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lunes, 12 de marzo de 2012

Mi otra yo

Se despejan los velos
O, al menos, trato de apartarlos con mis manos.
Y creo distinguir algún halo, dentro de la claridad que resultó ser menos.
Recibo ese calor en forma de luz,
blanca, amarilla, naranja
en el centro de mi pecho.
Sí, parece que algo en mi interior desciende hasta la planta de los pies, sorteando piedras para desbloquearme a su paso.

No es la primera vez que este remolino me invita a subir, hace unos meses me rozó, pero fue pasajero. Una breve renovación para poder sucumbir al invierno de lleno. Esto es diferente. Entiendo que confluyen muchas cosas en una sola finalmente, cambios en mí, en mi ciclo, en mis seres queridos, en mi adorada Cereza, siempre tan unidas. En las últimas semanas algo, ahora ya palpable, se acomodaba en mi mente haciendo saltar el color de las cosas por momentos, cambiando sutilmente algunas frecuencias, acariciando unas alas adormecidas, tranquilas, tal vez perezosas. Vivía inmersa en un bucle denso, de colores ocre, marrón, tierra y grana y lo encontraba hermoso en su aroma y sabor dulce, de recogimiento, de tardes ovillándome bajo la manta, de abrazar mis tobillos. Tal vez el polvo mágico de la primavera me esté impregnando con sus primeras partículas, anunciándome lo que está por llegar, animándome a abrirme también, al son de sus flores, sus colores, sus insectos y aves.

Como un impulso, este aliento se va apoderando paso en mí, empujándome a avanzar con sentimientos y actos minúsculos, a estirar mi cuerpo cada mañana, a regarlo de agua, a adentrarme despacito en la nueva estación para poder recibirla en plenitud cuando me alcance. Una actitud de limpieza, recogiendo lo que ya no es preciso con cariño, agradecida por lo que fue, a pesar de lo que supuso o suponga, a pesar de encontrarme cuesta arriba, a pesar de las voces, los días y el letargo.

Hoy puedo admitir que me siento en cambio, con toda su fuerza. Que vivo desde mi centro, reafirmándome en lo que soy y siento en la medida en que lo acepto. A veces, necesito detenerme para abrazarme a mí misma, largo y tendido. Escucharme, darme tiempo, respirar… Y continuar, aun sin desperezarme del todo, porque me siento valiente en los primeros pasos. Salir de mi cueva, solo mía, la cueva de mi mente. Vibrar con el aire que me recorre, cerrando los ojos para repartirlo bien. Sentir la tierra que piso, el espacio que ocupan mis ideas, el alcance de mis sentimientos… solo yo… un segundo después, llega la risa.

Estoy decidida a dar un vuelco, retomar las riendas con el relevo de mí misma, mi otra yo, la que aguardará hasta que amarilleen las hojas de nuevo, la de color avellana, la que a veces se abandona. Subiré al bote del mar de mi sangre para honrar el hogar que es mi cuerpo y dar la bienvenida a quién soy en la búsqueda de quién fui o seré. Recogiendo ya las primeras flores de este camino de encuentros y desencuentros, flores rojas, intensas, amapolas de mí. Sin cesar de pasear, con los cascabeles de mi mente, mirando el blanco. Sólo y todo blanco que crece. Sabiéndome a salvo entre las amapolas que me mecen.

Compasiva y guerrera de mí misma.
Amante, enamorada
Pensativa…
Con mi cesto de frutos preparado, me adentro en mí para salir de mí.








  

lunes, 15 de agosto de 2011

El paseo

La vida sigue su curso, continúa y es maravilloso estar presente para comprobarlo.

Durante los últimos años, salir a pasear junto al mar, cerquita de casa, se ha convertido en uno de los mejores momentos del día. Me doy cuenta de que es un momento especial para mí, unos instantes de conexión con la belleza, de calma, de alegría. Me despejo por completo. En los meses más fríos suelo hacerlo durante el día, aprovechando la luz clara de la isla. Ahora, en cambio, casi siempre nos acompaña la luna, cogiendo altura para tomar el relevo al sol que se despide por su sendero de tonos púrpura. Sé que hay lugares más mágicos, pero este mi sitio y es una sensación tan reconfortante que no lo cambio por otro.

Es un paseo que trato de no descuidar, por lo que a diario me encuentro allí, a la verita del mar. Ahora me maravillo del paso de los años, de los cambios que vamos conformando con ellos. Me recuerdo paseando jovencita, apresurada, risueña, soñadora como ahora, recorriéndolo sola, con amigas entre risas contagiosas, compañeros de clase, vecinos, hermanos.

Me recuerdo adulta, más serena, disfrutando de las lindas noches de verano, paseos y confidencias con mi prima, entrañables momentos.

También junto a mi pareja, en silencio, charlando, de su mano, planeando, soñando, amándole. Estos paseos cobraron otro sentido durante el embarazo. Se hicieron más largos, más cariñosos, más cargados de ilusiones compartidas.

