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domingo, 17 de agosto de 2014

Instinto gris

¿Qué es esto que siento? ¿Por qué al oír el llanto de mi hija tengo el impulso de tomarla en brazos, de susurrarle, de cubrirla de besos? Ah, ya sé, debe ser instinto.

¿Qué será esto que siento también? ¿Por qué me pongo alerta cuando alguien se aproxima demasiado, cuando invaden nuestro espacio, cuando toman la iniciativa de tocarla o la observan muy de cerca? Ah, ya sé, seguro que es instinto también.

¿Y qué ocurre cuando quién perturba esta aura de seguridad es también hija mía? ¿Qué sucede cuando das prioridad a una de las dos? ¿Qué puedo hacer si en ocasiones sus actos me incomodan hasta la agitación? ¿Qué puede ser?  Ah, ya sé, será cansancio... será falta de recursos… será…

Parece que duele aceptarlo, ¿verdad?, pero si miro en mi interior lo veo claro. Sí, también es instinto diría yo. Es algo visceral, puedo aplicarle razón pero eso no cambia lo que siento.  Y sentir esa especie de rechazo en momentos puntuales escuece. Mucho. Hasta la locura.

Se habla de instinto e imaginamos un tesoro, una guía sabia e impetuosa que nos empuja a ciegas al lugar oportuno mostrándonos las herramientas adecuadas para desenvolvernos ante cualquier situación.

¿Y qué hago con este sentimiento indeseado que me habita? ¿Cómo convencerme de que así debiera ser? ¿Qué lugar se supone que debo ofrecer a esta inquietud que no desea saltar por la ventana?

Me había preparado para el cansancio, para la falta de tiempo para una misma y para tratar adaptarme a las necesidades de las tres, cada una transitando momentos tan diferentes. Me había preparado incluso ante el recelo que pudiera presentar la mayor. Pero no contaba con esta batalla emocional que me desconcierta y fulmina, no había previsto la explosión a cada instante, la agresividad en ella ni el dolor. ¿Quién puede entrenarse para esto?

Me harían falta un par de manos más (al menos), un nuevo corazón (no dividido ni viciado) y la visión tranquila del que observa desde afuera, sin nada que perder ni ganar.

Pero toda adversidad tiene su luz y ahí nos aguarda el sol con una nueva oportunidad a la que llamamos día. Y comprendo que tengo por delante muchas horas para construir mi mundo, que poseo muchas miradas atentas y un pozo infinito de caricias y mimos por repartir. Asumo que soy un pilar importante en sus vidas. Y así se pinta la sonrisa en mi rostro y se me rizan de amor las pestañas. Y puedo recoger las disculpas que arrojamos anoche al suelo del dormitorio y dejarlas dobladas bajo la almohada (por si acaso).

Acepto estos sentimientos encontrados, este bullir en la sangre y este chirriar en el corazón. No nos desgarraremos, al fin y al cabo, cuentan que sólo es una etapa… A mí no me basta con eso, creo que en cada surco abierto caben mil sentimientos y, además, se cuelan los bichos. Yo deseo pintar mi realidad, por eso no me conformo, por eso tal vez sufro, me retuerzo, cojo impulso y me crezco.








domingo, 18 de agosto de 2013

¿Somos Comunidad?

Hoy, tras retorcerme y frotar mis ojos en la madriguera, asomo de nuevo para revindicar algo en lo que creo. Me armo del valor del que me fui desprendiendo días atrás y lo hago, ante todo, porque me debo a mí misma la sinceridad con la que deseo obrar, especialmente entre mis círculos más preciados.

Hoy necesito desatar un nudo y siento que, en cierto modo, le debo estas palabras a la Red.

Cuando tejo en la Red, (femenina, maternal y masculina y paternal cada vez más), lo hago porque deseo aportar mi visión y mi sentir y porque de este modo me nutro del saber y las experiencias de otras mujeres que, a su vez, se vuelcan y tejen. Y siento que así, poco a poco, vamos sembrando y recogiendo por igual y los frutos obtenidos quedan visibles para todo aquel que desee acercarse y participar o no activamente. Propiciando de este modo una hermosa ReEvolución emocional, femenina y maternal.

