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miércoles, 27 de mayo de 2015

Ojos de luna

Comenzó temprano a llamar al cuerpo, que sabio y constante, emprendió poco a poco el camino. Tras un embarazo en el que me paralicé por el miedo, ansiaba recobrar la calma y conexión para poder recibirla.

Habían sido unos meses intensos marcados por la enfermedad, la incertidumbre y la indecisión. Francamente, tenía ganas de llegar ya al final. Por eso no me sorprendían las contracciones semanas antes. Avanzábamos, nos frenábamos. Estuvimos jugando con el momento de abrazarnos.

Me recuerdo inquieta. Agitada por mi salud, acariciando mi vientre en un gesto de protegerte. Me recuerdo en lágrimas, cansada. Cargando con la preocupación de tu bienestar a pesar de lo acontecido. Me recuerdo encerrada, impaciente al final. Deseando verte y poder cerrar esa etapa tan delicada.

Me recuerdo buscando mi centro. Aquel punto de equilibrio que te amansa. Me recuerdo en largos paseos, música andante, mirar el mar, los acantilados y meter mis pies en el agua, aún fría, de mayo. Nunca olvidaré aquel día en que ya sangrante paseé hasta la orilla del mar y allí, sin haberlo planeado, bajé entre las rocas hasta sentarme en una de ellas. Me descalcé y sumergí mis pies en el mar. Aquella mañana me serené, al fin, sabiendo que si de verdad así lo sentía se abriría ante mí la posibilidad de tener el parto que deseaba y que una vez aceptara las circunstancias podría dejarme ir en paz conmigo misma a su encuentro

Me recuerdo desnuda. Bailando. Soltando las caderas. Recuperando una canción que de pronto regreso a mí, a nosotras y que acogí como se recibe lo que una espera. Era evidente que necesitaba soltar, soltar, soltar. Soltar los miedos, soltar la culpabilidad, soltar el timón. En definitiva.

Y así fue como abracé la certeza de su llegada. Las contracciones iban y venían. Suaves. Fuertes. Me fui a dormir y descansé.

Pasó o no pasó el día señalado, no podremos saberlo y tampoco nos preocupó entonces. Me levanté temprano para llevar a B. al colegio. Y al despertarla le susurré que su hermana iba a llegar hoy. Iba preparándola y se me escapaba una sonrisa entre contracciones. “Cariño, no estoy para conducir. Ven a por la niña y avisa que no vuelves al trabajo”.

Me recuerdo tumbada, en mi deseo de soledad, acogiendo las oleadas con intimidad. De un lado, de otro. Serena. Contando. Una, dos, tres. Aún espaciadas. Acariciando mi vientre en una despedida. Jose, sube, quédate a mi lado”. Una ducha, un zumo, un puñadito de almendras. Un masaje entre giro y giro. Dejo vibrar mi voz con las oleadas, eso me relaja y suaviza la intensidad. En una gran ola siento calor entre mis piernas. Creí haber roto aguas pero no. Era cálida sangre lo que corría. A pesar de ser irregulares partimos hacia el hospital. "Un momento, debo llevar un trozo de confianza conmigo" y agarro una pulsera confeccionada con mimo y amor gracias a mis comadres. Nuestro amuleto.

Siempre afirmaré que el traslado al hospital supone un gran trastorno para la mujer que va a parir. Si vas demasiado pronto te mandan de vuelta a casa, si vas a la mitad tienes más probabilidades de que se interfiera y si vas bastante avanzada, francamente, no estás para ese trámite.

Me recuerdo bajando del coche y caminando sin esperar a Jose. Mayo. Ibiza. Centro de la ciudad a plena luz del día. Llego. Hay que esperar a que venga la matrona. Me mantengo en pie y me dejo colgar en el hombro de Jose con cada contracción.

Por fin pasamos. En espera otro rato. Comienzo a impacientarme. La intensidad es fuerte pero siento que J. se mueve y eso me calma. Llega la matrona, nos presentamos. Me dice: "tranquila, ya sé quién eres y lo que deseas. No hay ningún problema". Sonrío y caminamos juntas hasta paritorio.

Me cambio. Me reconforta encontrarme de nuevo en un lugar oscuro y protegido. Sin ruidos, sin gente. Sólo ella y yo, mientras Jose se preparaba. Balo con las contrataciones, ella me anima. Los monitores confirman que J. está bien y me relajo completamente.

Me pregunta si no me importa que haga un tacto suave de reconocimiento, que si yo lo deseo será el último. Sonrío y acepto. Antes de proceder me pregunta por la bolsa. “Creo que está íntegra, diría que sólo arrojo sangre”. Ella tiene sus dudas. Me pregunta qué deseo hacer y le digo que no quiero que lo compruebe, no deseo que se rompa la bolsa. El tacto confirma que la cabeza ya está ahí, lo cual no me sorprende en absoluto.

