domingo, 1 de marzo de 2015

Lactancia y trabajo. Permiso y ausencias.

Atravieso mi segunda lactancia. Una segunda oportunidad para reencontrarme conmigo y entregar lo mejor de mí. Y no lo digo de manera figurada, por adornar estas palabras, sino porque sigo maravillándome de producir el alimento que sustenta la vida de mi hija y de entregarlo en el hermoso gesto de amamantar, de ofrecerme.

Esta segunda experiencia está resultando muy diferente a la anterior, no sólo debido a que yo soy distinta sino porque las situaciones son abismalmente diferentes, incluso opuestas.

Con esta segunda maternidad me incorporé a la vida laboral al cumplir el permiso, escaso y delirante, de 16 semanas. Opté entonces por tomar nuestro derecho a esa hora diaria de lactancia, insuficiente también, repartida en dos tandas a lo largo de mi jornada laboral. Lo hice de este modo porque mi intención era, precisamente, emplear esa hora en la lactancia, de manera que podía ausentarme un cuarto de hora para extraerme leche y conservar los 45 minutos restantes para amamantar a mi hija cuando su padre me la acercaba al trabajo. 

De este modo nos hemos podido coordinar de manera aceptable, a pesar de que una hora diaria sea poco tiempo para contener, para mimar, para compartir, para extraerte leche y para cualquier cosa relacionada con la crianza de un hijo. Hemos estado muy a gusto y hemos sabido medir las distancias. Debo reconocer que he encontrado gran apoyo en mi lugar de trabajo, que en ningún momento me he sentido presionada ni se me ha puesto ningún tipo de traba, al contrario, se me facilitó un espacio para poder realizar las extracciones con intimidad e higiene (vamos que no fue en los aseos como sé que en otros lugares ocurre). He obtenido respeto y lo deseo agradecer desde aquí, porque a pesar de ser un derecho, me siento afortunada y agradecida de que haya resultado tan cómodo, sabiendo como sé que no han sido muchas las madres lactantes que han optado por este modo de hacer las cosas en mi empresa. No puedo quejarme por la experiencia, la verdad. Mi queja va hacia la falta de medidas que apoyen la crianza.

Un periodo de 16 semanas de baja maternal es ridículo. Una hora al día hasta que el bebé cumpla 9 meses es insuficiente. Y el modo en que puedes hacer uso de ese derecho es confuso, puesto que dispones de una hora si la tomas en medio de la jornada. Es decir, que si tu opción es entrar o salir una hora antes, el permiso se reduce entonces a la mitad… sí, así es. Y acortar la jornada media hora difícilmente va a beneficiar la conciliación familiar.
Hay mucho de corazón para aportar si desease contar todo lo que J. está sumando a mi vida, pero mi intención es centrarme ahora en el aspecto práctico de compaginar lactancia y trabajo.

Al principio se me hizo un mundo.  Sin experiencia  ni  referencias en cuanto a extracción, manipulación y conservación de leche materna.  Cuando logré un manejo de la situación y se estabilizó la situación comprendí que no entraña gran dificultad y que la verdadera barrera no era otra cosa que la incertidumbre  y la ansiedad que genera la inminente separación de tu bebé, el tener que adaptar lo natural a lo antinatural. Eso sí que es un verdadero obstáculo.

Comencé a preparar un banco de leche un par de semanas antes de incorporarme.  Al principio la extracción no fue fácil, comencé empleando “sacaleches" tanto manual como eléctrico y fue frustrante. La cantidad que obtenía era escasa y me costaba encontrar el momento adecuado para hacerlo, puesto que las tomas aún eran muy continuas y la situación familiar en esos momentos no me permitía reservar un rato tranquilo, sin interrupciones. Aun así, logré congelar leche suficiente por si se presentaba cualquier imprevisto y debían tirar de ella en mi ausencia. Llevé la mitad a la escoleta donde cuidarían de J. en mi ausencia y de  este modo, garantizaba tomas de emergencia durante si fuesen necesarias hasta conocer el ritmo que marcaría J. en mi ausencia. Tengo que agradecer a su monitora que pusiera todas las facilidades del mundo para que esto saliera bien, transmitiéndome tranquilidad y confianza, a pesar de suponer un reto también para ella puesto que no se había dado nunca antes alimentación con leche materna en el centro. Gracias por respetar mi elección y por hacer juntas este aprendizaje.