Tal vez me embriagué de este aroma a unión y comunidad y no supe, o quise, ver el juego de ídolos y seguidores que también conlleva; y cuando me fui percatando del trasfondo, lo empujé hacia dentro, expectante y con cierto recelo. Admiro y adoro a muchas mujeres que tejen con todo su corazón, y admiro a algunas otras que logran abrirse un hueco profesional gracias a su vocación y sus recursos, pero no me siento cómoda cuando se rompe la comunicación horizontal o circular. Y no es la primera vez que lo comento. (Mi espinita con la materidad consciente, Miradas de mujer y en múltiples comentarios en redes sociales)

Si admiro y amo, lo hago con sinceridad. No soy una fan, no soy una individua para moldear, no soy parte de ningún rebaño y me entristece que me intenten vender bajo el título de crianza respetuosa, feminidad consciente o empoderamiento, conceptos o productos que a mi juicio rozan la ética, por muy lícito que sea. No siembro para sentirme parte de una manada perdida que se traduce en asentir a quién dirige, o cree que dirige, el grupo. No comulgo con las condecoraciones y no me considero una consumidora de crianza y me cuido, o eso intento, de no consumir ego.

¿Qué está pasando? Sé que no soy la única que se siente de este modo. ¿Dónde quedó la camaradería, el aprender de la que llega la última, de la que empieza, el mimar por completo a la comunidad? El construir por creer en alguna causa sin esperar un reconocimiento por ello, sin pretender evangelizar ni instruir, sin sentir que se posee la Verdad. No concibo el cambio sin aceptar la diversidad.

Una de las cosas que más extraño es el poder dedicarle más tiempo a la blogosfera en profundad, y digo a la blogosfera porque por la inmediatez que ofrecen, al final accedo a otras redes sociales que finalmente también nos conectan. Rasco segundos para visitar otros espacios que antes frecuentaba y casi nunca comento ya. Añoro leer y disfrutar con blogs desconocidos hasta el momento para comprobar así que la revolución maternal no se frena sino que se alimenta y crece con cada nueva mujer que se redescubre y cada nueva madre que atiende a sus instintos, soltando escamas, despeinando lo establecido. Me estremece el sentirme cerca de otra persona sencillamente por ser humanos.

Sigo tejiendo y lo hago porque gozo con ello. Me disculpo también si alguna vez alguien sintió que la relación no fue horizontal por mi parte. Desearía recobrar la tranquilidad y ligereza con la que antes bailaba en el gran círculo, donde todas somos discípulas y maestras por igual, independientemente del alcance de cada una, y perder un segundo junto a otra persona es en realidad ganarlo. Sé que para ello debo limpiar mis ojos, aligerar mi carga emocional y reubicar algunos conceptos.

No me gustan las polémicas pero tampoco sería honesta si no expresase mis sensaciones. Esto también forma parte de crecer y decidir… ¿por qué iba a ser diferente en la Red?

Feliz por mantener la puertas abiertas en mi círculo

Feliz por mirar en línea recta

Feliz por ser consecuente

Y liviana…




domingo, 7 de julio de 2013

El castigo

Empezaré diciendo que no creo en los castigos.

El castigo como medio de penalizar cierta conducta con el fin de que ésta no se repita de nuevo, lo encuentro fuera de lugar. Tampoco creo en el castigo físico, desde luego.

Entiendo que esta afirmación crea controversia entre los padres, es difícil explicar los motivos por los que considero estos métodos obsoletos y poco respetuosos y tampoco es fácil comprenderlos y aceptarlos sin realizar una propia revisión de lo que hemos vivido y somos. No siempre resulta cómodo mirar atrás y aceptar que no todo lo recibido, aún con amor, es lo más acertado.