Me anuncia que cuando sienta ganas de empujar lo comunique. Continúo serena. mi hombre ya a mi lado. Entra la enfermera que también nos va asistir, reconozco su cara. Nos sonreímos en silencio. Siento gran presión en la vejiga, aviso de que vamos al final.

Me incorporo ligeramente. Él me sujeta. Se adapta la camilla haciendo descender ligeramente la parte de los pies y aprovecho para colocar el pubis en el filo y apoyar la planta de los pies con firmeza, adoptando una posición de cuclillas. Un pujo. Me pide que contenga para proteger mi periné. Siento la fuerza arrolladora abriéndose paso y con la cabeza indico que no puedo contenerla. A pesar de la postura no tengo visibilidad. La matrona me confirma que tenía razón, venía en su bolsa.

Al abrirla las aguas estaban ligeramente teñidas, un instante delicado de transición y en seguida su llanto y su cuerpo sobre mí. Desnudas una junto a la otra. Sus ojos grises. Su tacto delicado. Permanecimos largo rato así, acurrucadas piel con piel. Ella mamando, ¡qué sabia J. desde el primer minuto, qué instinto de supervivencia! Su padre a nuestro lado. Asombrado, feliz, dando aliento y protección.

Su reconocimiento no fue inmediato. Expulsé la placenta con ella sobre mi cuerpo. Placenta que guardamos  y trajimos a casa con nosotras. Placenta que sustentó su vida en mi interior. Órgano canalizador al que tanto agradecemos.

Me recuerdo enamorada. Relajada tras la tensión. Feliz de que estuviese bien. Feliz de que hubiera fluido sin intervenciones. Feliz de un segundo parto natural, intenso, puro. Orgullosa de ella, por su fuerza, su aguante, la estancia en mi vientre tan distinta a lo que yo hubiera deseado. Le debía una llegada al mundo en paz conmigo, en paz con el personal sanitario, en paz con la vida. Le debía unas horas serenas para reconocernos, para susurrarle cara a cara mis miedos pasados y disculparme sosteniendo su mirada. Le debía un manto de besos y arrullos. Y todo eso y mucho más, se lo entregué en tranquilidad y soledad. Tan sólo acompañadas por su padre a escasos metros de distancia. Fue un inicio hermoso y sanador. Pero ante todo fue un inicio justo.

Mi dulce J. que llegó con su serenidad y gran presencia. Poderosa toda ella. Expresiva y cercana. Mi preciosa J., enmantillada, luz de vida. Te sabía así, con tu inmensa capacidad de acogida. Gracias por aceptarme. Te cuidaré, ojos de luna, toda mi vida.





PD: Gracias a todxs lxs que nos acompañasteis en este viaje. Quiero agradecer especialmente el gesto de Maribel, gracias por hacerlo más fácil allanando el camino. A Bea, la matrona que nos atendió. Y a mis comadres, por la energía volcada.

jueves, 8 de mayo de 2014

Parir

Siento que se acerca el día, muy pronto J. y yo iniciaremos nuestro viaje, y son muchas las situaciones que cruzan atropelladamente mi cabeza, en mi incesante intento de tenerlo todo lo más atado posible, aun sabiendo que llegado el momento debo ceder el control a mi cuerpo sabio y mi instinto.

No obstante, me rebelo una y otra vez ante aquellas cosas que sé en mis manos, soy consciente de que pequeñas decisiones pueden determinar el rumbo de este viaje y desearía poder contar con el sostén y la seguridad necesaria para dejarme llevar, para entregarme al proceso intenso y mágico que en realidad supone parir. 

Cuando apenas unas semanas nos separan de los brazos, visualizo el momento y me siento mucho más cerca de desear un instante así:                

Imagen de autor/a desconocido/a
Que así:
Imagen de autor/a desconocido/a
Sé que algunas personas se escandalizan un poco cuando lo digo, ¿cómo va a ser eso posible?, como un animal, de cualquier manera, sin seguridad, sin garantías, etc… Lo sé, no es sencillo leer la verdadera diferencia entre ambas imágenes.

