viernes, 7 de agosto de 2015

Re-Concilia-acción

Voy a hablar de conciliación, aún sin contar nada nuevo, tengo la necesidad de expresar lo que siento. Estos últimos días he vuelto a debatir acerca del tema, conversaciones a golpe de móvil, intercambio de visiones, afianzar lazos e ideas. Me he vuelto a sentir comprendida y fuerte, he vuelto a sentir latir al león y a agradecer su rugido.

La conciliación, o mejor expresado la falta de ésta, es una de mis batallas abiertas, ya se sabe, no se puede estar en todo para no perder fuerza.  Y mí visión se ha ampliado con la llegada de mi segunda hija. Nuevas limitaciones ante viejas circunstancias. Vivir con los días acoplados al minuto.

No es una queja a modo personal, dispongo de un buen horario y comprensión en la empresa, sino el deseo de expresar que hay medidas que, a nivel general, deberían ser valoradas. La racionalización de horarios es algo que debería haberse implantado hace tiempo y ni siquiera existen propuestas políticas en nuestro país, donde la jornada partida continúa siendo la más extendida y la que ofrece peores resultados. Arhoe, lleva años luchando por ello de manera seria, si alguien está interesado les recomiendo consulta su web o contactar con ellos. Una jornada de ocho horas diarias dividida en dos tandas no puede ser compatible con el cuidado de los hijos, o de cualquier otra persona que requiera de atención. Si al menos uno de los progenitores goza de jornada intensiva, gran parte del problema estaría resuelto. Pero no todas las familias son iguales y las circunstancias pueden ponerse muy en contra según sea. Y aquí hablo sólo del cuidado básico, no vayamos a tener en cuenta la necesidad de estar junto a nuestros hijos y acompañarles mientras crecen.

Hablemos ahora de la falta de protección a la infancia. En este punto, a mi parecer, es donde se aprecia la mayor carencia de nuestra legislación y conciencia social. Se mantienen leyes y proponen iniciativas siempre en el mismo sentido: cuidar a los niños mientras sus padres cumplen la jornada. Guarderías, centros de estudio, escuelas de verano, públicas o privadas, ampliando horarios y ratios con el fin de asegurar a los padres un espacio “adecuado” donde se ocupen de sus hijos durante su ausencia.  “Adecuado” porque habilitado para menores no tiene necesariamente que ser sinónimo de adecuado. Para mí no hay nada más adecuado que un niño acompañado de sus padres, los dos o uno sólo, al menos. Ese es su lugar natural, ese es el lugar que deben ocupar unos y otros, estableciendo contacto, educando, aprendiendo, enseñando. Ese exactamente. Lo demás son apaños.

Que no se contemple esta necesidad me entristece y esa tristeza acaba transformada en frustración, porque desde hace años voy profundizando en el tema de la conciliación y he conocido historias realmente trágicas y he podido presenciar cómo se aparta la mirada ante este hecho. No existe una conciencia social de cuidado al menor, existe una conciencia de cuidado a los adultos. Eso sí. Y de paso si se cuida al menor, pues tanto mejor, pero no se plantea este hecho como la finalidad de la mayoría de las acciones que se llevan a cabo en nombre de la conciliación.

Se habla de conciliación y todo el mundo desea arrancar un pedacito de este derecho que siente que le están robando. Todos deseamos más tiempo para nosotros, el día nos parece corto y los minutos demasiado preciados. Pero tener hijos, o personas a tu cargo, es un plus. Un plus que se vive como una renuncia, no porque lo sea, que no lo es sino más bien una adaptación, pero socialmente se nos empuja a sentirlo así y lo tenemos asumido. La maternidad implica renuncia. Si tienes hijos pierdes libertad e identidad. Tu tiempo es para ellos. Podría sonar bonito, pero no lo es. Dispones del tiempo que tus obligaciones te dejan libre. Es decir, arréglatelas para hacerlo lo mejor que puedas.  Las madres (aunque emplee este término también me refiero al padre o tutor) no tenemos reconocido ningún derecho que acoja toda una serie de situaciones reales que se presentan en relación a nuestros hijos y esto, finalmente, repercute en nuestra vida profesional porque se deja en mano de la relación que cada trabajadora mantenga con la empresa. Es decir, favores. Y me refiero a imprevistos: niños enfermos, locura para “colocarlos” mientras trabajamos cuando claramente necesitan nuestros cuidados y presencia, salidas al pediatra, adaptación en escoletas y centros, etc. Por favor, que esta situación se normalice ya, ¿no creéis? Como primeros responsables del bienestar de nuestros hijos ¿no pensáis que debemos ser quiénes se hagan cargo de ellos cuando enferman?... pues no, siempre existirá una opción B y como nos acostumbramos a todo, se pasa página.