En casa no castigamos, mucha gente me pregunta que entonces qué hacemos cuando nuestra hija hace algo que no está “bien”. Bueno, improvisamos desde la escucha. ¿Qué improvisamos con la crianza de nuestra hija? Sí, así es, tratamos de hacerle entender lo que su acto supone y mostrarle las consecuencias de él. Siempre será mejor que la imposición de la fuerza o sembrar el miedo.  ¿Es un método nuevo? No, es sencillamente, lo que haríamos con cualquier otra persona que no fuera una niña pero empleando argumentos sencillos, porque sí es una niña.

Pero fuera de casa la cosa cambia… Y nuestra Cerecita se enfrenta al mundo de premios y castigos. Cuando sus “buenas conductas”, y las de sus compañeros, son reconocidas y sus “malas acciones” amonestadas. En ese mundo escolar, es donde ella ha conocido el famoso Rincón de pensar.

Una vez su profesora nos comentó que había mordido a un niño. Parece que fue un hecho puntual sin mayor transcendencia y que ella se encuentra integrada y respetuosa con sus compañeros. Quedé un poco desconcertada y en alerta por lo ocurrido pero sin hacer dramas. Sin embargo, hace unos días jugando en casa, me mordió a mí. No era una situación de enfado, estábamos jugando, pero el mordisco no fue parte del juego, creo que se puso nerviosa. Grité porque no lo esperaba (y porque me hizo daño) y ella se echó a llorar porque leyó en mi reacción que me había lastimado. Le expliqué que me había dolido, que no esperaba ese ataque y que ahora no me apetecía continuar jugando (no a modo de escarmiento sino porque verdaderamente no deseaba reanudar el juego).

Se disculpó espontáneamente y a continuación, volviendo a llorar, me pidió que no se lo contase a su profesora, que le iba a regañar y mandarla al rincón de pensar. Le expliqué que no tenía de qué preocuparse, que en nuestra casa no existen los rincones, que no es “mala” por haberme mordido, que nadie iba a castigarla por ello, que lo importante es que supiera que me había lastimado. Sin embargo, ella repetía entre lágrimas que no se lo dijera y la angustia que mostraba en su petición, me sorprendió y sobrecogió por igual.

Mi lectura es la siguiente: el castigo en sí es traumático y poco efectivo. No ha logrado (de momento) que evite el morder y, en cambio, ha sembrado el temor a la regañina y al dichoso rincón. Ella no ha comprendido en absoluto las consecuencias de su acto ni para sí misma ni para aquel al que agrede, tan sólo asocia su acción al temido castigo. ¿Podemos considerar el método como adecuado?... yo lo veo claro…

Tras calmarla y acunarla, me quedé revuelta esa tarde. Y me puse a pensar en las cosas que de niña evitaba hacer temiendo la reprimenda y no tanto por el hecho en sí. Y en cómo se prioriza el equilibrio del mundo adulto frente a la comprensión infantil, parece que es preferible que los niños no repitan según que conductas por temor a que se hagan responsables de sus actos. Qué más da que se logre a través del miedo y la imposición, lo importante es que no lo hagan más… ¿debería valernos?... a mí no.

               


Ilustración de Quino

miércoles, 6 de junio de 2012

Ordenando emociones


Últimamente ando descifrando mensajes, mi mente ha decidido que debe encontrar un lugar para cada cosa. Ordenar sensaciones, encaminar energías. Reestructurarme otra vez. Quizá esté colocando la estantería de mi interior para despedirme de este estado con la casa bien barrida y las cortinas limpias.

Mientras, aguardo.

Sigue habiendo lagunas, pequeñas o grandes piedras que no sé dónde ubicar o que prefiero rodear. Reflexionar sobre una misma no siempre resulta fácil ni agradable. Aceptar la totalidad de nuestros sentimientos y expresiones es una tarea valiente cuando una se propone ser consecuente, no sólo con el presente ni como actitud hacia el futuro, sino como responsable última de esas mismas piedras, como dueña de su vida.

