domingo, 16 de noviembre de 2014

Deprisa

¿Conoces la sensación de que algo se te va de las manos?

Avanza todo demasiado rápido o tal vez perdí el compás. Siento que no me detuve, al menos no tanto como hubiera deseado. Y no la alcanzo.

Me observo estancada entre dos aguas y no soy capaz de salir para correr tras ella, ni tampoco de remolcar al resto. No puedo detenerme a explicar. Cada segundo importa. Dejaré mis manos enlazadas para no perdernos del todo. Dejaré un rastro de pan, o de flores, o de aquello que le gustase seguir y ahora no logro recordar. Sé que haría falta un paréntesis para trazar un plan, pero si nos sentamos a ello, tal vez la perdamos de vista y ya se requiera otro nuevo.

Continúo aquí en medio. A veces con calor, ¿puede alguien dormir a ese volcán, por favor? A veces helada de frío. O miedo, ¿alguien me presta un abrazo? Gracias, con un segundo tengo bastante, temo que vaya a quedarme grande. Intuyo que algo se rompe y me pregunto hasta dónde alcanza la brecha. Ella sigue avanzando y no puedo ver cómo la acompañan. Cuando vuelve a mí, ya ha cambiado. Y ese cambio se paga caro.

"No corras tanto", le susurro. "No corras tanto, por favor, me gusta verte" "No corras tanto, es importante que aún uses mis ojos, que te guíen mis manos" “Aguarda, cuéntame”  "¡No corras tanto!" Grito al final para nadie
                                                  
Vuelvo la vista hacia atrás.     


"Vamos, se aleja". "Tenemos que hablar, algo me preocupa" “¿te has dado cuenta?" “Duermo mal, esto no me gusta" Hay que...hay que... hay que...   
        
Y aquí en mitad, con una criatura colmada de amor asida a mí, procuro mantener el equilibrio. Y aquí en mitad, trato de no olvidar que también yo existo.

Shhh... no interrumpáis, estoy tratando de llegar a todo.


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jueves, 4 de septiembre de 2014

Los adultos

Querida hija:

A los mayores nos gusta mandar. Somos así, de alguna manera con el tiempo nos creemos tan válidos como para asumir que el único modo correcto de hacer las cosas es el nuestro y, más aún, que el momento adecuado es también el que nosotros consideremos.

Pero tú debes saber que eso no es así, que es una mentira. Que ni siquiera es cierto del todo cuando tratamos de enseñaros cosas o inculcar nuestros valores. Debes saber que siempre puedes reflexionar acerca de las directrices que recibas, preguntar por qué las veces que necesites para comprender qué se te pide y que, por supuesto, puedes negarte si lo deseas.

Esto último te lo digo bajito, porque a los adultos no nos gusta que vosotros, los niños, no obedezcáis. Entorpece nuestro ritmo antinatural, en el que vuestro espacio se reduce cada vez más y más. Por eso es importante que tomes conciencia rápido de que también debes tener cabida en él y que ese espacio tuyo debe ser respetado. Porque ¿sabes qué? a muchos adultos les reconforta decir que es importante fomentar la autonomía de los niños pero en la práctica se limitan a dar órdenes, marcando cómo, cuándo y qué hacer. Eso no es fomentar la autonomía, pero sois tan tiernos que permitís que se crean sus propias artimañas.

Hija mía, te cuento todo esto porque me doy cuenta de lo mucho que has crecido ya. Ahora no sólo se sigue ampliando tu círculo sino que compartes cada vez más momentos con quién tú eliges. Y me preocupa cómo se establecen dichas relaciones. Me preocupa que aceptes que es normal y válido que se dirijan a ti sólo con imperativos. Porque no lo es.

Tú puedes elegir. Puedes decidir dónde sentarte, por ejemplo. No tienes porqué acudir con tu mejor sonrisa cuando un adulto, por muy conocido que sea, te diga que vayas a sentarte dónde él o ella te indiquen. Puedes incluso decidir si deseas o no sentarte. No olvides preguntártelo antes de acceder. Y así con todo.

Cuando vayas practicando te será cada vez más sencillo, ya lo verás, irás tomando poco a poco más conciencia de estas situaciones y podrás reafirmarte. A muchos adultos no les gusta que les lleven la contraria y les va a sorprender tu actitud, pero no desistas hija, porque ahí radica tu fuerza y de tu reacción dependerá el tipo de relación que se establezca entre vosotros. Con suerte algo se renovará en ellos, aunque eso no es tu responsabilidad.