Para mí el parto debe ser así: animal, visceral, primitivo, sin temor a la sangre, los fluidos, a ensuciarnos, al olor. Para mí, lo ideal sería poder recoger a propia hija en mis manos, acompañándola a abandonar mi cuerpo, meciéndola en su transición, para seguidamente estrecharla en mi vientre, ya desde afuera, besarla, olerla, lamerla tal vez… y ofrecerle mi pecho todavía unidas por el cordón que sustentó su vida y aún le proporciona materia, aún latiendo, aún en mi interior. Sin prisas, reconociéndonos, acariciando sus dedos, fijando mi vista en sus pupilas increíbles, maravillándome del milagro de la vida. De nuevo sin prisas, sin pausas, sin separación, sin bullicio. Permitiendo espacio a lo que verdaderamente no puede esperar, que a juicio (nada profesional, soy simplemente una madre) es esto.

Para mí el parto debe ser asistido desde la presencia y la reserva a intervenir, otorgando así seguridad a la mujer en tránsito, que se sepa acompañada y atendida por si fuese necesario actuar y no al contrario. Respetar sus tiempos, no forzar los ritmos, la prisa debería quedarse a las puertas de cualquier hospital. Ya sé que son muchas mujeres a atender para un solo servicio, pero esta justificación no es válida para la mujer que va a parir, ella y su bebé necesitan su propio espacio, su propia línea, es su baile y, en la mayoría de los casos, nada, excepto las necesidades de los demás, justifica que se realicen prácticas protocolarias para agilizar el trabajo de parto y finalmente el expulsivo.

Para mí el parto debería estar al margen de fármacos, cualquiera que sea su origen y finalidad, a no ser que la propia mujer lo solicite así. No encuentro justificada la administración de oxitocina sintética por sistema, nada más ingresar en el hospital, acompañada de tactos frecuentes, monitorizaciones continuas y la amniorexis artificial… todo para acelerar un proceso que probablemente hubiera desembocado en una situación mucho más agradable y llevadera para la mamá y el bebé. Hablo de partos que transcurren con total normalidad, sin ningún tipo de incidencia y con seguridad absoluta para ambos, es en estos casos en los que encuentro poco prudente intervenir innecesariamente.

No es que desee parir sola, sin ningún tipo de atención ni cuidado por parte de personas con formación, lo que ocurre es que desearía depositar la suficiente confianza en dichas personas para saber que no van a adueñarse de mi cuerpo, que no van a decidir por mí, que no me va a tratar como una desvalida, que no me van a restar poder. Desearía que me informasen de los pasos que creen conveniente dar sin pasar por alto mis deseos y mucho menos mis decisiones, entre los cuales prevalece el permitir que sean mis propias hormonas las que regulen el parto y, por supuesto, que no se ejerza ningún tipo de práctica que suponga alterar mi cuerpo o el de mi hija sin previo consentimiento: episiotomía, fórceps, kiwis, maniobra de Kristeller, etc.

Desearía que se crease un vínculo de confianza e información que permita que el viaje fluya y el desenlace resulte grato para todas las personas implicadas en él. No se puede parir con miedo o aprensión, no se debería parir así, y este es un aspecto que pocas veces se contempla, puesto que tiende a relativizarse y, a menudo, somos las propias mujeres quiénes acabamos relegando nuestra responsabilidad, e importante trabajo en el proceso, al servicio de terceras personas. Sin duda, yo apostaría por trabajar la confianza de cada mujer que se enfrenta cara a cara a este aspecto de su sexualidad, con a sin miedo. Trabajar mucho más la toma de conciencia de cada madre acerca de lo que va a suceder, por qué sucede y cómo reacciona su cuerpo ante este proceso. Trabajar en que cada día más mujeres acudan empoderadas e informadas a las salas de maternidad, a los paritorios y a las consultas. Que se dé, al fin, la perfecta comunión entre una atención con formación clínica y garantías de intervención rápida y los instintos primales de cada mujer, verdadero motor del parto.

Deseo intimidad, silencio y luz tenue. No considero un espectáculo mediático lo que va a suceder, no encuentro justificada la presencia de más personas de las realmente necesarias y aún menos cuando no se encuentran completamente sumergidas en lo que está sucediendo, cómplices y partícipes de lo que supone más allá de cumplir con su trabajo y acabar la jornada. Considero que una mujer cohibida no puede entregarse a la inmensa tarea de parir a su hija con libertad y determinación, que es lo que se precisa. Difícilmente podrá concentrarse en lo que dicta su cuerpo si sus deseos son acallados, redirigidos o anulados directamente. Desde forzar la postura (generalmente litotomía), rasurados, enemas, guiar los pujos hasta recriminarla por gritar… ¿cómo se puede hacer todavía esto? Si una mujer desea gritar o le nace el grito de las entrañas, debe darle salida, es así de sencillo y natural. Pero no, parece ser que hay que guardar la compostura hasta en estos momentos, que puede molestar a… no se me ocurre a nadie más que a los presentes y, perdonadme, pero lo encuentro secundario. Habría que replantearse este hecho en muchos paritorios y que cada persona que se dedica a asistir partos se cuestione de tanto en tanto estos y otros muchos aspectos, valorando sus propias emociones y recolocando sus prioridades. No dar por sentado que las cosas son siempre de un mismo modo y todo ser humano es igual al otro. Entiendo que nos puede suceder a todos, cada una de nosotras tiene sus días en su propio trabajo también, pero siempre pienso que hay profesiones que requieren de un grado extra de empatía y humanidad, y la sanitad, en cualquiera de sus ramas, es una de ellas. La otra, la educación.