Sin embargo, es extraño cómo se encajan situaciones o vivencias que de algún modo quedan a merced de otras personas. Cuando comprendes, ya con cierta perspectiva, que las acciones y decisiones, o la falta de ellas, de aquellos que te rodean hacen mella en ti. Sobre todo cuando aún somos dependientes, no sólo física sino emocionalmente también. Visto así, la dependencia emocional podría ir pasando de un ser a otro sin ni siquiera percatarnos demasiado… y en cualquier caso también podría considerarse esto una señal… o no?... ya dije que estoy descifrando.

A menudo nos preocupamos por cómo afectaran ciertas situaciones o conductas en nuestros hijos. Tratamos de evitar, suavizar o canalizar aquello que consideramos fuera de lugar, aunque suponga una tarea agotadora e insalvable a veces. Pero no tiramos la toalla, porque confiamos firmemente en lo que sentimos y hacemos. Expresamos aquello en lo que creemos, lo que nos hace latir, lo que nos hace bracear contracorriente o mantenernos a flote, sonreír al sol con la cara lavada. Y en medio de esta actitud de expansión en lo que siento y creo, me cuestiono si no estaré a la vez hiriendo, si no estoy siendo demasiado brusca, demasiado drástica a veces, si no seré cómplice de abrir alguna herida antes de tiempo…

Cuando he tenido ante mí la certeza, o al menos eso creo ahora y quién sabe si algo cambiará en mí en un futuro, del porqué de esas lagunas agridulces, ha resultado liberador, pero también terriblemente desolador, a partes iguales. El puerperio te abre en canal a esas vivencias que no podías, ni debías tal vez, acallar o enmascarar por más tiempo. Quizá me hubieran alcanzado en otro instante, pero años de trabajo concienzudo de comprensión y aceptación no consiguieron convertirse antes en una buena cataplasma para el alma. Tal vez no di con la tecla, no tenía lo suficiente abierta la mente o, sencillamente, no podía asumirlo sin desviar la mirada.

Cuando cae una venda de tamañas dimensiones, entendida como una brecha no siempre proporcional a su causa objetiva, encuentro importante encontrarnos en un estado de madurez capaz de sostenernos. Lo extraño y revelador es que una no llega a una conclusión diferente a lo que ya supo entonces. Tan sólo cambia la forma de ponerle nombre y, generalmente, con la infancia una tiene menos tapujos en decir las cosas como son, aunque se haga sólo hacia dentro. El sentimiento no miente, no se esconde. Son nuestras palabras o acciones las que nos camuflan para integrarnos o adaptarnos si lo creemos oportuno.

Por eso pienso, por ejemplo, en los momentos en los que expreso claramente lo en contra que estoy de determinadas prácticas en la crianza, prácticas que considero perjudiciales para los niños. Como por ejemplo, el método Estivill para educar (adiestrar) a los niños a dormir solos cuando ellos no lo sienten así, ni lo aceptan. O cualquier otro método basado en el conductismo. No creo en el conductismo en ninguna de sus variantes y lo digo con pleno conocimiento. Creo que anula, que esconde los verdaderos deseos o necesidades. Lo detesto. En cambio sí creo que la repetición natural y espontánea de conductas que nos agradan es un buen camino de aprendizaje y ayuda a establecer las propias rutinas.

Y aquí es cuando pienso en cómo un menor que está abriéndose a su propio universo, en sus primeros pasos en el nuevo horizonte que es la adolescencia, buscando preguntas y respuestas, con la capacidad de escoger entre los contenidos libres que flotan a su alcance, puede encajar argumentos tales como que los cuidados recibidos por sus padres reflejan egoísmo, falta de respeto, desatención, abandono… Qué duro… ¿Marcarán estas afirmaciones la percepción de sí mismo y de su realidad, así como consideramos que lo hace el emplear calificativos ante conductas de la infancia? tales como ser “bueno” “malo” “obediente” “inteligente” “torpe” “tímido” “espabilado” “gracioso” “guapo” “feo” y así hasta el infinito…

Aunque supiera lo que hay de fondo en muchas de las cosas que he ido afrontando no sé si hubiera estado preparada, en determinados momentos, para una verdad tan de frente como entender la falta de empatía, de recursos o el abandono emocional por parte de aquellos a quien más se ama… ¿podrías tú?






