen de alegría, aunque haya sido algo especial para ella. El hecho de mentirle para que ella se sienta reafirmada me provoca un sentimiento agridulce. Al fin y al cabo, ella no miente. La tramposa soy yo.

Ya veremos cómo seguimos en los años que quedan por venir. Mientras tanto sigue portándote tal y como eres, escribe tu carta de deseos, cuéntale a quién quieras tu verdad.. y no olvides dejar hierba y agua para los camellos esta noche.



Ilusión de Belén hecho con chocolate. 
Museo del chocolate Galleros Artesanos. Rute.



jueves, 4 de septiembre de 2014

Los adultos

Querida hija:

A los mayores nos gusta mandar. Somos así, de alguna manera con el tiempo nos creemos tan válidos como para asumir que el único modo correcto de hacer las cosas es el nuestro y, más aún, que el momento adecuado es también el que nosotros consideremos.

Pero tú debes saber que eso no es así, que es una mentira. Que ni siquiera es cierto del todo cuando tratamos de enseñaros cosas o inculcar nuestros valores. Debes saber que siempre puedes reflexionar acerca de las directrices que recibas, preguntar por qué las veces que necesites para comprender qué se te pide y que, por supuesto, puedes negarte si lo deseas.

Esto último te lo digo bajito, porque a los adultos no nos gusta que vosotros, los niños, no obedezcáis. Entorpece nuestro ritmo antinatural, en el que vuestro espacio se reduce cada vez más y más. Por eso es importante que tomes conciencia rápido de que también debes tener cabida en él y que ese espacio tuyo debe ser respetado. Porque ¿sabes qué? a muchos adultos les reconforta decir que es importante fomentar la autonomía de los niños pero en la práctica se limitan a dar órdenes, marcando cómo, cuándo y qué hacer. Eso no es fomentar la autonomía, pero sois tan tiernos que permitís que se crean sus propias artimañas.

Hija mía, te cuento todo esto porque me doy cuenta de lo mucho que has crecido ya. Ahora no sólo se sigue ampliando tu círculo sino que compartes cada vez más momentos con quién tú eliges. Y me preocupa cómo se establecen dichas relaciones. Me preocupa que aceptes que es normal y válido que se dirijan a ti sólo con imperativos. Porque no lo es.

Tú puedes elegir. Puedes decidir dónde sentarte, por ejemplo. No tienes porqué acudir con tu mejor sonrisa cuando un adulto, por muy conocido que sea, te diga que vayas a sentarte dónde él o ella te indiquen. Puedes incluso decidir si deseas o no sentarte. No olvides preguntártelo antes de acceder. Y así con todo.

Cuando vayas practicando te será cada vez más sencillo, ya lo verás, irás tomando poco a poco más conciencia de estas situaciones y podrás reafirmarte. A muchos adultos no les gusta que les lleven la contraria y les va a sorprender tu actitud, pero no desistas hija, porque ahí radica tu fuerza y de tu reacción dependerá el tipo de relación que se establezca entre vosotros. Con suerte algo se renovará en ellos, aunque eso no es tu responsabilidad.

Tal vez crean, e incluso se atrevan a decirte, que eres una maleducada o una niña mala. Ni caso, mi amor, ya te he explicado que nos sienta fatal que cuestionéis nuestras órdenes. Eso no es así, como tampoco eres buena por el hecho de obedecer. Los mayores bendicen con su aprobación como si fuese un tesoro, no caigas en la trampa. Escucha, piensa y pregunta lo que no comprendas. Luego valora y actúa. A nadie le agrada, aun teniendo obligaciones, que le hablen con imperativos o que no le dejen decidir. Y tú no mereces menos consideración.

A veces, mi amor, te encontrarás rodeada de adultos y recibirás muchas órdenes a la vez y lo más absurdo es que varias de ellas serán contradictorias. Además notarás que la mayoría de los adultos se toman la libertad de opinar y dirigiros sin respeto hacia vosotras ni a los padres, de modo que si papá o yo estamos presentes, me gustaría que nos escucharas a nosotros. Somos tu guía y resguardo. A veces hemos tardado en reaccionar, perdónanos, también estamos aprendiendo a manejar estas situaciones. El mundo de los adultos es mucho más complejo, no hablamos con franqueza y por tanto no perdonamos de corazón y por eso casi nada es transparente entre nosotros aún pareciendo que lo sea. ¿Estamos locos, verdad? Sí, yo también lo creo.