Con esto quiero plasmar la impotencia de ver cómo el tener menores a tu cargo supone asumir una postura de favoritismo en el ámbito laboral, de manera que a menudo se crean conflictos entre compañeros por el hecho de entenderse este punto como un privilegio por disponer de cierta flexibilidad (si es que la hubiera). El principal argumento empleado por quiénes no tienen hijos ni personas a su cargo es que también tienen asuntos que atender. Es comprensible. Pero este argumento no excluye a las personas con hijos. Al margen de los hijos también se tiene otros asuntos que atender, y otras inquietudes y otras necesidades. Y tampoco se dispone de tiempo para ello. Porque el tiempo que esa madre (o padre, repito) se ausenta de su puesto de trabajo no es para su propio cuidado o beneficio. Atender a un hijo en la enfermedad o llevarlo al pediatra es un derecho que todo menor debería tener reconocido. Si continuamos alimentando estos argumentos jamás se romperá esta cadena de favor y deuda hacia compañeros y superiores. Pero parece ser que tragar con ello también viene en el pack de madre trabajadora.

Las pocas medidas de las que podemos disfrutar para el cuidado de nuestros hijos se reducen a los permisos por maternidad y paternidad, escasos ambos. Cualquiera que haya estado en contacto estrecho con un bebé sabrá que con 16 semanas no está preparado para estar separado de sus padres. Ni la madre tampoco lo está (pero este tema da para otro texto propio).  Cualquier argumento que deseen vendernos y queramos aceptar se desploma ante el instinto y el sentido común.  El permiso de lactancia me parece poco más que una excusa para poder alargar un poco más maternidad y así aproximarse, al menos, al mínimo que sugiere la OMS en cuanto a lactancia materna exclusiva (6 meses) que además debería ser a demanda. Poder compaginar lactancia materna y trabajo es posible pero puede resultar una odisea si decide tomar la hora diaria que nos corresponde hasta que el bebé cumpla 9 meses. Muchas mujeres abandonan la lactancia en este punto por falta de medios y apoyo. La reducción de jornada por cuidado de hijos, sería una buena opción sino supusiera en la realidad un motivo de discriminación laboral. Al igual que las excedencias. Vamos, que si no trabajas para el Estado es bastante probable que tu situación laboral varíe, y mucho.

Hay muchísimo por hacer, cierto. Pero hay aún mucho más por entender. Y ahí es donde me vuelco. Deseo colaborar en construir una sociedad más sensible a estas necesidades, ciudadanos que empaticen con los menores (y sus padres), que crean en fortalecer las relaciones desde los cimientos. Nos pasamos media vida tratando de solucionar lo que estropeamos en la otra media. Me conformaría con que comenzásemos a verlo. La maternidad no debería llevar implícita una renuncia, porque es una oportunidad para el presente y para el futuro. Y la tenemos ahí, día a día, a nuestro alcance.





miércoles, 27 de mayo de 2015

Ojos de luna

Comenzó temprano a llamar al cuerpo, que sabio y constante, emprendió poco a poco el camino. Tras un embarazo en el que me paralicé por el miedo, ansiaba recobrar la calma y conexión para poder recibirla.

Habían sido unos meses intensos marcados por la enfermedad, la incertidumbre y la indecisión. Francamente, tenía ganas de llegar ya al final. Por eso no me sorprendían las contracciones semanas antes. Avanzábamos, nos frenábamos. Estuvimos jugando con el momento de abrazarnos.

Me recuerdo inquieta. Agitada por mi salud, acariciando mi vientre en un gesto de protegerte. Me recuerdo en lágrimas, cansada. Cargando con la preocupación de tu bienestar a pesar de lo acontecido. Me recuerdo encerrada, impaciente al final. Deseando verte y poder cerrar esa etapa tan delicada.

