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domingo, 18 de septiembre de 2016

Esa mirada

Hubo una vez.

Sucedió como sucede lo cotidiano. Sé que no fue agradable para ti. Sé que tuviste que encajar algunas cosas que no habías previsto. Y sé que te sentiste frágil en el intento.

No puedo crear un mundo que se ajuste a tu sentir, ni deseo hacerlo. No sería práctico porque no sería real. Pero puedo ofrecerte mi presencia, mis palabras y mis brazos para tratar de ordenar tus emociones sin que te desborden. Reconociendo tu herida y dejando que te acerques a ella, sin persuadirte para que no la mires y sin tratar de avivarla.  No es sencillo para mí, puesto que te amo, y tu angustia me impulsa a apretar los dientes y reconocer rápidamente mis carencias removidas para ofrecerte soluciones desprovistas de mis propias frustaciones.

Aquella tarde estabas tan triste y temerosa... Tú que siempre vibras. Y este padecer nos llevó al inicio de un nuevo camino por recorrer juntas, juntos, en familia. Un camino del que hemos avanzado ya un tramo importante, el primero, y nos ha ofrecido un valioso aprendizaje. Agradezco que este incidente nos haya mostrado con tanta claridad ese aspecto a trabajar. Se nos ofrece un espacio para mimar y crecer juntas de nuevo y acepto con interés  y amor el nuevo reto.

Desearía que tu miedo no nublase tu entusiasmo ni que tu deseo de agradar frenara tu espontaneidad. El mordisco que te has llevado ha puesto de manifiesto lo que para mí supone moldear el perfil de los pequeños, ir poco a poco igualando hasta que devienen en adultos con semejantes patrones, confianzas (y desconfianzas, por supuesto) aprendidas acerca de ellos mismos pero que se han construído sobre las opiniones y creencias que otros, en especial adultos de referencia, han ido expresando sobre ellos. Y tu identidad, la percepción de ti misma, tendrá mucho que ver con este aspecto... lamentablemente.

Todos necesitamos una guía, y está bien así, pero desarrollar plenamente la capacidad para elegir dicha guía no resulta nada fácil. Y tú, de entrada, no desconfías ¿por qué habrías de hacerlo, verdad? Con los años asumirás que hay mil versiones de un mismo hecho y todas son verdad en la medida que cada cual las siente verdaderas, pero que no todas resultarán válidas ni adecuadas para ti. Pero eso llega con el tiempo, con las cicatrices, y tú no sabes aún de qué te hablo.

Aquella tarde resonó en mí cómo Cristina Romero Miralles explicaba en Pintarás los soles de su camino la manera en que se van recortando las alas a los niños, puesto que se aproximaba a la sensación que me tiñó aquel día mientras acompañaba tu frustración y tus lágrimas. Pude apreciar cómo esas alas, que pueden simbolizar tantas cosas, podían tallarse y moldearse incluso desde el cariño y la buena intención.

Aún continúas enmarañada y por las mañanas desenredadas tus sueños, sensaciones que te sacudes mientras te explico cuán importantes resultan estas historias. El poder sanador de los sueños, siempre he creído en ellos. Qué manera tan magnífica de conocerse a uno mismo. Escucho tu historia y me reconforta no haberme equivocado. Mi deseo es soñar que no se adormezca esa capacidad que mantengo para, de algún modo, apreciar lo que es relevante con respecto a vosotras. Me equivocaré muchas veces, lo asumo, pero cuando acierto no dejo de maravillarme con la intuición y la delicadeza humana, ¿sabéis cuándo tienes la certeza de que algo aparentemente sencillo puede transcender y vas tejiendo una red?

Pequeña, qué importante eres para nosotros, cuánto estamos creciendo a tu lado y cuánta belleza sencilla nos aportas. Superándonos día a día en el reto que supone mirar el mundo desde vuestros ojos.

Avancemos, hagámoslo mañana, vamos a mecernos un poco más en esta nube.




Colo Villén

domingo, 12 de enero de 2014

La amiga

Echo de menos una amiga para mirarnos viéndolos, que no es tan sencillo como parece. Vestirnos de complicidad y sonreírnos desde el alma.

Echo de menos una amiga para disfrutar juntas de las cosas más sencillas: un parchís, un batido de frutos secos con un vampiro y una mala serie.

Echo de menos una amiga para vaciarme sin tapujos, para escuchar sin juzgar, para ser franca sin temor a dañar y para recibir la verdad aunque escueza. Dejando caer los velos para que se cuele la luz.

Echo de menos una amiga para ver huir las horas mirando las nubes, acariciarnos porque sí, con la certeza de que te aceptan y aman como eres. Porque nadie mejor conoce tus flaquezas y tus virtudes sin hacernos sentir vulnerables por mostrarnos transparentes.

Echo de menos una amiga para sanarnos mutuamente de batallas aún abiertas, sacudir las espinas que molestan en la intimidad y pedirnos perdón. Llorarnos, desnudar la rabia y recoger sus frutos.

Echo de menos una amiga para compartir en voz alta una novela cualquier tarde de invierno y divagar juntas. Cantar del brazo por los rincones de alguna ciudad que nos apena y acuna o disfrutar de un granizado con los ojos cerrados al sol.

