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viernes, 22 de junio de 2012

Una despedida, una bienvenida


Los detalles me asaltaban, no llegaron a convertirse en señales, pero sí brillaron con intensidad y ahora puedo comprenderlos en todo su esplendor. No trataban de anunciarme nada, pero me hicieron tomar conciencia de los momentos tan especiales que vivía, permitiéndome sentir esos instantes con total plenitud. Porque sin saberlo, fueron los últimos.

Tal vez si no hubiera estado atenta a ellos ahora la realidad escocería un poco más. Tal vez ahora resultase más difícil asimilar que aunque se persigan cosas, puede que te alcancen sin previsión. Porque una entiende de necesidades pero ignora el peso real de las carencias hasta que no se experimentan.
En pleno revuelo de cambios nos alcanzó la oportunidad y, en cuestión de segundos, dejé de flotar entre sueños, proyectos, mimos y juegos para hablar de horarios, condiciones y conciliación, sabiendo que en la fina brecha que casi nadie menciona en estos casos, se iba escurriendo mi alma maternal ante la inminente separación.

Y me faltan segundos para despedirme de sus manos diminutas, de sus palabras ligeras, su presencia constante y esa risa que sazona con brillo cada instante. Cierro los ojos y me mezo en los despertares, desde los primeros a estos últimos, el placer de su cuerpo junto al mío, sobre el mío o a dos palmos unidas por un leve contacto de pies o manos, aguardando a abrir los ojos para fundirnos en brazos y leche un rato más. Me duele abandonar ese espacio caliente que entre las dos vamos mimando, para vestirme de extraña y partir, dejando mi hueco en las sábanas.

Sé que lo lleva mejor que yo, que es maestra hasta en esto, y que pronto entraremos en una nueva rutina en la que continuaremos coloreando cada minuto juntas. Han pasado sólo unos días y ya soy consciente de cómo varían las prioridades con los hijos, de cómo una enfoca y asume las circunstancias con cierta perspectiva… tal vez aún me encuentro presa del vaivén de nuestra danza y todo parece fluir sin necesidad de transcender más allá, todo viene y se va, mientras regreso a sentarme con ella.

Debo decir adiós a esta etapa, debo dejarla marchar en libertad, sin ataduras, sin lamentaciones, sin pesar… porque sé que ha sido una bendición, una elección dorada que nos ha colmado de belleza a los tres. Me siento orgullosa de haberlo hecho de este modo, de haber vivido estos 28 meses intensos a su lado. Afortunada porque este cambio finalmente no nos alcanzara hace unos meses en aquel intento de separación al que no resistimos ninguna de las dos y abandonamos, a pesar de todo. Ahora es diferente, nos sentimos diferentes, la ocasión también lo es.

Siento que salgo danzando de puntillas de un lugar feliz y amado, dejándolo todo en orden, y es una sensación liberadora, nostálgica y desconocida. Se abren las puertas que ya vislumbraba, para que la mujer-madre se adentre en un nuevo sendero por recorrer.

Gracias siempre por tu amor, por tu luz y por hacerme fácil la despedida. Demos juntas la bienvenida al nuevo sol.