A la falta de tiempo y condiciones adecuadas para una extracción tranquila y exitosa había que sumar ni mala relación con los extractores de leche. Tal vez un poco mejor con el manual que con el eléctrico, que no me gustó en absoluto, pero aun así lo encontraba engorroso. Había leído acerca de la extracción manual, y cuando digo manual es literalmente. Así que con paciencia, práctica y confianza acabé cogiéndole el truco y a partir de ahí fue despegar. Las extracciones fueron sencillas y más o menos rápidas, sin grandes agobios. Logré encontrar un momento ideal para hacerlo, ya con nuevos ritmos todos en casa. Me levantaba un rato antes para extraerme la leche que esa misma mañana le darían en la escoleta. En el trabajo, empleaba 15 minutos para una rápida extracción, puesto que no precisar de aparatos facilitaba enormemente la tarea, no había artilugios que limpiar ni que transportar ni nada de nada. Tan sólo mis manos, un lugar tranquilo, un recipiente apto para uso alimentario y una nevera portátil con placas de frío. Esa leche era una pequeña reserva de cara al día siguiente que, principalmente, me aportaba tranquilidad de cara a la extracción de la mañana, por si surgía cualquier imprevisto que no me permitiera obtener la cantidad que J. solía tomar poder complementar con ella.

A lo largo de la mañana me traían a la niña y esos ratos con ella han sido preciosos y preciados. Nos alimentamos una de la otra y nos ayudaba a sacudir distancias. Gracias, J. por hacerlo todo tan fácil, por tu rápida adaptación y tu capacidad de aprendizaje y conquista. El gran mérito ha sido tuyo, vida mía.

Al interesarme acerca de la extracción manual busqué información en Internet y di con algunos textos, bocetos y vídeos que fueron de utilidad. No obstante, quisiera explicar mi experiencia por si pudiera ayudar a alguna otra mujer.

A mí me funciona masajearme el pecho en círculos durante unos minutos para luego sacudirlos enérgicamente pero sin lastimarme. Me sitúo de pie y a continuación me inclino hacia adelante y en esta postura realizo la extracción, el hecho de colocarme así no lo he leído ni visto cuando recababa información y deseo compartirlo porque para mí ha resultado clave. Considero que facilita enormemente el que la leche deposite en el envase y tengo la sensación de que también ayuda a que fluya.

Para la extracción basta con que se presione justo al final de la aureola, sin fuerza pero con firmeza y sin deslizar los dedos. Es como dar un "pellizco" manteniendo la presión durante unos segundos para luego relajar y volver a repetir. No es necesario levantar los dedos entre apretar y relajar puesto que se trata más bien de un movimiento continuo en el que vas haciendo el juego de presionar y relajar alternando unos segundos según el ritmo de extracción que te venga bien.

Cuando veo que la leche deja de salir con facilidad, levanto los dedos y repito la serie presionando sobre otros cuadrantes del mismo pecho. Luego repito ciclo con el otro pecho. Y así voy alternando hasta obtener la leche deseada o hasta que cuesta mucho sacar más. Advierto que en mi caso, no sé si a otras mujeres les pasará porque no he hablado con ninguna aún, no me resulta fácil ni cómodo presionar desde todos los ángulos del pecho, de manera que lo hago desde aquellos en los que la cosa va bien y no me lastimo.