Sí, se acerca el momento, y no dejo de pensar en que ojalá no tuviera que preocuparme de estas cuestiones, simplemente dejar sentir mi cuerpo hasta el instante de partir al hospital, sin temer quién se encuentre de guardia, pudiendo entregarme sin reservas al único y sensacional momento de mostrar la luz a mi hija, de abrir mi canal, de recibirla en mis brazos dentro de un entorno de seguridad, respeto y Amor, que al fin y cabo es lo que creo que todas y cada una de nosotras deseamos entregar a nuestros hijos. Un nacimiento digno y respetado, una acogida cálida, una madre y un padre poderosos que se sientan capaces de saber entregar todo, absolutamente todo, lo que su hija recién nacida precisa: calor, amor, protección, teta y mucho contacto.


viernes, 11 de mayo de 2012

No a la violencia obstétrica

“Parir es muy animal” 

Recuerdo perfectamente cómo salió esa frase de mis labios cuando me preguntaron por la experiencia. Así lo resumí todo, recostada entre las sábanas del hospital con mi hija recién nacida en el pecho, entre mamando y rozando su nariz diminuta con mi pezón. Y así me lo confirmaba una amiga, cuando meses después, llegó su momento y decía que estas palabras mías le resonaban. 

Recuerdo que me quedaba absorta pensando en la experiencia vivida, nunca imaginé que fuese de este modo, creo que no puedes, o al menos yo no pude, hacerte una idea real de lo que supone abrirse para dar salida a tu hija desde las entrañas, ser el camino. Estaba absolutamente sorprendida por lo sucedido, admirada de mi cuerpo, de mi hija, me parecía increíble que esto que sucedía cada día a tanta gente no tuviera la relevancia que en realidad tiene, que se viviera como un mero trámite, que no se hablase más allá, se comprendiera más allá y, ante todo, no se respetase y asistiera con plena consciencia de lo que es. Porque no es que saquen a tu hijo de tu vientre, no, por mucho que traten de venderlo así. Parir es nacer, es tomar consciencia del poder de tu cuerpo y tu instinto, es saberte dueña de tu sexualidad por completo. Es la fuerza femenina más poderosa que he experimentado nunca. Al menos yo, lo viví así.

Mi principal aliada fue la confianza, la certeza desde antes incluso de estar embarazada, de que mi cuerpo estaba preparado y pensado para concebir, parir y amamantar. Me resultaba algo tan obvio que ahora sé que se convirtió en la gran fuerza que determinó que las cosas transcurrieran como fueron. Sin profundizar más allá, sin leer más allá, sin preguntar más allá. Era una convicción que nacía en mí y que creo que toda mujer sabe o presiente y nadie, nadie, debería cuestionarlo o ensombrecerlo en ningún momento y aún menos, antes, durante o después de atravesar su propia experiencia de parto. 

¿Por qué entonces apenas poner los pies en un hospital alguien ajeno suele tomar las riendas, marcar los tiempos, decidir y adiestrar a la mujer? ¿Por qué se nos trata como a niñas, nos infantilizan, nos dirigen, nos usurpan nuestra intimidad y nuestro derecho a elegir u opinar? ¿Por qué se nos ridiculiza ante el dolor y la fragilidad, como si no fueran parte del mismo proceso y, sobre todo, como si no tuvieran nada que ver sus intervenciones con ello? ¿Por qué se jactan cuando una mujer menciona o muestra su plan de parto? Acaso no somos nadie… Lamentablemente, en algunos centros hospitalarios y en algunas circunstancias, parece ser que no. 

No voy a opinar sobre los partos de otras mujeres ni analizar la atención que recibieron puesto que creo que contribuyo a inmiscuirme en su intimidad y en su propia apreciación de los hechos. Lo que sí afirmo es que aún queda mucho camino por recorrer para que el momento en que llega una criatura al mundo sea lo que debiera ser. Y deseo analizarlo desde mi propia experiencia.