Me gusta repetirte esto por las noches. Me gusta que te revuelvas de risa cuando te digo que no tienes porqué obedecer sin cuestionar la situación... y me entristece que ni siquiera hubieras contemplado esta opción. Lo siento. Desearía que tuvieras presentes mis palabras, porque aunque aún no lo comprendas, con ellas te regalo libertad.



B. y yo



domingo, 17 de agosto de 2014

Instinto gris

¿Qué es esto que siento? ¿Por qué al oír el llanto de mi hija tengo el impulso de tomarla en brazos, de susurrarle, de cubrirla de besos? Ah, ya sé, debe ser instinto.

¿Qué será esto que siento también? ¿Por qué me pongo alerta cuando alguien se aproxima demasiado, cuando invaden nuestro espacio, cuando toman la iniciativa de tocarla o la observan muy de cerca? Ah, ya sé, seguro que es instinto también.

¿Y qué ocurre cuando quién perturba esta aura de seguridad es también hija mía? ¿Qué sucede cuando das prioridad a una de las dos? ¿Qué puedo hacer si en ocasiones sus actos me incomodan hasta la agitación? ¿Qué puede ser?  Ah, ya sé, será cansancio... será falta de recursos… será…

Parece que duele aceptarlo, ¿verdad?, pero si miro en mi interior lo veo claro. Sí, también es instinto diría yo. Es algo visceral, puedo aplicarle razón pero eso no cambia lo que siento.  Y sentir esa especie de rechazo en momentos puntuales escuece. Mucho. Hasta la locura.

Se habla de instinto e imaginamos un tesoro, una guía sabia e impetuosa que nos empuja a ciegas al lugar oportuno mostrándonos las herramientas adecuadas para desenvolvernos ante cualquier situación.

¿Y qué hago con este sentimiento indeseado que me habita? ¿Cómo convencerme de que así debiera ser? ¿Qué lugar se supone que debo ofrecer a esta inquietud que no desea saltar por la ventana?

Me había preparado para el cansancio, para la falta de tiempo para una misma y para tratar adaptarme a las necesidades de las tres, cada una transitando momentos tan diferentes. Me había preparado incluso ante el recelo que pudiera presentar la mayor. Pero no contaba con esta batalla emocional que me desconcierta y fulmina, no había previsto la explosión a cada instante, la agresividad en ella ni el dolor. ¿Quién puede entrenarse para esto?

Me harían falta un par de manos más (al menos), un nuevo corazón (no dividido ni viciado) y la visión tranquila del que observa desde afuera, sin nada que perder ni ganar.

Pero toda adversidad tiene su luz y ahí nos aguarda el sol con una nueva oportunidad a la que llamamos día. Y comprendo que tengo por delante muchas horas para construir mi mundo, que poseo muchas miradas atentas y un pozo infinito de caricias y mimos por repartir. Asumo que soy un pilar importante en sus vidas. Y así se pinta la sonrisa en mi rostro y se me rizan de amor las pestañas. Y puedo recoger las disculpas que arrojamos anoche al suelo del dormitorio y dejarlas dobladas bajo la almohada (por si acaso).

Acepto estos sentimientos encontrados, este bullir en la sangre y este chirriar en el corazón. No nos desgarraremos, al fin y al cabo, cuentan que sólo es una etapa… A mí no me basta con eso, creo que en cada surco abierto caben mil sentimientos y, además, se cuelan los bichos. Yo deseo pintar mi realidad, por eso no me conformo, por eso tal vez sufro, me retuerzo, cojo impulso y me crezco.








jueves, 12 de junio de 2014

Amor maternal

Se me había olvidado el contacto continuo y placentero que supone criar a tu bebé. Sostenerla día y noche, con brazos y miradas, con esos lazos invisibles y fuertes que son también las emociones.

