domingo, 12 de mayo de 2013

Aceptando la pérdida


Una no se prepara para la pérdida.

Conoce las sensaciones del embarazo, los diferentes estadios, qué puede esperar, cómo desearía que acontecieran los hechos.

Conoce el trabajo de parto, el parto, el postparto. Sabe lo que desearía que sucediera y a lo que no desea exponerse. Conoce lo que se desencadena con la llegada.

Y sé que desear, conocer, asomarse, no quiere decir tener el control: nuestros hijos tienen sus propios planes desde los primeros instantes.

Pero la pérdida, por temprana que sea, no es algo a lo que nos preparemos, aunque sepas que puede suceder. No te preguntas qué procedimientos serían los más adecuados o qué situaciones desearías evitar. No habías previsto que con la pérdida una misma se pierde también. No sabías, por muchas experiencias que hayas compartido con otras mujeres, que la pérdida está marcada por la soledad. No sabías del viaje interior que supone bajar hasta las profundidades de tu útero para acompañar a tu sangre, tus tejidos y tus esperanzas. No sabías hasta qué punto la pérdida es muda, y casi sorda también, en nuestra sociedad.

He atravesado esta experiencia adentrándome en diferentes espirales, a veces a tientas, a veces con una firmeza que arrancaba de mis adentros… instinto tal vez sea su nombre. Y en el momento que asumí lo que estaba sucediendo, me centré en vivenciar con consciencia y confianza la despedida. Pero hasta llegar a ese punto, viví con gran angustia la situación.

Primero la incredulidad, te reafirmas minuto a minuto en que todo va bien. Después la incertidumbre, las horas de espera en el hospital, los exámenes que te cuestionas si son o no realmente necesarios, las ganas de salir por la puerta y tumbarte a oscuras, en calma, a dejar que tu cuerpo fluya. Negada a vivir esta experiencia rodeada de extraños en una sala de espera.

Cuando se interrumpe el embarazo una no atiende a semanas de gestación, a causas posibles, a tópicos o palabras condescendientes. Celebras que sus corazones no hubieran comenzado a latir, por ellos, porque para mí, la pérdida está ahí. No puedes aceptar, por poco margen que haya habido, que se diga que no pasa nada, que te empujen a vivirlo como algo transitorio, como una menstruación más, invitándome mirar hacia otro lado, fijando la meta en el próximo embarazo desde ya. Porque no es así, no puedo sentirlo así: se han unido dos esencias volcadas en mí y, en respuesta, mi cuerpo ha segregado hormonas y agudizado mi instinto, activando toda su maquinaria de protección para rendir al servicio de la vida millones de células y recursos. Y eso es mucho más que nada. Merece su espacio y su reconocimiento.

Cuando alcancé a desenredarme los temores y miré frente a frente los hechos, me acerqué a mi cuerpo desde la honestidad y aceptación, entregándome con confianza al legado femenino que en él habita. Repitiéndome a mí misma que no había cabida para el miedo, que mi cuerpo, por doloroso que pueda resultar, también sabe cómo actuar en estos casos. Recordando que está preparado para esto, que forma parte de mi sexualidad. Y así dejaba vibrar, cual mantra, que mi cuerpo… también sabe abortar.

Sin cesar mi ritmo, porque en nuestra sociedad no es visible la recuperación física y emocional que supone una pérdida tan temprana, me propuse honrar a mi cuerpo en lucha y a la vida, en cualquiera de sus formas, que lo había estado habitando hasta el momento y ahora se desprendía. 

Así, fui recogiendo aquellos tejidos que brotaban de mí y fui posándolos con cariño en un hermoso geranio a punto de florecer. Ayudándome este sencillo gesto en el primer duelo, construyendo mi puente, acercándome al equilibrio emocional que se tambaleaba al entrar en contacto con cualquiera que no fuese yo misma y esa magia que me abandonaba. Tratando de hacer volar los pájaros de la culpabilidad. Buscando mi centro. Aprendiendo que en realidad, todo está bien, aunque duela.

Respirando hondo. Visualizando el cariño. El camino que recorremos.

A solas, en nuestra lenta despedida, estas vidas que surcaron velozmente mi interior y yo misma.


Ilustración de René Magritte

viernes, 19 de abril de 2013

Triunfó la lactancia


Ésta es una historia de lactancia. Una historia de confianza y desconfianza.  Una historia de seguridad en una misma. Pero ante todo, una historia de voluntad.

Ésta es la historia de una mujer que se encontró ante dos caminos, dos opciones, dos salidas para una situación. Una mujer que se informó, que no dudó y optó, escuchándose a sí misma, de manera consecuente. Una mujer que continúa amamantando, a su manera, a la manera de ambas y lo hace con una gran sonrisa de satisfacción en sus labios.

Ésta es mi historia.

Quién me conozca sabrá que para mí la lactancia materna es importe y que a estas alturas se ha convertido en un aspecto más de nuestro estilo de vida. Hay multitud de razones por las que la defiendo pero, entre las principales, se encuentra el dejar que fluyan los ritmos vitales lo más libremente que podamos. Si ella quiere mamar y yo deseo amamantarla no encuentro mayor problema, la verdad.

Sin haberme planteado cambiar esto me encontré ante una situación delicada. Un nódulo nadaba en mi pecho y, tras varios controles, se aconsejaba extirparlo. La respuesta del radiólogo no albergaba la menor duda, si no deseaba demorar la intervención había que destetar.