Tampoco entraré en todos los detalles puesto que ya los relaté, os ofrezco los enlaces aquí y aquí, pero sí diré que en ocasiones me sentí violentada y me pregunto cuántos factores ajenos a mí y a mi hija hubieran podido influir de haber llegado antes o después, de habernos encontrado con más mujeres en esta misma situación, de haber otras personas realizando el turno… En fin, hay tantas cosas que pueden hacer que las cosas sigan o no su curso de manera más o menos natural, más o menos deseadas. 

No encontré palabras cálidas, miradas cálidas, trato cercano. Tan sólo por parte de una joven matrona que se encontraba realizando sus prácticas. Encontré soledad y limitaciones. Encontré frialdad y escepticismo ante mi plan de parto, que pasaron por alto en puntos muy importantes. Encontré violencia obstétrica silenciada, de esa que no te ata directamente, no te insulta, sino que te ignora a conciencia y no te consulta su proceder, dando por sentado que no tienes nada que decir ni mucho menos que decidir. Encontré resistencia y burla al negarme rotundamente a ciertas prácticas, cuando me rasuraron sin mi consentimiento, cuando en pleno expulsivo, me puse en pie y me advirtieron “muy bien, pero parir parirás tumbada”. Encontré violencia cuando rompieron mi bolsa sin ni siquiera informarme de ello, cuando me administraron oxitocina sin consultármelo y sin ser necesario, cuando trataron de abalanzarse sobre mi vientre para ejercer la maniobra de Kristeller sin más, cuando me trataban de acallar y avergonzar diciendo que no chillara, cuando no estuve acompañada hasta el último momento, cuando minutos antes de salir mi hija me decían que me dolía más porque “si no quería episiotomía ni epidural esto es lo que pasa”, cuando tras apartar a mi hija unos instantes de mis brazos me la entregaron vestida y, entre grandes temblores que apenas me permitían sostenerla, al solicitar su ayuda para desnudarla y poder abrigarla con mi propio cuerpo, su respuesta fue: “haz lo que te dé la gana, es tuya” y se dieron media vuelta. Sentí que aprovecharon mis momentos de fragilidad y soledad para aplicar sus protocolos sin apreciar la situación y pasando por alto mi voluntad. Eso sí, una vez acabó, me felicitaron. 

Sí, me siento víctima del abuso porque así fue, el hecho de que fuesen o no más allá y sus actos afectasen en menor medida siento que únicamente es mérito mío, de haber sido una verdadera leona y haber tenido que estar presente en lo que ocurría a mi alrededor para cerciorarme de que no transgredían mis deseos, los cuales ya conocían por escrito gracias a mi plan de parto. Fue un parto fácil, fue un parto bonito, porque siento que recobré el control de mi cuerpo y aprendí a amarlo y a honrarlo por todo lo que me ofrece, por todo lo que es. Fue un parto animal, porque me sentí así, por momentos como la mamífera que soy, desafiando con la mirada y capaz de alzarme en pie para romper con aquello que no deseaba y consideraba mío, confiada en aquellos aspectos que podían escaparse a mi control por si surgía alguna complicación, pero reticente a entregarles las riendas de mi parto, de mi sexualidad. Agradecida por estar informada, por tener claro lo que deseaba y lo que no y tratar de no perder de vista los límites, por tener el valor de decir alto y claro “eso no” y comprobar con satisfacción que era innecesario cuando cedían. 

Sólo lamento no haber llegado a tiempo en ciertos momentos , no haber podido parir sin necesidad de estar pendiente de estos aspectos, pudiendo confiar plenamente no sólo en mi cuerpo y en mi hija sino también en la intención y acciones de quiénes nos acompañaban, por no haberme podido entregar a parir en la posición deseada, abrazada a mi compañero en algunos instantes, no haber recogido con mis propios brazos a mi hija, no haber abrazado mi placenta, aunque sí la toqué y la admiré de cerca por todo lo que nos aportó, por no haber retozado a gusto desnuda junto a mi hija bajo el abrazo de su padre y unas mantas… 

Esta fue mi experiencia, sé que la de otras mujeres es mucho más dura e incluso vejatoria y siento que debemos alzar la voz para que esto deje de suceder con impunidad. Mujeres a las que inducen el parto, que pasan la dilatación ya entre pasillos, vías, fármacos, luces y tactos. Mujeres que soportan enemas, rasurados, amenazas, coacción, empleo de fórceps, ventosas o cualquier otro tipo de instrumental de manera innecesaria, cesáreas que podían evitarse si no se interviniese y se facilitara el tiempo y ambiente para que cada mujer dilate a su ritmo, episiotomías sin más razón que precipitar la salida, falta de respeto hacia la intimidad, el recogimiento, la atención cercana y personalizada que supone cada nacimiento y cada mujer. No olvidemos que no somos enfermas, el parto es un proceso fisiológico y debería acompañarse y valorarse como tal, reduciendo el intervencionismo a salvar los riesgos que pudieran presentarse o bajo el deseo expreso y libre de la mujer a la administración de fármacos, anestesias o ciertas prácticas. 