Recuerdo el largo paseo en la mañana fría del día que la Cereza llegó al mundo, las dos solas, tomando consciencia, escuchando música, hablándole, sintiendo el viento, pisando con valor, comunicándonos sutilmente.

Y ahora lo hacemos de nuevo una junto a la otra, me siento agradecida porque no sea de otro modo. Disfrutamos ambas. Me asombra cómo vamos adaptándonos a las nuevas necesidades. Los primeros paseos en el fular, acurrucadas, mamando, cantando, susurrando, explicándole, ahora desde fuera, el lugar tan bello y especial que nos arropa.

Crecieron sus inquietudes y pasamos al carro. Ella tocaba las plantas a un lado, hablaba al mar, aleteaba con brazos y piernas de pura emoción, reía con perros, gaviotas, palmeras y aviones mientras merendaba. Y de pronto un nuevo cambio, quiere ser ella quién lleve el timón (por si acaso yo lo dudaba), desea ir a pie, tomando mi índice como guía, empujando ella el carro, parándonos en la arena para rescatar y lanzar conchas, apresar granitos, esponjas secas, piedras, hacernos cosquillas y acercarnos a la orilla. A veces, también nos acompaña su padre, mi amor,  y son momentos diferentes, lindos, me enternece verles juntos. Me permiten sentarme a un lado, respirar, recogerme en mí sin dejar de estar presente y yo me pregunto si también ellos se sentirán a gusto, en paz y en casa al admirar desde allí la bahía en calma, las olas rompiendo a lo lejos, la inmensidad del mar y el cielo e incluso, a veces, hasta el embrujo de la luna llena.




sábado, 30 de julio de 2011

La Casa del Sol

Y ahí estábamos, sobrevolando las nubes.

Hace poco os hablaba del miedo que sentía a volar y de que era inminente de nuevo. Parece que  ha resultado una experiencia, si no placentera, sí agradable esta vez.

La noche antes dormí a intervalos, algo inquieta, pero una vez allí, comencé a explicarle a la Cereza lo que iba a suceder a continuación. Es algo que me gusta hacer desde antes que naciera, explicarle lo que hacemos. Creo que es hermoso y que de algún modo, aunque no alcance a comprender el significado de las palabras,  por mi voz, mi entonación y sobre todo, por saber que me dirijo a ella, este intercambio le tiene que llegar de algún modo. Estoy segura de que agradece este gesto hacia ella. Por mi parte también me ayuda a tomar consciencia de la comunicación entre nosotras, al no considerarla como un ser que no alcanza a comprender y privarle por ello de mis palabras para ponerla en situación mientras descubre el mundo.

En esta ocasión le explicaba que íbamos a subir a un avión. Le mostraba esas inmensas máquinas voladoras desde la cristalera de la puerta de embarque. Le contaba cómo íbamos a coger gran velocidad para tomar rumbo al cielo, atravesando las nubes incluso, para llegar a la Casa del Sol y, una vez allí, flotar venciendo a la gravedad hasta volver a tomar tierra firme.  Le hablé del rugir de los motores que precisan tomar la energía necesaria para lograr su objetivo. Le hablé de la fuerza que generan y el impulso que la pegaría a mí. Le hablé de las posibles molestias que podría notar en sus oídos, que todo eso era normal. Le dije con cariño que sería una experiencia maravillosa y que me tranquilizaba que estuviese junto a mí.

Creo que lo comprendió, porque al comenzar a zumbar los motores se hizo pequeñita en mi regazo y buscó mi pecho para mamar suavemente, rodeándome con su otra manita la cintura, sin miedo alguno. Sosteniéndome la mirada fue entornando los ojos hasta quedar así, suspendidas las dos en medio del mar y el cielo, serenas ambas. Creo que su intención era precisamente esa, serenarme a mí y cuando pudo comprobar que el compás de mi corazón era pausado, sólo entonces, se abandonó al sueño en mis brazos mientras cruzábamos el Mediterráneo. Gracias mi vida, contigo todo toma otro color.

miércoles, 13 de julio de 2011

Superar los miedos

En estas me encuentro. Desde hace unos días tomé la decisión de hacer pronto algo que me da pavor: volar en avión.

Sé que son muchos y muy buenos motivos para no temer de esta manera el desplazarme por los aires, pero no lo puedo controlar. Ni que sea el medio más seguro, ni que sea normal encontrar baches, ni que mi coche haga el mismo ruido y cruja más. Si se tratase de lógica y comprensión, no estaría todo perdido.

Vivo en una isla, casi siempre ha sido así y son muchas las veces que he tomado un vuelo. Por suerte, desde jovencita empecé a disfrutarlos. Volar entre las nubes, ver los rayos de sol filtrarse, la bonita sensación de sentirte en casa desde las alturas, los reencuentros, las expectativas... suena hasta romántico. Hasta hace unos años, ahora sólo veo el Apocalipsis. Imagino que el sufrir una avería en pleno vuelo ayudó mucho a crear esta fobia, por no decir que, desde entonces, sueño que caen los aviones como mosquitos a mis pies.