Echo de menos una amiga para reírnos sin palabras, hablar con la mirada y compartir el lado cómico de la vida en cada situación. Rozar lo absurdo sintiendo que algo se te rompe dentro entre carcajadas.

Echo de menos a la amiga con la cual se puede escuchar música en silencio, respetando el lugar común en el que duermen los sueños en el techo de la habitación.

Te quiero y te extraño, mi hermana, la amiga visceral que la vida me regaló y no fue una casualidad, sino una certeza.





No te llamo porque me duele de tantas emociones acumuladas y abstractas ya, desgastadas por el paso del tiempo,nos debemos horas. Tan sólo deseo hacerte saber que espero nuestro momento, porque sé que llegará, y será grande, inmenso, por su intensidad y luz. Momento que sólo ambas, desnudas, podremos afrontar para reencontrarnos con las mujeres que fuimos y las que ahora somos... entre risas, lágrimas y amores, por supuesto ♥

sábado, 26 de octubre de 2013

Caricias

Cuando las caricias afloran se sucede todo un cúmulo de sensaciones que nos transforman. Creo en la importancia de este hecho, de las caricias, para siempre, en todas las etapas de nuestra vida.

Las encuentro imprescindibles en nuestra más tierna infancia, cuando nuestra principal manera de relacionarnos y nuestras primeras experiencias se concentran en lo sensorial y, por extensión, en lo emocional.

Acariciar a un hijo/a debe de ser un impulso innato, la necesidad de arroparle con nuestro cuerpo, de regocijarnos en el contacto piel con piel, de sabernos ambos así en el lugar adecuado.

Sin embargo, con el tiempo, a veces no hace falta correr mucho en los años, esas caricias se van espaciando. Algo lógico, por otra parte. Y aparecen otras nuevas y diferentes, cuando los mimos y las muestras de cariño no se coartan aún, y nos permitimos cubrir nuestra necesidad afectuosa, entregando y recibiendo, entre hermanos, familiares y amigos.

Poco a poco se irá despertando nuestra sexualidad, y se abrirán paso las caricias más sensuales, las deseadas, las abrasivas, las que nos ruborizan.  Explosionando a la vez deseo, amor, pasión y protección.

Y así, generalmente y casi sin darnos cuenta, vamos reduciendo ese círculo hasta que acabamos concentrando todas esas diferentes caricias, que no son más que diferentes manifestaciones de nosotras mismas, y que antes se repartían de manera espontánea sin dosificar, en tan sólo una persona. Hasta que se amplía la familia permitiendo de nuevo la expansión del círculo en diferentes direcciones.

Últimamente me planteo seriamente que no es suficiente. Que nos vemos condicionados por ciertas pautas y nos autolimitamos en nuestras muestras de afecto. No hablo de hacer y deshacer a nuestro antojo sin tener en consideración los deseos ajenos, sino de la responsabilidad que dejamos recaer en aquellas personas que nos acompañan en el día a día para ayudarnos a cubrir nuestras propias carencias afectivas, a las cuales ponemos freno a su vez.

Tal vez sería más sano no reprimirnos ante las ganas de mimar a una amiga o amigo, despojarnos de toda una serie de connotaciones que atribuimos injustamente a algunas de estas muestras de amor. Un amor sano y sanador, delicado y preciado, en cualquier caso.

Tal vez este hueco por llenar sea un motivo más por el que cada vez nacen más círculos de mujeres, en los cuales se acaban desmarañando los sentimientos y, de manera natural, muchas sesiones desembocan en contacto físico, contenedor, horizontal y sincero. Deseo pensar que cuando logramos reconectarnos con nuestro sentir, sin barreras, vergüenza, culpabilidad ni tapujos, regresamos a la entrega y recogida del valor más primario: el calor humano, la piel, la puerta a otro sentir.

No acabo de comprender por qué se ridiculiza o cuestiona cualquier manifestación de cariño explícito, fuera de lo socialmente admitido. Y estoy pensando en cosas tan sencillas como tomarse de la mano y acariciarse, que fuera del compromiso, a los niños, familiares cercanos o a lo sumo entre mujeres, y puntualmente, no vayamos a hacerlo a menudo… comienza a considerarse fuera de lugar. No digamos entre hombres.

Tal vez con esta afluencias de nuevas re-evoluciones que surcan nuestro mundo, se acabe gestando también la liberación de las emociones y la materialización de éstas mediante nuestro cuerpo, desde las más primarias y viscerales, no sólo en su variante maternal. Sino en toda su expresión, sea cual sea su carácter… no sé qué tememos ver o aceptar… pero esta contención, cerclaje y limitación nos obliga a cargar con un peso innecesario. Deberíamos concentrarnos en saber percibir la naturaleza e intención de manera abierta y natural, poder elegir, poder entregar y no malgastar energía en camuflar, persuadir y penalizar.

Tal vez lo inteligente sería liberar a los demás de la obligación de entregarnos el cariño que no somos capaces de manifestar, solicitar o recibir abiertamente, en público o privado según nos sintamos más cómodos… o de lo contrario, corremos el riesgo de acabar siendo esclavos de nuestras propias frustraciones y carencias. Y esto es una reflexión en voz alta, puesto que yo misma me reprimo en ocasiones y, en otras, reclamo sin equidad.


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