Y ahora nos presentan un reality para que todo el mundo sepa lo que supone parir, el parir del dolor y la sumisión, el parir de la mujer infantilizada y débil, el parir casi deshumanizado… Sin darse cuenta de que el verdadero reality, el verdadero espectáculo, es el propio personal sanitario, que en defensa de unos protocolos generalizados que en ocasiones desatienden las instrucciones propuestas por organismos como la OMS en cuanto a la atención al nacimiento, aprovecha sus minutos de gloria como estrellas de tv para dejar entrever hasta dónde llega su falta de sensibilidad y respeto por lo que están presenciando. El verdadero show no es ver a una mujer parir, es apreciar a todo un equipo humano en acción para tratar de “salvar” a una mujer de algo que puede hacer por ella misma, si se la acompaña, atiende y permite. Su misión no es hacer que la mujer tenga a su hijo/a sino velar por la seguridad de ambos durante todo el transcurso y poner los recursos al alcance de todos para que esto sea lo más seguro y agradable posible, para la mujer y el bebé, no para el personal sanitario, faltaría más. 

Parir es animal, así es. Y es animal mientras el animal mantiene el control. Que no nos camuflen, confundan ni presionen. 

No a la violencia obstétrica.




El carnaval de blogs sobre Baby Boom ha sido organizado a través de twitter por un grupo de madres cansadas de ver como la violencia obstétrica se ha normalizado en nuestra sociedad hasta el punto de que sea considerada la práctica "normal" y deseable.

Quienes queráis uniros a la iniciativa y expresar vuestra opinión podéis hacerlo tanto a través de entradas en vuestros blogs como a través de twitter o facebook usando el HT propio del programa #Babyboom o el alternativo #babibun

sábado, 31 de diciembre de 2011

1 año de maternidad en 10 artículos



Top 10 2011. Los mejores artículos de la blogosfera maternal. Amor Maternal


"Top 10 2011 es un carnaval de blogs iniciado por AmorMaternal.com cuyo propósito es reunir los mejores artículos de la blogosfera maternal publicados durante 2011 en castellano. La temática del carnaval engloba el embarazo consciente, el parto natural, la lactancia materna, la crianza respetuosa, la psicología, el uso de portabebés ergo, la ecología y demás temas afines."








Para concluir este año maravilloso me gustaría sumarme a la iniciativa de Amor Maternal y participar en el último Carnaval de blogs de este 2011. No ha sido demasiado difícil decidir qué entradas publicar porque muchas de ellas las llevo en el corazoncito y porque los que visitáis este rincón a menudo sabéis que no siempre escribo sobre maternidad, a pesar de que es el impulso vital que mueve mi día a día. Por este mismo motivo he descartado otros textos muy ligados a mí que reservaré para otra ocasión.

Feliz por el año de intenso cariño y crecimiento que he vivido, comparto de nuevo estas 10 entradas que revivo hoy junto a tod@s vosotr@s para desearos un felicísimo 2012! Bonito número, confiemos en que será un buen año. Amor para tod@s 



Palabras sobre cómo nace en mí este deseo


Donde plasmo las sensaciones que recuerdo durante el embarazo.
Pertenece a una serie de entradas en las que posteriormente relato el momento del parto y comparto una pequeña reflexión sobre lo acontecido.
Guardo especial cariño a todas estas entradas.



Reflexiones y recuerdos


Pensamientos para acompañar el amamantamiento

Hermosas razones por las que colechamos


Un sueño al fin compartido


Sus primeros pasos, desde la observación y el acompañamiento



Sentimientos junto a mi hija la primera vez que enfermó


Comparto los inicios de nuestra lactancia en este Carnaval de blogs



Alzando la voz en le Día Internacional del Nacimiento. Una de mis primeras entradas.



Por último, quisiera agradecer brevemente el gesto hermoso de mi amiga Eraseunavez al invitarme a través de facebook a participar en este Carnaval. Gracias por tu cariño!

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jueves, 22 de septiembre de 2011

La SEGO y las viñetas que nos hacen más fuertes

Durante estos días podemos leer todo tipo de protestas contra las viñetas publicadas por la S.E.G.O. Unas viñetas, que pretenden el humor, en las que se ridiculiza a las mujeres en distintas situaciones y etapas de su vida sexual. El autor es un colegiado miembro de dicha sociedad, para mayor asombro.

