sábado, 27 de febrero de 2016

Frío

Ya no escribo. Ni sueño.

Por instantes, si cierro los ojos, las palabras me inundan. Y no puedo frenarlas, me hacen añicos desafiando a esa parte de mi mente que se mantiene alerta, la que controla, la que mide, la que valora los riesgos, la que últimamente está presente y ganó terreno. La que ha asolado.

Cuando admiro, cuando emerjo. Cuando inspiro, si me adentro. Aprovecho la corriente para acercarte algún verso. Y alguien murmulla en mi puerta. Un paso más. Silencio.

Llegan las amapolas.

En su presencia me pregunto: ¿en qué momento comencé a incomodarme con el contacto ajeno? Yo, que amaba los besos.

Me he vuelto temerosa. Y ya se sabe: el miedo, paraliza. Me asusta que los acontecimientos se precipiten. Me asusta no tener un atajo, un secreto que contarme. Me asusta mencionar un nombre y no reaccionar. Me asusto del viento.

¿Por qué de entre todas las mentiras escogimos la primera?

Si lo que teje este mundo no es más real que el aquí y ahora. Que el tomar de la mano a una amiga, que una mirada diminuta o un mar de dudas. ¿por qué deshojo mis flores?

Amapolas delicadas y este viento...

No me gusta esta estación. Ni el frío. Ni dormir sola.

Las palomas de mi ciudad andan lentas, faltas de reflejos. No aman la vida. Se nota que se alimentan de nuestros despojos.

Ojalá lloviera fuerte, durante días. También fuera de mí.

Colo Villén



jueves, 14 de enero de 2016

Conciliación, Congreso, opiniones. Y una teta.

Se coló un bebé en el Congreso. Un bebé que toma teta. Y además con seis meses, que socialmente parece ser una edad suficiente para estar sin su madre y sin mamar, por supuesto.

He leído algunos comentarios que verdaderamente me han sacudido. Y lo más hiriente es que todos ellos provenían de otras mujeres. Mujeres muy diferentes entre sí arrojando su suporioridad sin filtros. Y yo sigo preguntándome qué es lo que nos remueve así al ver que otra mujer afronta su maternidad de manera distinta a la nuestra. No me excluyo. Reconozco que se me hace difícil comprender que una madre opte por separarse de su bebé al poco tiempo de nacer. Puedo respetarlo y he demostrado que lucharé igualmente para que su elección sea respaldada y posible. Pero no lo comparto.

Que exista un servicio de guardería a su disposición no implica que deba usarse, como se ha insinuado. Que pueda quedarse bajo el cuidado de otra persona, sea quién sea, no implica que deba hacerse. No son más que opciones.  Tan válidas como llevarlo consigo. Sea Carolina Bescansa o sea quien sea. La diferencia es que ella ha podido hacerlo y millones de mujeres no podemos.

Claro está que se trata de algo puntual, no estamos preparados para ralentizar nuestro ritmo hasta ajustarlo al de los niños. Y por lo visto tampoco lo estamos para aceptar lo más básico: el cuerpo de la madre como primer hogar y alimento, la necesidad de recibir y dar protección, el apego.

Desconozco si de manera subyacente pretendía o no reivindicar la necesidad de replantear las medidas conciliadoras vigentes, y de paso también las propuestas, pero el simple hecho de no negarle el pecho a su hijo por estar donde estaba, ni esconderse, ni justificarse por ello ya merece mi simpatía. ¿Sabes Carolina? Yo tampoco me escondo. Si mi hija quiere pecho ahí estoy. En la calle, en reuniones, en restaurantes, en la cafetería del trabajo si su padre la acerca. Y también lo haría en el Congreso. Porque creo en esto. Sé que ella no entiende de convencionalismos, ni falta que le hace. Y no le niego, ni me niego, el placer de ser mamíferos. Se llama instinto.

En cuanto a lo que opinen los demás... ¿Conocéis el refrán Ande yo caliente ríase la gente? Pues lo mismo pero con la teta.

Colo Villén


domingo, 13 de diciembre de 2015

Cachete y violencia

La violencia hacia los niños está ampliamente justificada. Desde los gritos, insultos e intimidaciones hasta el abuso corporal, no el sexual; que afortunadamente es un aspecto condenado por la sociedad al completo.

El castigo físico no sólo se camufla y acepta en el ámbito familiar sino que durante muchos años fue una práctica extendida en el mundo adulto, pudiendo actuar de manera agresiva incluso profesores y personas a cargo de hijos ajenos. Esto también ha cambiado. Lo que me sorprende es que no sea hasta hace relativamente poco cuando se recogiera el derecho a la protección de menores y se penalizaran este tipo de actos.