Salí de la consulta con un nudo en el estómago y la extraña sensación de que no todo estaba dicho. Durante los días previos a la próxima cita me informé, contacté con asesoras de lactancia, me dejé mimar por las palabras de mujeres queridas. Me mecí. Y una vez infundada de ese valor femenino que me dictaba no abandonar comprendí que, en realidad, la solución estaba y estuvo en mis manos.

Al acudir al cirujano le expuse mi voluntad de continuar amamantando y mi preocupación porque esto supusiera un impedimento o un retraso para abordar el nódulo. Me sorprendió su serenidad: ni un solo comentario, ni un gesto que cuestionase mi elección, ni siquiera al conocer la edad de mi hija. Agradezco desde aquí su objetividad, puesto que se limitó a estudiar la manera de hacerlo sin tocar los conductos lácteos. Él parecía seguro y sereno y yo salí aliviada y reafirmada de la consulta.

Pero las dudas me alcanzaron en la espera, me flaqueaba la confianza. Y tuve que se honesta conmigo misma y admitir la decisión que mi interior ya había tomado, puesto que brotaba de mis entrañas, algo se me removía por dentro al amamantar a mi hija con ese pecho.  De este modo, poco a poco, fuimos conduciendo al destete de ese lado. Sin prisas, las tomas en él se fueron espaciando, espaciando mucho más porque siempre había preferido ella el otro. Yo me sentía así más relajada, más capaz de afrontar la situación y nos permitía a la vez continuar disfrutando de nuestros instantes, de nuestra lactancia.

Llegó el día y todo pasó. Y puedo garantizar que estar amamantando no supuso ningún problema, ninguno en absoluto. Comprendí que todo así estaba bien y me sentí satisfecha con la decisión de destetar de esa mama, puesto que no hubiera podido imaginar la succión en muchos días después, ni la extracción, ni tan siquiera el roce. Aún ahora, mes y medio después, me incomoda pensarlo, aún no ha vuelto todo a su lugar, mi cuerpo sigue trabajando en reubicarse, fabricando nuevos tejidos y acunando lo ocurrido.

Me siento feliz, muy feliz por cómo he actuado. Las dos lo estamos. Nos hemos adaptado y entre nosotras ha sido tan fácil y natural el cambio que no dejo de maravillarme de esa conexión que va más allá de las explicaciones. Es una conexión que sólo entiende de hechos, necesidades, contacto y amor.

Amor incondicional, corporal, perenne.


Kandinsky



Deseo agradecer de corazón el apoyo recibido por algunas mujeres: Myriam Moya, Alba Padrò e Ileana Medina. A mi círculo de mujeres: Carol, Carol, Marta, Cata, Orquídea y Mousikh. Y, por supuesto, a mi pareja y a mi madre.

Gracias inmensas

viernes, 29 de marzo de 2013

Miradas de mujer


No me gusta cuando otra mujer me mira de arriba a abajo y sus ojos murmuran.

No me gusta cuando otra mujer mira a mi hija y sus ojos murmuran hacia mí. A veces, también hacia ella.

No me gusta cuando otra mujer me mira desde arriba… o desde abajo.

No me gusta cuando nos medimos con estos baremos adquiridos por el patriarcado. Aunque puedo comprender la rivalidad entre féminas y entiendo la confrontación como parte de nuestra naturaleza animal. Pero desdeño estos valores absurdos que tratan de vaciarnos a nosotras mismas en el propio hecho de menospreciar a otra mujer: por su aspecto, sus posesiones o su inteligencia.

No me gusta la distancia que se crea entre nosotras sin apenas conocernos... o conociéndonos ya. 

No me gusta cómo me arrugo cuando me ocurre a mí, cuando soy yo quién lo hace, cuando soy yo la que no aparta el filtro que  durante tanto tiempo he portado ante mis ojos. Por sentirme integrada, por seguir la corriente o, sencillamente, por ignorancia y desconexión conmigo misma.

Me gusta cuando acepto que otras mujeres destacan más que yo, en cualquier aspecto. 

Me gusta cuando me desarmo ante cualquier tipo de competición femenina y tiendo el puente, independientemente de que ellas sepan verlo o deseen cruzarlo.

La maternidad me ha ayudado a percatarme de ello. A admirar la fuerza femenina y las sutilezas que envuelven a cada mujer, más allá de las fachadas, sean como sean éstas. Sean como sean las corazas. 

No siempre me resulta fácil y no siempre me siento cómoda en ello. Pero me esfuerzo por dirigir mi energía en esa dirección y despojarme así de comparaciones absurdas y presiones que no van con nuestra naturaleza, con la mía, la que me hace vibrar e irradia calor dentro de mí.

Cada vez me cuesta más identificar lo que siento cuando me encuentro ante estas situaciones. Cuando se critica a alguna mujer por sus características o cuando se desea tener un determinado aspecto y poseer determinados objetos, despreciando todo aquello que se aleja de esa imagen.

A veces cuesta saber quién vive realmente atrapada: si habito yo la burbuja o ésta es tan grande que sólo algunas personas nos hallamos fuera de ella, o a medio camino. Quién, finalmente, vive más ligero. 

En mi nuevo camino, he escogido la belleza, la belleza auténtica, la belleza y unión femenina. Con su delicado perfume y su capacidad de hermandad. La belleza que se desmolda y habita en cada una de nosotras.



Ilustración de Olga Gouskova