A pesar de la buena información que está circulando en la red, deseaba aportar mi granito de arena, como mujer, como madre y como ciudadana. El mensaje que transmiten es vergonzoso y demuestra una gran falta de sensibilidad. A mi modo de entender, representa también una falta de respeto por el trabajo que desempeñan, por la faceta humana que debe acompañar a esta profesión, de la cual no se da ninguna muestra en las viñetas, y por la labor de muchos otros compañeros realmente comprometidos con sus pacientes.

Puedo entender que cada cual en su intimidad bromee con lo que desee, a pesar del mal gusto y la falta de escrúpulos, allá cada uno con su forma de entender la vida. Pero puestos a ser graciosos, el sentido del humor comienza riéndose de uno mismo y, tal vez, hubiese sido más oportuno bromear sobre las prácticas anticuadas o la falta de empatía que suelen predominar en algunas consultas y hospitales, en lugar de publicar este tipo de chistes, en los que se mofan claramente de las mujeres que están trayendo a sus hijos al mundo, de las que están embarazadas, de las que sufren consecuencias (a veces, precisamente, a causa de intervenciones innecesarias por parte del personal sanitario y sus protocolos) o de las que, simplemente, pertenecen a determinada etnia o se ganan la vida de cierta manera. Es ofensivo y bochornoso. Es, sin enmascararlo, un abuso más de su posición frente a las mujeres que recibimos atención ginecológica u obstétrica y que, a menudo, somos tratadas de ignorantes, saltándose nuestros deseos o peticiones por encima de nuestros derechos incluso, sólo por no encontrarnos en igualdad de condiciones en el momento de la verdad.

Acompaño a aquellas personas que se han sentido dolidas por este hecho y subrayo muchas de sus palabras. Sin embargo, deseo señalar algo que ha llamado mi atención y que ahora que está saltando la liebre con el tema, quizá sea un buen momento para recordarnos algunos aspectos que envuelven el momento del parto y que las viñetas reflejan sin ser su intención. Exceptuando una sola de las viñetas de parto, el resto muestra a mujeres apostradas en camillas o potros, dilatando a gritos, sin compañía, ginecólogos empleando ventosas, multitud de personas en la sala de parto... Esto que nos muestran son situaciones comunes y la mayor parte de la sociedad estamos acostumbrados a ello, entendemos que es lo normal, cuando sólo es lo habitual. Lo natural sería que, siempre que todo transcurra con normalidad y seguridad, la mujer pueda moverse mientras dilata, se sienta acompañada si así lo desea y no sólo físicamente, se sienta respetada y valorada, se sienta capaz y orgullosa de sí misma, orgullosa de permitir que su cuerpo elija la postura que desee adoptar y los gritos que desee dejar salir, sin que la acallen ni la acobarden. Ya va siendo hora de romper con esto, de romper con la imagen del parto como un momento de sufrimiento extremo en el que la mujer precisa, sin excepciones, ayuda para traer a su criatura al mundo y para calmar su dolor. Toda ayuda y toda opción es válida si así lo desea la madre o lo requiere la situación, pero que no nos achanten ya de entrada ni hagan chistes malos a costa de nuestra sexualidad, porque estamos aquí, sabemos de lo que hablamos y nos damos cuenta.


El Parto es Nuestro facilita todas las viñetas en pdf. ¡Gracias!









miércoles, 24 de agosto de 2011

¡Permitámonos latir!

Si no has leído mi relato acerca del nacimiento de mi hija, te invito a que lo conozcas primero. Gracias:





***


Pasado el huracán florecieron los sentimientos más tiernos y ahora puedo afirmar que a pesar de las intromisiones y de sentir que no respetasen todos mis deseos y derechos, fue un buen parto. Rapidísimo. Las dos estábamos bien, expulsé la placenta sin problema (¡Esa impresionante y brillante fuente de vida!) y no precisé ni un solo punto. Fue un parto natural porque así lo peleé y en la medida que pedí, colaboraron. Pero siempre me quedarán algunos detalles que desearía que no hubieran encontrado lugar y me apena recordarlos.

No entiendo por qué no estuve acompañada en todo momento, si era mi deseo y mi derecho. Por qué no se me informó de que iban a proceder a romper la bolsa, por qué me administraron oxitocina sin mi consentimiento, por qué trataron de ejercer la maniobra de Kristeller... Todos ellos eran puntos destacados de mi plan de parto y todo estaba transcurriendo con normalidad, con seguridad, con una velocidad trepidante además, ¿Por qué llevar a cabo prácticas injustificadas ante las cuales la mujer ya ha expresado, previamente, su rechazo por escrito?