sábado, 17 de marzo de 2012

I Jornada de Crianza en Red... desde la distancia


Hoy se celebra la I Jornada de crianza en Red y aunque no he podido asistir, me siento emocionada por ello. Para mí es un día para sentirse arropada. Día de encuentros y reencuentros, de conexión y fuerza sostenedora, de calor, confianza y cariño acunado a golpe de teclado. Hoy las hermosas flores de mi vida tejida en la distancia se miran a los ojos y para mí supone un momento tan íntimo y especial como si estuviera ahí mismo, por eso saludo a la mañana temprano igual que ellas y me refugio en el rincón de mi alma que les he cedido para escribir estas líneas que nos acercan.

Sé que será emotivo. Y valdrá la pena dejarse envolver por remolinos que traigan y se lleven sensaciones, recuerdos y vivencias, rendirse a esa oportunidad para abrir la mente y el corazón a nuevas experiencias y percepciones. A veces he dudado de cómo manejaría la intensidad de encontrarme allí, presente en ese grupo de mujeres -y algún hombre también-  cuando los gestos  y la voz cobran vida. Solo sé que lo deseo y que trato de viajar con mi mente para abrirme un hueco entre sus brazos porque estoy convencida de que las horas compartidas se transforman en un colchón capaz de amortiguar cualquier impacto, un colchón para tenderse en él y permanecer en silencio si así se desea, porque en realidad, nuestras almas ya se conocen y pueden continuar hablando solas mientras nuestros cuerpos se sienten.

Pero no me encuentro allí, por eso me permito visualizaros desde mi corazón, a mi antojo, porque así puedo imaginarme con todas vosotras, mujeres hermosas, en estos instantes. Formando un círculo vibrante y colorido, con nuestras manos, brazos, ropas o cabellos entrelazados, un círculo fuerte y real, que nos acaricia haciéndonos sentir parte de un todo, pequeñas luces imprescindibles todas y cada una, únicas e irrepetibles. Esta es la fuerza de los pensamientos y sé que de algún modo la energía enorme de amor y crianza que irradiaréis me baña, me visita a mi hogar donde la acojo como a un niño, en realidad, como al niño que es y que entre todas cuidamos para que crezca sostenido y feliz.

Sé que mi tristeza al no poder acudir debe ser bienvenida, es un signo más del gran aprecio y respeto que siento por vosotras y por lo que hacemos. Pero a la vez os necesito, porque sé que esta tristeza sólo es comprendida en su esplendor por vosotras, dado que en mi entorno cuesta creer que esto existe, que es real. Con vosotras sé que no funcionan los secretos, solo los silencios respetados, por eso me recojo sobre mí misma para llegar hasta allá de algún modo y acompañarnos. A veces creo que el desdén hacia este mundo virtual proviene, más que la falta de información, de la falta de experimentación, porque para mí la crianza en Red es algo tangible y válido, lejos de la idea generalizada de “seguir las instrucciones de cualquiera que cuelga algo en internet”. No comparto estas afirmaciones si se atribuyen a lo que experimento, lo siento. Porque entiendo que no se dan instrucciones, se comparten experiencias, que no se imponen criterios, se ofrecen puntos de vista y cada cual es libre de informarse o no más allá, de removerse o no más allá, de probar, adoptar o apartar actitudes, leer, opinar, reflexionar, asomarse un poco más a esa persona e incluso llegar establecer otro tipo de contacto. Porque sí, somos reales, somos personas, muchas de nosotras madres, que se visten de tipografías para abrir nuestra mente al mundo. Nos asomamos y una vez superado el vértigo inicial, aprendemos a vivir en armonía a través de las palabras y el entendimiento, igual o mejor que con otras personas que componen nuestro día a día. Algunos afirmarán que en el Red es fácil desnudar la parte de cada cual que uno desee, y yo me pregunto: ¿Acaso no en el mundo 1.0? Seamos personas con criterio, por favor. ¿Qué nos cuesta aceptar que algo está vivo sólo porque no podemos verlo? Podemos sentirlo y para mí eso vale más que muchas otras vivencias que me inundan mis sentidos sin preguntar, sin yo desearlo. Por eso creo en esto y no me importa admitirlo ni zambullirme. Soy un trozo de mí aquí reflejado o soy toda yo reflejada en un trozo.

