¿Qué es esto
que siento? ¿Por qué al oír el llanto de mi hija tengo el impulso de tomarla en
brazos, de susurrarle, de cubrirla de besos? Ah, ya sé, debe ser instinto.
¿Qué será
esto que siento también? ¿Por qué me pongo alerta cuando alguien se aproxima
demasiado, cuando invaden nuestro espacio, cuando toman la iniciativa de
tocarla o la observan muy de cerca? Ah, ya sé, seguro que es instinto también.
¿Y qué ocurre
cuando quién perturba esta aura de seguridad es también hija mía? ¿Qué sucede
cuando das prioridad a una de las dos? ¿Qué puedo hacer si en ocasiones sus actos
me incomodan hasta la agitación? ¿Qué puede ser? Ah, ya sé, será cansancio... será falta de
recursos… será…
Parece que
duele aceptarlo, ¿verdad?, pero si miro en mi interior lo veo claro. Sí,
también es instinto diría yo. Es algo visceral, puedo aplicarle razón pero eso
no cambia lo que siento. Y sentir esa
especie de rechazo en momentos puntuales escuece. Mucho. Hasta la locura.
Se habla de instinto e imaginamos un tesoro, una guía sabia e
impetuosa que nos empuja a ciegas al lugar oportuno mostrándonos las
herramientas adecuadas para desenvolvernos ante cualquier situación.
¿Y qué hago con este
sentimiento indeseado que me habita? ¿Cómo convencerme de que así debiera ser?
¿Qué lugar se supone que debo ofrecer a esta inquietud que no desea saltar por
la ventana?
Me había preparado para el
cansancio, para la falta de tiempo para una misma y para tratar adaptarme a las
necesidades de las tres, cada una transitando momentos tan diferentes. Me había
preparado incluso ante el recelo que pudiera presentar la mayor. Pero no
contaba con esta batalla emocional que me desconcierta y fulmina, no había
previsto la explosión a cada instante, la agresividad en ella ni el dolor.
¿Quién puede entrenarse para esto?
Me harían falta un par de manos
más (al menos), un nuevo corazón (no dividido ni viciado) y la visión tranquila
del que observa desde afuera, sin nada que perder ni ganar.
Pero toda adversidad tiene su
luz y ahí nos aguarda el sol con una nueva oportunidad a la que llamamos día. Y
comprendo que tengo por delante muchas horas para construir mi mundo, que poseo
muchas miradas atentas y un pozo infinito de caricias y mimos por repartir. Asumo que
soy un pilar importante en sus vidas. Y así se pinta la sonrisa en mi rostro y
se me rizan de amor las pestañas. Y puedo recoger las disculpas que arrojamos anoche al suelo del dormitorio y dejarlas dobladas bajo la almohada (por si
acaso).
Acepto estos sentimientos
encontrados, este bullir en la sangre y este chirriar en el corazón. No nos
desgarraremos, al fin y al cabo, cuentan que sólo es una etapa… A mí no me basta con eso, creo que en cada surco abierto caben
mil sentimientos y, además, se cuelan los bichos. Yo deseo pintar mi realidad, por
eso no me conformo, por eso tal vez sufro, me retuerzo, cojo impulso y me
crezco.





