A veces voy a tientas, sigilosa, de puntillas. Temiendo no estar pisando el suelo, la tierra firme que me centra, que me hace sentir que no soy etérea, que no vuelo. Aunque mis pasos me parezcan no rozarla... Me zambullo en el aire, floto, me suspendo.
Tengo dos mitades. Una me habla de los días, de las horas, de las cosas hechas, de las pendientes, de los datos, las carencias, los métodos, lo práctico. La otra me acaricia, me deja bambolear, me susurra alegrías, me da complicidad, me habla del sol, del mar, de los colores.
Y en días como hoy serpenteo de un lado a otro, ¡no sé en qué mitad estoy! Por momentos me falta el aire y, al instante, bailo de emoción. No sé seguir la línea recta, fundirme en equilibrio, dejar de ser dos. Por mis impulsos me muevo, desearía trepar más alto, ser valiente, saltar sin red, pero no tengo más manos que las mías, ni más ojos, ni más corazón.
Días como hoy me expando y contraigo demasiado deprisa, tiendo y recojo, soy paciente dentro de la más loca impaciencia. Temo hablar demasiado y escuchar poco, siento que ya he escuchado demasiado y que necesito hablar. Soy tan capaz de emprender caminos insospechados como de sentarme en una piedra a ver el mundo girar.
Un día como hoy, con la ternura de sostener algo frágil en las manos, me voy a ir doblando a mí misma, hasta meterme en un bolsillo ajeno junto al pecho. Y al mecerme en los latidos de otro cuerpo, conciliar el sueño más reponedor de todos, permitiendo que los matices de mi persona se entremezclen por un rato, bien apretaditos y acunados. Para que al desplegarme, permanezca grácil por unos instantes, como una linda mariposa.
Porque sé que estas cosas mágicas sólo ocurren en días caóticos como hoy.
Colo Villén