Pero una cosa es lo que dicte la ley y otra lo que se cueza en cada hogar y familia.

Deseo pensar que aquellos adultos que emplean la violencia física con sus hijos son, a su vez, víctimas de sus circunstancias y que, probablemente, arrastren su propia historia de violencia infantil de la cual no han sabido desprenderse. No lo comento a modo de pretexto, golpear a un hijo/a no es un hecho justificable. Agredir a un hijo/a es, principalmente, una derrota.

Deseo pensar que aquellos adultos que emplean el castigo físico, no sólo a modo de reprimenda o escarmiento sino como una vía de escape ante su propia frustración, que puede o no estar vinculada a la conducta del niño, son o serán capaces de apreciar el abuso en sus actos, recapacitar y tratar de reconducirlos. Porque, dejadme que os cuente, no existe el cachete a tiempo. No. Es una excusa a la que agarrarse cuando se va la mano o cuando no se desea emplear otros recursos más respetuosos (y más efectivos en su esencia). No se corrige con golpes, palmaditas, cachetes en el culo, pellizcos, empujones o tirones. No. Lo que se enseña es que la violencia es una forma válida de imponer nuestra voluntad. Lo que se inculca es miedo, inseguridad, sumisión e, incluso, rencor; sentimientos bastante distantes al respeto. Lo que se trasmite es que tú haces o dejas de hacer lo que yo digo porque soy más fuerte, porque te hago daño y si vuelve a ocurrir ya sabes lo que hay.

Muchos adultos se escudan en el clásico "A mí me pegaban y no me ha pasado nada". Francamente, lo dudo. Dudo que una infancia con muestras de violencia sea igual a una sin ella. Aunque sean pocas. Dudo que la visión de nosotros mismos, como niños que fuimos, se cree por igual con o sin violencia. Dudo que el respeto hacia nuestro cuerpo, como dueños únicos de él, se forje del mismo modo con o sin violencia. Dudo que el amor hacia quién nos agrede, en nuestra más tierna vulnerabilidad, se afiance del mismo modo. Se podrá camuflar, disfrazar de protección, etiquetarse a uno mismo como un niño/a bastante "trasto" e incluso saberse en paz tras haber transitado el perdón. Pero no digáis que es igual.

Habrá muchas formas de normalizar y asimilar la violencia cuando se sufre en la infancia. Pero me cuesta creer que ésta no deje huella. Se crean relaciones marcadas por la subordinación, la falta de amor propio, inseguridad y resentimiento. En realidad, hay que ser muy hábil para resultar un adulto "normal" arrastrando tanto.

Me gustaría que se reflexionase seriamente sobre esto. Que aquellos adultos que agreden o hayan agredido físicamente a sus hijos sepan que tienen una deuda moral con ellos, que les deben un perdón: pronunciado, reconocido. Que se sientan capaces de volver la vista atrás por si vislumbran huellas de su propia historia y resituarse. Tirar del hilo o no. Lo importante es no perpetuar esta conducta. Todo podría tomar otro rumbo. Detenerse ante un pronto. Gestionar, a la vez, la propia frustración.

Hay que ser muy valiente para ello, lo sencillo es pensar que no afecta. Que se es tan "normal" y así, continuar justificando el abuso y la violencia. Aunque teniendo en cuenta que en nuestra sociedad dentro del concepto "normal" entra cualquier cosa que no desemboque en tragedia, no me sorprende que expresiones de este tipo sean aceptadas: "No se hace nada malo” “Así aprenderán” “Me duele a mí más que a ti” “Es por su bien". Nada tan incongruente. Por su bien, hazle saber que nadie tiene el derecho a agredirle, que nadie tiene derecho a abusar de él y que existen otras maneras de poner límites y gestionar la rabia.

No hablo de una falta de cuidado y amor a los hijos. Sería ya llegar al abandono y el trato más vil. No digo que no exista amor en estas relaciones, digo que no lo sustentan ni son actos que lo cultiven. No se puede inculcar respeto infringiéndolo. Es mero sentido común.


No deseo cerca a quién me lastima, no me siento segura junto a quién me daña intencionadamente. ¿Qué nos hace pensar que un niño/a siente de otro modo? Si ellos pudieran elegir, diría lo tendrían claro. Son seres dependientes, necesitan de nosotros para subsistir y nutrirse, también emocionalmente. Es una gran responsabilidad, pero también, un gran privilegio.