Se me había olvidado ese olor a vida, ese cuerpo frágil y cálido, la euforia y dicha absoluta de parir a una hija, cuando todo se resume a ese primer abrazo. Cuando todo, TODO, cobró sentido mágicamente por segunda vez en mi vida.

Se me había olvidado la textura del calostro, los pechos rebosantes a merced, el golpe de leche en los primeros agarres. La boca pequeña otorgando lecciones de supervivencia, mostrándole al mundo cuán sabios somos y qué poco nos valoramos en esencia. Maravilla por Naturaleza.

Se me había olvidado el amor con el que se alimenta mediante el cuerpo. Lo gozoso que resulta descubrirte de nuevo entre instintos, dejando hacer, a su vez, a esa criatura recién nacida también. ¡Y qué gran instinto tienes, hija mía! Cuánto estoy disfrutando y aprendiendo de ti, acerca de la confianza, de lo real, de la verdad.

Se me habían olvidado las posturas imposibles del inicio. El plantarte sentada en la cama casi de cualquier manera con esa criatura entre los brazos, asida a tu pecho. Ese instante en el que debes elegir entre correr el riesgo de despertarla o sacrificar tu espalda, tu cuello o vete a saber el nombre del músculo que te grita. Cediendo al cansancio, mañana será otro día y todo está bien.

Se me había olvidado la risita de cascabeles que armoniza el hogar, abstrayéndonos de lo cotidiano, para hacernos sonreír a los tres con sólo cruzar las miradas. Recordándonos, en ese amable gesto, la nueva situación familiar. Enseñándonos a leer en su risa la alegría de estar vivos, la simplicidad de las cosas y lo afortunados que somos al tenernos. 

Se me había olvidado eso de tender el reloj al sol, cómo se difuminan las horas, cómo se desdibuja el concepto estructurado que manejamos del tiempo, cuando te encuentras sumergida en tu pequeña cría. Cuando todo se vuelve presencia, presente, y los instantes en realidad no pasan, se viven. Cuando todo se reduce a miradas, contacto, cuerpo, intercambio, entrega, sostén.

Se me había olvidado como hierven las emociones, cuán intensas se muestran, cómo se van abriendo caminos para invitarte a transitarlos. Cómo de pronto te das cuenta de que vuelves a mudar la piel y se va acumulando una pila de ropa por ventilar o desechar (sí, tal vez mejor, que quizá convenga aprovechar la  determinación con la que una sabe discernir en estos momentos) en la butaca de la memoria o el baúl de los asuntos pendientes.

Se me había olvidado el amor tan inmenso que se siente hacia tu compañero, hacia el padre de ese ser maravilloso que concebisteis. Que es una parte de él y otra tuya, y sin embargo no nos pertenece a ninguno. Ese amor, que andaba escondido en algún rinconcito cogiendo impulso para este momento y ahora se viste de un blanco brillante. Y se torna miradas. Y susurros. Y caricias. Y deseo.

Y no son olvidos descuidados, por muy olvidadiza que una pudiera ser. Es que hay cosas que están hechas para ser vividas intensamente y no para recordadas.



J. y yo 

lunes, 17 de marzo de 2014

RESPETO

El respeto…

Tan sólo siete letras para un término tan grande, tan pesado y contundente. Tanto es así, que me cuesta abordar este texto.

Se habla del respeto en diversos ámbitos y siempre parece que se zanja categóricamente una cuestión al pronunciar esta palabra. Ella por sí misma impone, delimita, te hace frenar.

Últimamente recapacito a menudo acerca del respeto entre padres e hijos, del respeto en sí mismo y de lo que socialmente este concepto supone. Será que nuestra hija está creciendo y con ella nos vamos introduciendo en nuevos ciclos, en situaciones cada vez más complejas, con más gente sumada a medida que ella interactúa con su entorno: habla, escoge, se reconoce a sí misma y reacciona. Es maravilloso verla cómo se desenvuelve, tan espontánea, una delicia de frescura.