Hay momentos en los que parece que la leche se "agota" pero si continúas estimulando a veces viene un golpe de leche y ésta emerge con fuerza. En estos momentos la extracción es muy poderosa y podrás apreciar la intensidad del flujo. No dejo de asombrarme con nuestro cuerpo y ahora entiendo mejor lo que debe sentir mi hija cuando notas el golpe y contemplas su mandíbula marcando el ritmo con determinación y la oyes tragar de manera abundante. Por el contrario, si pasados un par de minutos apenas extraigo unas gotitas entonces doy por finalizada la extracción.

Desde aquí animaría a toda mujer a probar, aunque no tenga necesidad de extraerse leche, puesto que puede ser de gran ayuda para afrontar posibles obstrucciones o mastitis. Me parece revolucionario tal y como se nos vende hoy en día la maternidad, con esa gran dependencia de aparatos. ¡La extracción manual sólo tiene ventajas! Es ligera, puesto que no precisas cargar con el sacaleches. Es rápida e higiénica puesto que basta con lavarte muy bien las manos. Y lo más importante, para mí, es que te ayuda a integrar tu feminidad, a conocer mejor tu cuerpo, a admirar sus cambios y entender su funcionamiento. Eres un agente activo en la extracción y no pasivo, no te "sacan” la leche sino que te la extraes. Es un matiz, lo sé, pero emocionalmente me resulta reconfortante.

Os cuento todo esto porque ya han pasado 9 meses y, según nuestras leyes, ya es suficiente. Se acabó el permiso de lactancia y con él nuestro encuentro a media mañana. Debe pensar la sociedad que un bebé de 9 puede pasar alrededor de 9 horas sin oler ni tocar a su madre pero es algo enfermizo. Ese bebé y esa madre podrán hacerlo, se adaptarán, claro que sí, pero no deberían.
Hoy lloro por esta injusticia. No por la leche que mi hija tomará o dejará de tomar en mi ausencia, sino porque esta falta de protección y cuidado a la infancia se disfrace de normalidad.

Ánimo mujeres del mundo, hasta que cambie radicalmente esta situación, sigamos amamantando así como encontremos abrirnos camino, porque si algo he aprendido en esta etapa es que podemos marcar la diferencia, hacer visible la lactancia y, poco a poco, ir normalizándola. Es un inicio.

             


             

domingo, 18 de enero de 2015

Criar en manada

Sé que no desvelaré un secreto al afirmar que vivimos a un ritmo desfasado con las necesidades infantiles. Que nos regimos por unos horarios e imposiciones difíciles para la conciliación familiar, no hablemos ya de la personal. Y que se nos va minando con una serie de prioridades que poco o nada se aproximan a las de los niños y la maternidad.

El puerperio, sin más, es una etapa desértica carente del espacio que precisa para convertirse en abundancia. Que para mí no es otra cosa, sino la total abundancia, la entrega absoluta: alimento, calor, emociones, aromas, fluidos, caricias, arrullos, canciones y carnes. Un continuo brotar de la mujer a la que se la obliga a hacerlo hacia adentro... y eso es imposible, no se puede brotar hacia adentro. Hacia adentro se rellena y una mujer puérpera, de las que se despellejan sin reservas, rebosa enseguida. Pero ya no puede hacerlo con la alegría del brotar sino con la angustia de la incomprensión, del no reconocimiento, del no espacio para ser abundante.

Y esto sí es invisible. Y si no lo es para algunas personas, es fácil continuar ignorándolo. O peor aún, banalizándolo.

Y todo repercute.

Embarazos desconectados del propio cuerpo y del cuerpo del hijo. Partos con violencia enmascarada. Puerperios secos. Y una crianza no presencial. Y al decir no presencial no sólo me refiero a la falta de medidas que faciliten la conciliación sino también a la presencia contenedora. ¿Qué esperamos obtener? Demasiado bien nos va todavía, francamente.