Me recuerdo buscando mi centro. Aquel punto de equilibrio que te amansa. Me recuerdo en largos paseos, música andante, mirar el mar, los acantilados y meter mis pies en el agua, aún fría, de mayo. Nunca olvidaré aquel día en que ya sangrante paseé hasta la orilla del mar y allí, sin haberlo planeado, bajé entre las rocas hasta sentarme en una de ellas. Me descalcé y sumergí mis pies en el mar. Aquella mañana me serené, al fin, sabiendo que si de verdad así lo sentía se abriría ante mí la posibilidad de tener el parto que deseaba y que una vez aceptara las circunstancias podría dejarme ir en paz conmigo misma a su encuentro

Me recuerdo desnuda. Bailando. Soltando las caderas. Recuperando una canción que de pronto regreso a mí, a nosotras y que acogí como se recibe lo que una espera. Era evidente que necesitaba soltar, soltar, soltar. Soltar los miedos, soltar la culpabilidad, soltar el timón. En definitiva.

Y así fue como abracé la certeza de su llegada. Las contracciones iban y venían. Suaves. Fuertes. Me fui a dormir y descansé.

Pasó o no pasó el día señalado, no podremos saberlo y tampoco nos preocupó entonces. Me levanté temprano para llevar a B. al colegio. Y al despertarla le susurré que su hermana iba a llegar hoy. Iba preparándola y se me escapaba una sonrisa entre contracciones. “Cariño, no estoy para conducir. Ven a por la niña y avisa que no vuelves al trabajo”.

Me recuerdo tumbada, en mi deseo de soledad, acogiendo las oleadas con intimidad. De un lado, de otro. Serena. Contando. Una, dos, tres. Aún espaciadas. Acariciando mi vientre en una despedida. Jose, sube, quédate a mi lado”. Una ducha, un zumo, un puñadito de almendras. Un masaje entre giro y giro. Dejo vibrar mi voz con las oleadas, eso me relaja y suaviza la intensidad. En una gran ola siento calor entre mis piernas. Creí haber roto aguas pero no. Era cálida sangre lo que corría. A pesar de ser irregulares partimos hacia el hospital. "Un momento, debo llevar un trozo de confianza conmigo" y agarro una pulsera confeccionada con mimo y amor gracias a mis comadres. Nuestro amuleto.

Siempre afirmaré que el traslado al hospital supone un gran trastorno para la mujer que va a parir. Si vas demasiado pronto te mandan de vuelta a casa, si vas a la mitad tienes más probabilidades de que se interfiera y si vas bastante avanzada, francamente, no estás para ese trámite.

Me recuerdo bajando del coche y caminando sin esperar a Jose. Mayo. Ibiza. Centro de la ciudad a plena luz del día. Llego. Hay que esperar a que venga la matrona. Me mantengo en pie y me dejo colgar en el hombro de Jose con cada contracción.

Por fin pasamos. En espera otro rato. Comienzo a impacientarme. La intensidad es fuerte pero siento que J. se mueve y eso me calma. Llega la matrona, nos presentamos. Me dice: "tranquila, ya sé quién eres y lo que deseas. No hay ningún problema". Sonrío y caminamos juntas hasta paritorio.

Me cambio. Me reconforta encontrarme de nuevo en un lugar oscuro y protegido. Sin ruidos, sin gente. Sólo ella y yo, mientras Jose se preparaba. Balo con las contrataciones, ella me anima. Los monitores confirman que J. está bien y me relajo completamente.

Me pregunta si no me importa que haga un tacto suave de reconocimiento, que si yo lo deseo será el último. Sonrío y acepto. Antes de proceder me pregunta por la bolsa. “Creo que está íntegra, diría que sólo arrojo sangre”. Ella tiene sus dudas. Me pregunta qué deseo hacer y le digo que no quiero que lo compruebe, no deseo que se rompa la bolsa. El tacto confirma que la cabeza ya está ahí, lo cual no me sorprende en absoluto.

Me anuncia que cuando sienta ganas de empujar lo comunique. Continúo serena. mi hombre ya a mi lado. Entra la enfermera que también nos va asistir, reconozco su cara. Nos sonreímos en silencio. Siento gran presión en la vejiga, aviso de que vamos al final.