La Crianza en Red es algo inmenso que rompe barreras y te alcanza en el momento que tú lo desees desde tu intimidad. Creo en ella como creo en una gran amiga, que riega y enriquece mi vida. Me ha ofrecido también la oportunidad de desarrollar una faceta, ligada a la crianza, que ocupa mis días y mis ilusiones. Se trata de CRYA. En estos instantes, gran parte del equipo central se ha conocido allí y para mí es un momento mágico, son también mi familia. Gracias por representarnos en las Jornadas, por ser tan luchadores y por confiar en mí. Tengo la convicción de que lograremos grandes cosas en la Red para concienciar delas necesidades olvidadas o relegadas. Gracias porque con vosotras y David a mi lado me siento valiente.

Y a vosotras, mi dulce tribu. Amigas, compañer@s, hermanas, comadres… habéis de saber que OS AMO. Así de sincero. Desde la admiración y la aceptación. Gracias por tanto. Me siento feliz y orgullosa de prestar mi hilo para tejer entre tod@s esta Red maravillosa que nos aporta vida. Desde ambos lados del océano, en cada rincón de este mundo loco, rezumáis amor y colores que respiro, gracias. Nos imagino como un gran mosaico, una cristalera de luz inmensa, en la que cada tesela, cada minúsculo cristal es importante, como vosotras, las que estáis allí y las que en la distancia también lo estamos. Mi abrazo atraviesa el Mediterráneo para reunirse con vosotras.

Desde mi isla blanca sonrío sabiendo que Barcelona huele flores hoy.



mujeres en circulo molly roberts



martes, 28 de febrero de 2012

Mi espinita con la "Maternidad Consciente"

Quizá esta reflexión sea adentrarme en un terreno delicado y cierto es que he necesitado darme tiempo para comprenderla y empujar cada palabra hacia fuera. Me gustaría comentar que en modo alguno generalizo al expresarme y que confío en que se convierta en un ejercicio de sanación y proximidad para aquellas situaciones en las que esta espinita está hay. Éste es el deseo que me lleva a abrirle paso.

He de reconocer que no soy muy amiga de las etiquetas, al final no me acabo de sentir cómoda con ciertos términos de los que nos vamos apropiando, a pesar de ser términos hermosísimos con los que parezco armoniosa. Pero si giro el prisma tomo conciencia de que estos nombres que contienen y unen, a su vez, excluyen. Y esto me inquieta dejando una fina brecha por la que escapa esa belleza.

La “Crianza con apego” y “Crianza Consciente” la vivo y la siento porque mi hija y mi instinto sembraron esa semilla y la riegan a diario. Pero también supone un aprendizaje, un conocer y conocerse. Hay que reconectarse con nuestros cuerpos, con nuestra naturaleza, con ese otro ser que sentimos nuestro sin serlo realmente, con esa alma que abandonó nuestro vientre. Hay que observar, sentir, pensar y decidir. Y cada paso hacia nosotras mismas lleva su propio tiempo, su propio aroma, su ritmo preciso acorde a cada vivencia y mujer. Hasta que nuestros brazos se abren para sostener firmemente y alzamos la mirada. Entonces aquella semillita comienza a florecer. Y tengo la sensación de que, a veces, este proceso muchas de nosotras, madres “conscientes” que desaprendimos, aprendimos, desaprenderemos y aprenderemos de nuevo, no siempre lo tenemos presente.