Cuando vas tomando determinadas decisiones en cuanto a la crianza de tus hijas y palpas que con algunas, muchas, la mayor parte, te estás saliendo de lo habitual, al principio no sientes vértigo. Y no lo siento, porque algo más fuerte hace de motor para que no me frene en seco y regrese de una vez al camino. Pero salirte tiene un coste y es transitar ese sendero que has abierto una y otra vez.

Pronto asumes que una hija trae consigo el estrechar muchos lazos. Y que ya no es tan sencillo como afirmar que no esperas comprensión sino respeto. Porque cada gesto es una nueva oportunidad para tensar o destensar dichos lazos.

Es necesaria la ayuda de una manada. Claro está. Pero las manadas, en sentido figurado, no se eligen. Y esta falta de capacidad para aceptar e integrar formas menos habituales de maternar, trae consigo el desconcierto, la sensación de soledad, intranquilidad y falta de confianza por todas partes. Esta inestabilidad se traduce en ataques y defensas que podrían acabar desembocando en aceptación y colaboración mutua, si finalmente se rigen con entendimiento y constancia. Pero no siempre sucede así.

La manada está ahí. Y es la que es. Y tú eres la que eres, con todo lo tuyo que, desde luego, no es poco. Otra cosa es que la vida te permita reconocerte en otras mujeres, hombres y vivencias estableciendo una valiosa relación de comadreo. Pero esto no cambiará que seamos quiénes somos y de dónde procedemos. Con lo dado y con lo cargado a hombros.

Me siento afortunada en muchos aspectos y esto no deja de ser una reflexión a partir del desconcierto que a veces siento al sucederse las cosas demasiado deprisa como para reubicarme. Y debo dedicar largas horas a lamerme las heridas.

Cuando sólo era yo tenía mi lugar bien construido y mis distancias. Pudo haber resultado más sencillo, pero ya había llegado. Punto.

Cuando fuimos él y yo, se creó un círculo sólo nuestro, porque ya se sabe que en temas de pareja mejor no meterse... y así flotamos juntos muchos años. Solos con nuestras mareas y calmas.

Pero llegan las niñas, y esa burbuja íntima se rompe al mundo, irrumpiendo bruscamente en ella una multitud. Y se olvida que ahí dentro estamos desnudos, que es un momento de crecimiento personal y que somos seres entregados a asentar las bases de nuestra nueva estructura familiar. Que no deja de ser un espacio ajeno y privado y, por tanto, dentro de él, me defenderé si me siento atacada o invadida. Y aseguro que no es difícil sentirse de este modo al despertar a la maternidad, tantas veces como te ofrezcas a ella.

Criar en manada es esencial y maravilloso. Pero para ello primero hay que integrar el grupo porque no se puede construir una vida hacia afuera y pretender de golpe regresar al centro, para permanecer en él. Primero habrá que resituarse y valorar la nueva piel, y con ella, la capacidad que tenemos para ser como somos y aceptar al resto tal como son en el nuevo rol que cada uno desempeña.

Y en el fondo, sé que tejo mi único modo, tan independiente, porque no me siento con ánimo aún para remover mis propios cimientos y restablecer una relación verdaderamente sana. Y a la vez, me turbo, porque deseo que mis propios abismos no interfieran, haciéndome sentir en deuda con mis hijas por ello.

Sería cuánto más sencillo si no hubiéramos perdido tanto queriendo evolucionar a cualquier precio. Pudiendo disponer del tiempo y atención que nuestras cachorras requieren permitiéndonos crear relaciones sólidas alejadas de la presión, protegidas de las demandas que nos impone esta sociedad que elije vivir de espaldas.

Pero esa realidad no existe y el sentimiento de pertenecer a una manada es algo intrínseco y poderoso que debemos cuidar. De modo que confiemos en lo inamovible: el amor. Amor para preservarnos en conjunto, gratitud para honrarlo y voluntad para que así sea.