Me incorporo ligeramente. Él me sujeta. Se adapta la camilla haciendo descender ligeramente la parte de los pies y aprovecho para colocar el pubis en el filo y apoyar la planta de los pies con firmeza, adoptando una posición de cuclillas. Un pujo. Me pide que contenga para proteger mi periné. Siento la fuerza arrolladora abriéndose paso y con la cabeza indico que no puedo contenerla. A pesar de la postura no tengo visibilidad. La matrona me confirma que tenía razón, venía en su bolsa.

Al abrirla las aguas estaban ligeramente teñidas, un instante delicado de transición y en seguida su llanto y su cuerpo sobre mí. Desnudas una junto a la otra. Sus ojos grises. Su tacto delicado. Permanecimos largo rato así, acurrucadas piel con piel. Ella mamando, ¡qué sabia J. desde el primer minuto, qué instinto de supervivencia! Su padre a nuestro lado. Asombrado, feliz, dando aliento y protección.

Su reconocimiento no fue inmediato. Expulsé la placenta con ella sobre mi cuerpo. Placenta que guardamos  y trajimos a casa con nosotras. Placenta que sustentó su vida en mi interior. Órgano canalizador al que tanto agradecemos.

Me recuerdo enamorada. Relajada tras la tensión. Feliz de que estuviese bien. Feliz de que hubiera fluido sin intervenciones. Feliz de un segundo parto natural, intenso, puro. Orgullosa de ella, por su fuerza, su aguante, la estancia en mi vientre tan distinta a lo que yo hubiera deseado. Le debía una llegada al mundo en paz conmigo, en paz con el personal sanitario, en paz con la vida. Le debía unas horas serenas para reconocernos, para susurrarle cara a cara mis miedos pasados y disculparme sosteniendo su mirada. Le debía un manto de besos y arrullos. Y todo eso y mucho más, se lo entregué en tranquilidad y soledad. Tan sólo acompañadas por su padre a escasos metros de distancia. Fue un inicio hermoso y sanador. Pero ante todo fue un inicio justo.

Mi dulce J. que llegó con su serenidad y gran presencia. Poderosa toda ella. Expresiva y cercana. Mi preciosa J., enmantillada, luz de vida. Te sabía así, con tu inmensa capacidad de acogida. Gracias por aceptarme. Te cuidaré, ojos de luna, toda mi vida.





PD: Gracias a todxs lxs que nos acompañasteis en este viaje. Quiero agradecer especialmente el gesto de Maribel, gracias por hacerlo más fácil allanando el camino. A Bea, la matrona que nos atendió. Y a mis comadres, por la energía volcada.

viernes, 27 de marzo de 2015

Donde reside el amor

En la mirada que sostenemos al preguntar qué tal el día. Ahí reside el amor.

En el roce de nuestras manos al entregarnos a la niña. Ahí reside el amor.

En los pensamientos.

En la sonrisa que se nos dibuja al observar como el otro interactúa con nuestras hijas.

En el respirar silencioso de la noche.

En el abrazo de los buenos días.

En comprar el alimento que el otro disfruta.

En dejar para el otro una toalla templarse aguardando en la ducha.

En una imagen o enlace compartido por móvil, que decimos más en el gesto que el propio contenido.

En dormirnos en el sofá.

En arañar juntos cinco minutos más al despertador.

En ocupar los espacios que el otro habita.

En saber que nos mantenemos a flote, a pesar de los cambios.

En reconocernos en los gestos o palabras de nuestras hijas.

Juntos. Como quien recoge los pequeños tesoros de la vida para hacerse algún día con collar con ellos.

Ofreciéndonos lo que somos estando al límite. Explorando ese límite. Bordeando sus cantos hasta encontrarnos. Tarde, pronto. Encontrarnos.

Salvando distancias con sonrisas. Suavizando la adversidad de dos ritmos distintos, dos etapas distintas transcurriendo a la vez. Acomodándonos a las pausas y los silencios.

Escogiendo los instantes. Enmascarando deseos para que el otro descifre. Trazando una línea entre el querer y el poder, para desafiarla si no nos vence el sueño o se interpone un abismo. Reafirmándonos en el orgullo de criar juntos a dos niñas.

Desde lo más profundo de mí, ahí donde entraste con fuerza para echar raíces, hasta el mensaje escondido de estas líneas.

Ahí reside el amor.

Diario, suave. Continuo o en pausa. Nuestro siempre.




Colo Villén