Para poder hablar del respeto, en realidad, deberíamos preguntarnos con mayor frecuencia qué significa para cada unx de nosotrxs, puesto que no es algo hermético y, desde luego, cada cual se hace un traje a medida en función de sus apreciaciones y lo que espera de los demás.

El respeto para mí debe contener una pizca de empatía y admiración hacia la otra persona, cuando aceptas al otro tal cómo se muestra, sin transgredir sus límites, sin tratar de coaccionar, aun pudiendo no compartir sus ideas o actitud.

Me sorprende que se asocie el infundir respeto a los hijos con la autoridad que como padres, supuestamente, debemos ejercer sobre ellos. La idea de que los hijxs deben respetarnos por el mero de hecho de ser sus progenitores no la encajo. Hay muchas maneras de hacernos respetar como padres y, como en tantos otros aspectos de las relaciones humanas, el respeto hay que ganárselo, no es algo que venga en los genes, sino que se acaba destilando al trabajar y cuidar las relaciones.

Cuando nos imponemos como padres entiendo que lo hacemos porque no nos gusta que nadie, ni siquiera nuestros hijxs, transgredan ciertos límites que para nosotros son importantes. Por ejemplo, no permito que mi hija me agreda o me insulte, ni aun jugando. Y así se lo hago saber, hablándole de manera clara y contundente, a su altura. No es un hecho de imposición al estilo, “soy tu madre y no me tratas así” que vendría a ser como hacerla sentir por debajo de mí simplemente por ser la hija, sino más bien transmitirle que no admito agresiones hacia mi persona ni mi espacio. De este modo, creo que ella también va entendiendo que sobre su cuerpo y su ser ella es la soberana y quién delimita los límites de cara a los demás. Y lo digo porque ya la he visto en alguna ocasión plantarse frente a alguien.

Me choca que se equipare el tratar autoritariamente a los hijxs, agrediendo verbalmente, amenazando, intimidando o golpeando, incluyendo la “bofetada a tiempo” (si es que existiera un tiempo oportuno para ello L), con ganar su respeto. Perdonadme, pero no creo que lo que se obtenga sea precisamente respeto, aunque en la práctica creamos que así es por el mero hecho de que acaban reaccionando como nosotrxs deseamos. Creo, más bien, que aprenden de las consecuencias y, con los años, cada vez nos será más difícil moldear las situaciones, si es que queda algo por moldear ya, puesto que ellos mismos podrán discernir no sólo acerca de lo que ocurre en el presente sino de todo lo ocurrido en el pasado.

Habrá quiénes repitan las conductas como un mecanismo aprendido, pero habrá quiénes entiendan claramente que en esos momentos determinados quiénes en realidad nos estaban faltando al respeto eran nuestros padres, en su propia incapacidad de marcar límites de otro modo, bien por deseo o creencias, bien por falta de templanza. Para mí, cuando un padre, madre o cualquier otro adulto levanta la mano a su hijx o le agrede verbal o psicológicamente, más aún cuando ni siquiera se trata de sus hijxs que también ocurre, ese hecho en sí mismo ya es una derrota del adulto y como tal, debería permitirse unos instantes para recapacitar acerca de lo sucedido.

Emplear la violencia no nos hará más respetables, ni como padres ni como personas, no podrá enriquecer ningún tipo de relación que deseemos mimar. Me pregunto cómo es que vemos esto claramente al interactuar en nuestro entorno laboral o entre nuestras amistades y porqué entonces se acepta en el ámbito familiar, perpetuando la relación jerárquica. Debemos educar a nuestros hijxs, claro está, somos su guía y su principal modelo de referencia, de modo quenada podrá aportarles más que lo que nosotros hagamos y cómo nos desenvolvamos, porque durante muchos años entenderán que lo que viven en su día a día es lo normal. Pero no será así siempre y podremos ver como ese respeto, del que tanto nos vanagloriamos, se tambalea o hace añicos, aunque aparentemente no deseen, o no sean capaces, de hacérnoslo saber con palabras.