Sé que recrearme en esto es algo bobalicón e infantil pero siento una mezcla de temor y excitación, en plan “que llegue ya y que sea lo que sea”. Además será nuestro primer viaje en avión con la niña y lo primero es que ella esté bien, tranquila, que sea agradable (no se vaya a traumatizar también, tan pequeñita). Siendo franca y optimista, lo que va a ocurrir es que tendremos un vuelo tan espléndido o tan entretenido que se convertirá en un reencuentro con el medio y, quizá así, pueda desterrar este temor, que no el respeto.

Superar otros miedos ya es otro cantar. Como el pánico, horror, terror más grande que tengo a las gallinas. Insuperable a no ser que el día de mañana la Cereza desarrolle un amor irrefrenable por estos seres. El miedo a ser una misma, que parece que con los años se va yendo solo. Y el miedo al rechazo, a menudo cogido de la mano al anterior y que es un miedo absurdo e inútil porque se pasa peor temiéndolo que afrontándolo.

Lo bueno de estas trabas de una misma es que al final siempre, ocurra lo que ocurra, acabas pensando que no era para tanto y, sin pretenderlo, creces un poco más con la experiencia. Voy a ver si me aplico el cuento.


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sábado, 18 de junio de 2011

Animal de mar

La Cerecita es animal de mar, no me sorprende porque es mucho más hermoso y salvaje que cualquier piscina. Hemos pasado una tarde maravillosa. Aplicando lo aprendido, nos hemos sentado en la orilla, algo apartados, inspeccionando la arena, su textura, su aspecto de cerca, su sabor, como no. Jugando con las algas, regalando sonrisas a las caracolas. Y así poco a poco, llevándome de la mano se ha ido adentrando en el mar, a grandes zancadas, haciendo bailar el agua a nuestro paso.

Ha sido una de las tardes más bonitas de mi vida, juntas en el agua, saltando sobre mí, besándome, alternando el sabor a sal con dulces sorbitos de teta.  Jugando a escoger algas y piedrecillas con su padre, daba gusto verles, qué ternura!

Al atardecer, nos hemos secado sobre las rocas mirando al sol para luego acurrucarnos en la arena, ella mamando y papá abrazándonos a las dos hasta dormirnos. Me sentía en paz, agradecida y feliz.




viernes, 17 de junio de 2011

Impaciencia

Esta mañana, rondándome algo en la cabeza, de pronto lo he visto claro: ¡pero qué impacientes!!. No sé cómo no me he dado cuenta antes, de verdad, hay veces que a una le pueden las ganas.

Con este calorazo de mediados de agosto, al regresar de los recados matutinos estoy que necesito zambullirme y que se me quite todo, como una pastilla efervescente. La niña en un costado, la bolsa de la compra en la otra mano y la mochila de supervivencia al cuello. Todo esto haciendo peripecias para abrir y cerrar puertas con meñiques y pies y sin dejar de cantar el señor Don Gato o la Bella Cuquín. Además tengo una sandalia rota y la suela me está haciendo polvo, salgo escopeteada de casa y siempre me acuerdo tarde.

Al  pasar frente a la piscina del bloque, la pequeña le hace una fiesta. De modo que hace un par de días y emocionada con estrenar el veranito junto a ella, no me contenté con remojar los piececillos y llamar a la gata para que nos acompañe con su baile de San Vito, como solemos hacer. Y así fue como nos enfundamos el bañador, el gorrito, un poquito de crema y a disfrutar... o algo así.

El primer día a penas nos mojamos, fue meter un poco más de la rodilla y comenzar a llorar, así que regresamos al bordillo a remojar los pies y disfrutar del espectáculo que ahora es aún mejor, ya que papá se anima y hace el mico hasta caer al agua y jugar con una enorme pelota de colores. Así sí que disfruta la pequeña, llamándolo a carcajadas para que siga haciendo la foca. Al día siguiente fue casi peor. Y para el tercer intento su padre puso toda la carne en el asador y le infló una barquita que le habían regalado.... ahí sí que chiscamos para fuera!!

Y esta mañana caí, con lo claro que estaba: ¡qué prisa tenemos!!. Siempre procuramos que sea ella quién decida, respetar sus tiempos para desenvolverse, estimular sin forzar. Y ahora no he sido capaz de darme cuenta, locos de emoción por disfrutar del chapoteo juntos. Si de momento está feliz remojando sólo sus pinrelillos y ríe a carcajadas mientras nosotros nos bañamos, no me cabe duda que pronto será ella misma quien nos pida que la acompañemos. Dejando que dé el paso cuando se sienta segura. Me siento un poco desconsiderada con ella ahora, pero al menos, ya me he dado cuenta... “¡qué cabezotas!”, debería pensar nuestra hermosa Cerecita.