Tal vez crean, e incluso se atrevan a decirte, que eres una maleducada o una niña mala. Ni caso, mi amor, ya te he explicado que nos sienta fatal que cuestionéis nuestras órdenes. Eso no es así, como tampoco eres buena por el hecho de obedecer. Los mayores bendicen con su aprobación como si fuese un tesoro, no caigas en la trampa. Escucha, piensa y pregunta lo que no comprendas. Luego valora y actúa. A nadie le agrada, aun teniendo obligaciones, que le hablen con imperativos o que no le dejen decidir. Y tú no mereces menos consideración.

A veces, mi amor, te encontrarás rodeada de adultos y recibirás muchas órdenes a la vez y lo más absurdo es que varias de ellas serán contradictorias. Además notarás que la mayoría de los adultos se toman la libertad de opinar y dirigiros sin respeto hacia vosotras ni a los padres, de modo que si papá o yo estamos presentes, me gustaría que nos escucharas a nosotros. Somos tu guía y resguardo. A veces hemos tardado en reaccionar, perdónanos, también estamos aprendiendo a manejar estas situaciones. El mundo de los adultos es mucho más complejo, no hablamos con franqueza y por tanto no perdonamos de corazón y por eso casi nada es transparente entre nosotros aún pareciendo que lo sea. ¿Estamos locos, verdad? Sí, yo también lo creo.

Me gusta repetirte esto por las noches. Me gusta que te revuelvas de risa cuando te digo que no tienes porqué obedecer sin cuestionar la situación... y me entristece que ni siquiera hubieras contemplado esta opción. Lo siento. Desearía que tuvieras presentes mis palabras, porque aunque aún no lo comprendas, con ellas te regalo libertad.



B. y yo



domingo, 17 de agosto de 2014

Instinto gris

¿Qué es esto que siento? ¿Por qué al oír el llanto de mi hija tengo el impulso de tomarla en brazos, de susurrarle, de cubrirla de besos? Ah, ya sé, debe ser instinto.

¿Qué será esto que siento también? ¿Por qué me pongo alerta cuando alguien se aproxima demasiado, cuando invaden nuestro espacio, cuando toman la iniciativa de tocarla o la observan muy de cerca? Ah, ya sé, seguro que es instinto también.

¿Y qué ocurre cuando quién perturba esta aura de seguridad es también hija mía? ¿Qué sucede cuando das prioridad a una de las dos? ¿Qué puedo hacer si en ocasiones sus actos me incomodan hasta la agitación? ¿Qué puede ser?  Ah, ya sé, será cansancio... será falta de recursos… será…

Parece que duele aceptarlo, ¿verdad?, pero si miro en mi interior lo veo claro. Sí, también es instinto diría yo. Es algo visceral, puedo aplicarle razón pero eso no cambia lo que siento.  Y sentir esa especie de rechazo en momentos puntuales escuece. Mucho. Hasta la locura.

Se habla de instinto e imaginamos un tesoro, una guía sabia e impetuosa que nos empuja a ciegas al lugar oportuno mostrándonos las herramientas adecuadas para desenvolvernos ante cualquier situación.

¿Y qué hago con este sentimiento indeseado que me habita? ¿Cómo convencerme de que así debiera ser? ¿Qué lugar se supone que debo ofrecer a esta inquietud que no desea saltar por la ventana?

Me había preparado para el cansancio, para la falta de tiempo para una misma y para tratar adaptarme a las necesidades de las tres, cada una transitando momentos tan diferentes. Me había preparado incluso ante el recelo que pudiera presentar la mayor. Pero no contaba con esta batalla emocional que me desconcierta y fulmina, no había previsto la explosión a cada instante, la agresividad en ella ni el dolor. ¿Quién puede entrenarse para esto?

Me harían falta un par de manos más (al menos), un nuevo corazón (no dividido ni viciado) y la visión tranquila del que observa desde afuera, sin nada que perder ni ganar.

Pero toda adversidad tiene su luz y ahí nos aguarda el sol con una nueva oportunidad a la que llamamos día. Y comprendo que tengo por delante muchas horas para construir mi mundo, que poseo muchas miradas atentas y un pozo infinito de caricias y mimos por repartir. Asumo que soy un pilar importante en sus vidas. Y así se pinta la sonrisa en mi rostro y se me rizan de amor las pestañas. Y puedo recoger las disculpas que arrojamos anoche al suelo del dormitorio y dejarlas dobladas bajo la almohada (por si acaso).

Acepto estos sentimientos encontrados, este bullir en la sangre y este chirriar en el corazón. No nos desgarraremos, al fin y al cabo, cuentan que sólo es una etapa… A mí no me basta con eso, creo que en cada surco abierto caben mil sentimientos y, además, se cuelan los bichos. Yo deseo pintar mi realidad, por eso no me conformo, por eso tal vez sufro, me retuerzo, cojo impulso y me crezco.