Una mujer que se encuentra trayendo a su hija al mundo no debe estar pendiente de estos y otros muchos detalles, no debe sentirse cohibida ni atacada, no debe alejarse de lo que le dicte su cuerpo. En estos momentos menos que nunca. Esta conexión es lo que me hizo centrarme en lo realmente estaba sucediendo y hubiese deseado vivirla con más amor y respeto a mi alrededor. Ya lo comentaba anteriormente, para mí éste es el camino a seguir, lograr que los profesionales que asistan al nacimiento de cada ser humano se preparen desde la empatía y el respeto y no por la mecanización de los procesos y la asistencia desde la intervención sistemática.

No sueño con grandes cosas, soy consciente del cariz práctico de estos centros, pero sí desearía que, al menos, no se nos tratase como seres sin voluntad a merced de protocolos que se aplican indiscrimi-nadamente, saltándose incluso las recomendaciones de la OMS y otros organismos oficiales.

Algunas mujeres elegimos parir en un hospital porque, de algún modo, nos sentimos respaldadas para recibir una atención médica de urgencia si se precisara, pero eso no debería traducirse en dejar de ser dueñas de nuestro parto, de nuestra sexualidad. No soy una detractora de las intervenciones médicas y el uso de fármacos o anestesias, las opciones están ahí y son bienvenidas, bien porque sea preciso bien porque así lo decida la mujer, permitiéndole llevar el timón. Sin embargo, una vez escogido el camino y con garantías de seguridad en ambos casos... ¿Por qué se respeta a quién elige un parto medicalizado y se presiona a quién no?

Sé que se está avanzando mucho en esta dirección, no sólo en los paritorios, si no en muchos centros de salud donde las matronas ya valoran otros enfoques durante la gestación. Soy optimista y deseo pensar que lograremos esa conexión con el momento mágico del nacimiento de uno de nosotros, como especie que somos, sintiéndonos todos los presentes parte de la vida. ¡PERMITÁMONOS LATIR!

martes, 7 de junio de 2011

Una reflexión sobre un día como hoy

Hoy es el Día Mundial de los Derechos del Nacimiento. Tengo que reconocer que estoy abrumada por toda la información que, desde hace unos días, voy absorbiendo sobre éste y otros temas que no me dejan indiferente. No es el tomar la información lo que me hace sentir así, más bien estoy embriagada del sentimiento universal que nos une a unas madres con otras aunque no nos conozcamos ni hayamos cruzado una mirada siquiera. Hablo de un sentimiento tan fuerte como invisible, que nace como una maraña que acuna a nuestro hijo mientras abandona nuestras entrañas y acaba por envolvernos, haciéndonos perder la cordura para siempre, o al menos, eso afirman algunos. Yo no fui una excepción, en el instante que mi hija decidió abrirse paso a través de mí, cambió mi mundo.

Me adentré en la llamada Maternidad Consciente casi de puntillas, impulsada por mi instinto y porque cuánto más conocía más deseaba conocer. Aún vivo asombrada por la lógica aplastante de nuestra naturaleza mamífera. Pronto comprendí que era mejor continuar así, poco a poco, porque cada mujer vive esta experiencia de un modo diferente y era fácil herir o sentirse herida. Supe que si deseo respeto en mi elección es vital para mí darlo a su vez.

Pero no puedo evitar sentirme pequeña ante la falta de tacto, por no decir desinterés, que podemos recibir durante la gestación y la asistencia al parto o la lactancia, donde es necesario tener iniciativa para comprender. No me entra en la cabeza que, en general,  no te informen, te apoyen, te escuchen y te alienten a tener un parto digno, tan digno como tú lo desees, o al menos, a decidir sobre él. No comprendo porqué se mezclan conceptos como parto seguro y parto dirigido, ni porqué cuando una mujer decide ir a parir a un hospital acepta de antemano que, probablemente, las cosas no sean como ella desearía, aún sin presentarse ninguna complicación.

Crecemos con la idea predominante de que parir es doloroso y el propio miedo ya nos duele. Creemos que no seremos capaces y nos sorprende la entereza con la que afrontamos la situación. Creemos que estamos solas y no acompañadas por nuestros bebés, fusionados en esa aventura juntos. Creemos que es cuestión de suerte poder amamantar y, al no amar a nuestros pechos y la vida en ellos, nuestra falta de confianza nos vence. Deseo pensar que se van abriendo más mentes en esta dirección y que el día de mañana, se reconocerán y respetarán los derechos del bebé y la madre desde el hermoso momento en que se van a mirar por primera vez.