Imagen from wallcoo.net



                                                             

lunes, 5 de enero de 2015

De Reyes, mentiras y niñas buenas

En esta época de buenos deseos y magia se me ha enquistado algo en alguna parte del cuerpo. No sabría precisar qué es ni dónde está. Pero me produce una angustia leve y continua. En especial cuándo trato con mi hija el tema de los regalos.

Se podría decir que ésta está siendo su primera Navidad vivida con absoluta consciencia de lo que sucede. Y por tanto, también la está disfrutando muchísimo. El brillo en sus ojos delata su impaciencia porque se suceda cada nuevo evento o reunión. Está siendo gozoso para nosotros también, que nos acabamos contagiando de su simpatía y felicidad. No es difícil agradecerle cosas a la vida junto a la risa de un niño. Y aún menos, si se trata de tus hijas.

Mi inquietud deviene en torno a los regalos. No tanto en cuanto a la amenaza/aprobación continua a la que se somete los niños en estas fecha con el rollo eterno de si han sido o no buenos, sino por la mentira que entraña la figura de Papá Noel o los Reyes Magos.

En relación al dilema que se le presenta con haber sido lo suficientemente buena como para recibir lo que desea. Trato de que entienda que ellos, los Reyes, no se olvidan de ningún niño/a y no tengo ningún reparo en explicarle que cuando un adulto le dice que si no se porta bien o no hace tal cosa los Reyes le traerán carbón, debe saber que eso es falso y que en realidad sólo desean que haga o deje de hacer lo que le están pidiendo. Todo esto adaptado a un lenguaje sencillo porque es algo que me interesa mucho que comprenda y ponga en práctica. Tengo claro que no se puede batallar contra esta corriente tan extendida, aunque no comprendo por qué se emplea en colegios, reuniones de amigos y familiares. Nunca falta el comentario y lo encuentro tan absurdo y fuera de lugar... ¡vamos a dejar ya a los niños tranquilos! ¡Dejemos que disfruten de este espectáculo que recreamos cada Navidad para ellos sin condiciones ni etiquetas!

Si os soy sincera, me entristece mentirle. Eso es lo que me ocurre. Encuentro tan inverosímil que un señor que viaja desde la otra punta del mundo en un trineo volador se cuele en casa para traer regalos, ni que decir de tres reyes cada uno con su camello, que me siento culpable por alimentar esta historia.

En nuestro día a día jugamos con la fantasía, cómo no hacerlo a los 4 años, inventamos aventuras increíbles, vemos vídeos que nos transporten y jugamos a ser diferentes personajes. Pero cuando me pregunta si existen las hadas, los vampiros o que si puede volar, por ejemplo, le explico que en la imaginación no hay límites y que con ella podemos hacer y llegar a donde deseemos. Pero que son ideas e ilusiones de nuestra mente. Fantasía.

¿Cómo puedo afirmarle que existe Papá Noel cuándo me lo pregunta directamente? Este año he cedido a la tradición. Hemos endulzado la idea de que unos seres extraordinarios irrumpen en nuestro hogar para traer regalos. Este año no he sido capaz de construir una verdad que sostenga tanta ilusión y magia como la gran mentira de los Reyes y Papá Noel. Pero me he sentido mal por ello. Siento que la traiciono cuando busca mi confirmación al contarle a quién le pregunte que ha podido ver a Papá Noel (por una representación en casa de unos familiares). Aunque sus ojos brillen de alegría, aunque haya sido algo especial para ella. El hecho de mentirle para que ella se sienta reafirmada me provoca un sentimiento agridulce. Al fin y al cabo, ella no miente. La tramposa soy yo.

Ya veremos cómo seguimos en los años que quedan por venir. Mientras tanto sigue portándote tal y como eres, escribe tu carta de deseos, cuéntale a quién quieras tu verdad.. y no olvides dejar hierba y agua para los camellos esta noche.



Ilusión de Belén hecho con chocolate. 
Museo del chocolate Galleros Artesanos. Rute.