El respeto es algo hermoso, pero deber ser mutuo. Si deseamos ser respetados como padres debemos respetar a nuestrxs hijxs, es bidireccional. Así es como entiendo que esas siete letras toman todo su esplendor, como las siete notas musicales o los siete colores del arcoíris. Todo en su justa proporción. Todo en armonía.




  

domingo, 7 de julio de 2013

El castigo

Empezaré diciendo que no creo en los castigos.

El castigo como medio de penalizar cierta conducta con el fin de que ésta no se repita de nuevo, lo encuentro fuera de lugar. Tampoco creo en el castigo físico, desde luego.

Entiendo que esta afirmación crea controversia entre los padres, es difícil explicar los motivos por los que considero estos métodos obsoletos y poco respetuosos y tampoco es fácil comprenderlos y aceptarlos sin realizar una propia revisión de lo que hemos vivido y somos. No siempre resulta cómodo mirar atrás y aceptar que no todo lo recibido, aún con amor, es lo más acertado.

En casa no castigamos, mucha gente me pregunta que entonces qué hacemos cuando nuestra hija hace algo que no está “bien”. Bueno, improvisamos desde la escucha. ¿Qué improvisamos con la crianza de nuestra hija? Sí, así es, tratamos de hacerle entender lo que su acto supone y mostrarle las consecuencias de él. Siempre será mejor que la imposición de la fuerza o sembrar el miedo.  ¿Es un método nuevo? No, es sencillamente, lo que haríamos con cualquier otra persona que no fuera una niña pero empleando argumentos sencillos, porque sí es una niña.

Pero fuera de casa la cosa cambia… Y nuestra Cerecita se enfrenta al mundo de premios y castigos. Cuando sus “buenas conductas”, y las de sus compañeros, son reconocidas y sus “malas acciones” amonestadas. En ese mundo escolar, es donde ella ha conocido el famoso Rincón de pensar.

Una vez su profesora nos comentó que había mordido a un niño. Parece que fue un hecho puntual sin mayor transcendencia y que ella se encuentra integrada y respetuosa con sus compañeros. Quedé un poco desconcertada y en alerta por lo ocurrido pero sin hacer dramas. Sin embargo, hace unos días jugando en casa, me mordió a mí. No era una situación de enfado, estábamos jugando, pero el mordisco no fue parte del juego, creo que se puso nerviosa. Grité porque no lo esperaba (y porque me hizo daño) y ella se echó a llorar porque leyó en mi reacción que me había lastimado. Le expliqué que me había dolido, que no esperaba ese ataque y que ahora no me apetecía continuar jugando (no a modo de escarmiento sino porque verdaderamente no deseaba reanudar el juego).

Se disculpó espontáneamente y a continuación, volviendo a llorar, me pidió que no se lo contase a su profesora, que le iba a regañar y mandarla al rincón de pensar. Le expliqué que no tenía de qué preocuparse, que en nuestra casa no existen los rincones, que no es “mala” por haberme mordido, que nadie iba a castigarla por ello, que lo importante es que supiera que me había lastimado. Sin embargo, ella repetía entre lágrimas que no se lo dijera y la angustia que mostraba en su petición, me sorprendió y sobrecogió por igual.

Mi lectura es la siguiente: el castigo en sí es traumático y poco efectivo. No ha logrado (de momento) que evite el morder y, en cambio, ha sembrado el temor a la regañina y al dichoso rincón. Ella no ha comprendido en absoluto las consecuencias de su acto ni para sí misma ni para aquel al que agrede, tan sólo asocia su acción al temido castigo. ¿Podemos considerar el método como adecuado?... yo lo veo claro…

Tras calmarla y acunarla, me quedé revuelta esa tarde. Y me puse a pensar en las cosas que de niña evitaba hacer temiendo la reprimenda y no tanto por el hecho en sí. Y en cómo se prioriza el equilibrio del mundo adulto frente a la comprensión infantil, parece que es preferible que los niños no repitan según que conductas por temor a que se hagan responsables de sus actos. Qué más da que se logre a través del miedo y la imposición, lo importante es que no lo hagan más… ¿debería valernos?... a mí no.

               


Ilustración de Quino