Y se juzga. Quizá ni una sola sílaba abandone nuestro cuerpo pero nuestras miradas, nuestros silencios, nuestro “saber” o creer saber nos delatan. Y duele. Puede dañar si se hace a la ligera. Porque se ignora que hay detrás de esa otra madre, cómo son sus horas, sus percepciones, sus noches. Si le faltan o sobran minutos al día. Si confía en sus pechos o se siente incapaz. Cuántas voces la acompañan, cuántos silencios. Cómo afronta este cambio tan visceral, si se revuelve por dentro, si se siente una extraña, insegura y plena a la vez, o si se encuentra arropada o sola. Cuánto pesa realmente esa criatura en sus brazos o si se duerme meciéndose a sí misma entre sonrisas y lágrimas… Porque no es fácil saber en qué punto del inmenso mar de la maternidad se encuentra sumergida cada mujer cuando todos los segundos son distintos y somos testigo de tan sólo unos pocos.

Y, a veces, creo que esto se difumina. Tal vez ocurra que en nuestra actitud de observar, cuestionar o cuestionarnos despistemos las fronteras, acostumbradas también a ser miradas o señaladas por nuestras elecciones. Empleamos etiquetas hacia dentro y hacia fuera sabiendo que cuesta desprenderse de ellas cuando se adhieren a nosotras, es decir, cuando se aceptan. He asumido que mi modo de hacer resulta extraño y desmesurado para parte de mi entorno, sé leer entre líneas comentarios y aprendí a descifrar algunas miradas, pero desconozco cómo mira a sus semejantes quién vive la maternidad y la crianza de una manera distinta o cómo se observan a ellos mismos. Por eso hablo desde mi pequeño mundo donde sí he percibido esa “mirada” también desde dentro, donde he notado alguna vez este peso ante los ojos de mujeres afines a mí y eso me hace cuestionarme éstas y otras muchas cosas.

Autor/a desconocido/a
Me encontraba en el primer mes tras dar a luz, despertando, vibrando, cuando los sentimientos más impulsivos se encuentran a flor de piel y un torbellino de emociones entremezcla el amor y la belleza. Recobrando la fuerza madre que vivía en mí, esa furia animal y mamífera que me invadía, lejos del ritmo del día a día, de los minutos, de las comidas. Cualquier cosa más allá de sostener a mi hija y desnudarme ante ella y ante mí misma, me parecía demasiado grande. Enorme. Fue entonces cuando bastaron unas miradas presenciando mi indecisión para sentir la tensión del que observa y juzga. Bastaron unos minutos y yo aprendí de ese gesto y supe a qué era debido. Calibré. Comprendí. Ahora con la perspectiva del tiempo y la calma de lo ya conocido sé que algo avancé en este camino de crianza a pesar de la poca relevancia de la situación. Sin embargo, lo asumido no sana el sentirse cuestionada en tu maternidad con la guardia bajada, cuando no lo esperas. Ninguna lección compensa esa sensación, en ningún momento de nuestro camino, pero aún menos cuando una mujer comienza la inmersión en su puerperio, con su alma cuajada de estrellas y su cuerpo aún sangrante de vida.

Mi percepción va cambiando a medida que me sitúo en este mundo de mujeres conscientes, en esta tribu sostenedora y ondulante como nosotras. Observo mis pasos y mis pensamientos y si me sorprendo juzgando una actitud ajena me salta una alarma en mi interior preguntándome a qué se debe. Cuánto conozco a esa mujer realmente, cuánto sé de su vida, de sus ojos, si acaso ese gesto presenciado merece ese pensamiento por mi parte. ¿Por qué lo hago si soy una extraña para ella? ¿O por qué lo hago si aun siendo distintas nos une un viejo cariño? ¿O por qué llega a ocurrir entre comadres, mujeres que bailamos bajo el mismo sol y la misma luna como hermanas? Tal vez dejemos al descubierto nuestras propias debilidades o temores que precisan tomar fuerza para desaparecer y afianzarnos así como las madres que somos: imperfectas, necesitadas, merecedoras de cariño, comprensión, compañía y perdón.


Klimt
Si has llegado hasta aquí, te doy las gracias por acompañarme mientras deshacía este nudo. Debo haber abandonado alguna cadena por el camino, porque mi siento más ligera